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Aquel viejo lugar era tétrico, databa del siglo XVII (17) o XVIII (18), y antes había sido una iglesia... Una iglesia de tantas que había en aquellos tiempos, en que cualquier malvado o perverso, con un poco de dinero y alta reputación social, podía llegar a ser monja o sacerdote, y de tal forma, cometer sus fechorías bajo estos disfraces.

Nos encontrábamos desesperados por algo de acción, que unos amigos y yo (cuatro hombres y tres mujeres) decidimos ir a aquel lugar del que tanto nos habían platicado los demás, pero que nadie conocía en verdad.

Nos preparamos: las chicas estaban muy emocionadas y nosotros pensábamos aprovechar su emoción para algo más. Una vez ante las puertas, Carlos se acobardó y decidió quedarse afuera. No le insistimos, así quedábamos tres para tres. Ya adentro y después de haber saltado la inmensa barda con una escalera, empezamos a recorrer el lugar, el cual se veía como si se fuera a derrumbar. Nos separamos en parejas, a mí me tocó con Linda.

Fuimos a un cuarto y vimos que había un túnel que daba hacia la parte de abajo. Yo pensé en ir, pero ella no quiso, yo accedí. Por otra parte, Javier se fue con Karla, y Miguel con Martha, ¡pobres! Ellos fueron los primeros. Anteriormente nos habían platicado de fantasmas de monjas y sacerdotes, y de que habían matado un sinfín de niños en ese lugar, pues cuando las monjas quedaban embarazadas por los mismos sacerdotes, abortaban y tiraban el "producto" en una fosa común. Pero no creíamos nada y estábamos ahí para comprobarlo y así lo haríamos, desgraciadamente.

Miguel, un joven corpulento algo rubio, y Martha, una chica de buen ver algo pelirroja, estaban en un cuarto a solas, entrando en calor, me supongo, entonces escuchamos los gritos de Martha, corrimos hacia donde ella y sus gritos nos guiaban. En plena puerta nos topamos con Javier y Karla, que también habían escuchado el sonoro grito.

Llegamos al lugar y lo que vimos nos hizo palidecer: Miguel y Martha desnudos, una cara de espanto y a su vez un atizador los atravesaba a los dos, y solo estaba escrito en una manta cercana: "Digan su última oración, niños".

Quisimos salir, pero la casa era un laberinto y a oscuras peor. No encontrábamos la salida, así que decidimos ir al segundo piso para ver si había alguna ventana abierta. Las muchachas gritaban y lloraban y esto nos