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Amber Rose no era precisamente alguien popular.

Acababa de cumplir los 16 años y era la primera vez que pisaba un instituto. Sus padres, católicos extremistas convencidos, argumentaban que no estaba preparada para enfrentarse a las tentaciones y pecados del "mundo real". Eso provocó que la chica creciera insegura y reprimida, con la idea de que la única verdad era la que dictaba su párroco, el padre David.

El 1 de septiembre de ese año, se bajó del viejo coche de su padre, y admiró con miedo el gran edificio que se cernía ante ella. Los alumnos que se encontraban más próximos la miraron con curiosidad, ya que la chica vestía una falda marrón hasta los tobillos, una camisa de botones, un chaleco verde oscuro y unas gruesas gafas de pasta además de un pequeño crucifijo de oro que le colgaba del cuello.

Ella agachó la cabeza, y temblorosa se dirigió hasta su clase. Al entrar se encontró con el mismo panorama que vivió fuera: miradas curiosas, cuchicheos, y algún que otro acto de desprecio. Amber pensó que sus padres tenían razón acerca del mundo que no centraba su vida en Cristo.

Al final de la clase, al lado opuesto de la ventana, vio a una chica tumbada sobre su mesa, parecía dormida. "En catequesis se habría llevado una buena bronca" pensó para sus adentros, dudando si ocupar el sitio de al lado. En ese momento entró la profesora, casi obligándola a sentarse ahí.

- Buenos días, como ya sabéis, empieza un emocionante año escolar. Este curso contaremos con caras nuevas, Peter Kürten, Karla Homolka, John Gacy... - leyó de un papel mientras los alumnos se iban levantando - ¿Olvido a alguien?

Una mano se alzó tímidamente al final del aula.

- Oh sí, disculpa. ¿Cuál es tu nombre? - preguntó revisando la lista.

- Amber Rose - dijo en voz baja, pero audible.

- Si Amber, tienes razón, aquí estás. Bienvenida. - le sonrió

La clase transcurrió en su curso normal, y unos minutos antes de sonar el timbre, su compañera pareció reaccionar. Amber la miró, esperando iniciar alguna toma de contacto, pero la chica se levantó ignorando su presencia y salió al pasillo.

Ella bajó la mirada a sus libros por última vez antes de recogerlos y meterlos en su bolsa. Al salir de la clase, vio como su compañera estaba sentada en el suelo, mirando el móvil.

- Eh, oye - la llamó. Amber se giró sorprendida, no sabiendo si era a ella - Antes ni me dí cuenta de que estabas ahí, aún seguía dormida. - se excusó

- N-no pasa nada.. - respondió con intención de irse

- Si no tienes prisa, puedes sentarte.

A la chica le desconcertó su amabilidad, teniendo en cuenta su aspecto. Iba completamente vestida de negro, incluido su maquillaje.

- Tía, vistes de manera muy rara. - le dijo la chica, mirando su vestuario.

- Yo podría decir lo mismo - susurró Amber, se arrepintió al momento, temiendo perder la amistad de la única persona que se había acercado a ella.

Pero ella respondió riéndose.

- Soy Dany, bienvenida al infierno.

Amber respondió santiguándose, cosa que hizo volver a reír a Dany.

El resto de horas las pasaron juntas, Dany escuchó con sorpresa, que Amber nunca había visto un teléfono móvil, y que hasta ahora apenas salía de casa, únicamente para ir a misa. Amber descubrió que Dany era lo que en la iglesia llamaban una "rebelde satánica". Hacía lo que quería, cuándo quería. Amber deseó ser como ella, y luego rezó en silencio, pidiendo perdón por tener pensamientos impuros.

A la hora de la comida, Dany la llevó al sótano del instituto.

- Aquí es donde vengo siempre que no estoy en clase. - le explicó

Abrió su mochila y Amber pudo ver símbolos satánicos dibujados dentro, además de un libro de un tal Aleister Crowley.

- Oye Amber, ¿Nunca has querido ser otra persona? - le preguntó mientras sacaba un paquete de Lucky Strike del bolsillo de su cazadora.

- ¿S-ser otra persona?

- Sí. No ser tú. Poder elegir cómo vivir. Tener todo lo que siempre has querido.

- S-supongo..

- Vamos Rose, no me seas gallina.

- Sí, si que he querido Dany, pero no entiendo por qué preguntas esto ahora.

Ella pareció meditar por un segundo, para después levantarse y coger su mochila.

- Da igual. Vamos, se hace tarde.

Esa noche Amber la pasó pensando en las palabras que la había dicho Dany. Claro que quería ser otra persona, estaba cansada de sus padres, y de no poder vivir de otro modo que no fuera la dictada por la Biblia. Nunca había bebido alcohol, nunca había fumado, nunca había besado a ningún chico.

A la mañana siguiente, Amber volvió más decidida que nunca, dispuesta a hablar con Dany, para saber cómo podía cambiar de vida. Pero Dany no apareció hasta la hora del almuerzo, que la encontró en el sótano. Estaba de espaldas, y parecía recitar un libro en voz alta en un idioma desconocido para Amber.

Cuando se acercó más, carraspeó intentando llamar su atención pero la chica parecía en trance. Se encontraba frente a una Virgen, que parecía llorar sangre. A sus pies había una gallina decapitada.

- ¡Dany! - gritó Amber, con miedo.

Ella se giró, dejando ver su cara, completamente despellejada, y las cuencas de sus ojos, completamente negras.

- Destero. Destero. Destero. - repetía sin cesar, cayendo al suelo y revolcándose como si estuviera poseída. - DESTERO. ¡DESTERO!

Amber intentó retroceder, asustada, pero su cuerpo no reaccionaba. El cuerpo de Dany se elevó, como levitando, para luego caer con estrépito impactando contra la Virgen, que le partió la espalda. A pesar del gran golpe, Dany seguía repitiendo la palabra sin cesar. Entonces todo acabó como había empezado.

Las piernas de Amber reaccionaron y corrió todo lo que su larga falda le permitió, hasta la sala de profesores.

-¡Rápido! Tienen que darse prisa, algo le pasa a Dany. - dijo visiblemente alterada.

- ¿Dany? ¿Qué Dany? - preguntó su profesor de Alemán

- ¡Mi amiga Dany! Vengan rápido - rogó

El hombre dudó, pero decidió acompañarla hasta el sótano, que estaba repleto de material de gimnasia.

- ¿Y bien? - preguntó impaciente. - Vamos arriba Amber, explícale al director Brown sobre lo que ha pasado.

Amber miró atónita el sitio en el que el cuerpo de Dany había impactado, pero no había nada. Solo una caja llena de pelotas de fútbol.

- P-pero.. Yo...

El profesor de Alemán le puso la mano en el hombro y la llevó escaleras arriba. Recorrieron el pasillo hasta el despacho con la placa "Señor Brown". El hombre le dio paso e indicó a Amber que se sentara en la silla de enfrente. La chica le explicó todo lo que había pasado, con pelos y señales.

El Señor Brown abrió el primer cajón y sacó un expediente "Amber Rose - 1999" miró a la chica que tenía sentada delante de él y anotó:

"La paciente muestra claros signos de esquizofrenia paranoide en estado 3. Parece que la mediación suministrada estos días no ha funcionado. Vuelve a mencionar a Destero, personaje recurrente en sus delirios, esta vez con la forma de una chica llamada Dany. Procederemos a aplicarle terapia de electros."

El hombre levantó la vista y observó como Amber jugaba con su camisón blanco. Hizo una seña a los de seguridad, quienes la levantaron y la llevaron de nuevo a su cuarto.

- Pero, pero tienen que encontrar a Dany.. - susurró pegada a la única ventana de su cuarto acolchado.

Cuando los de seguridad se marcharon, empezó a dar vueltas en su habitación para luego sentarse cara a la pared. Pasado un rato oyó un ruido, se giró lentamente, empezó a subir su camisón y a bajar sus bragas.

- Sabía que volverías - susurró mirando al gran espectro que se cernía sobre ella.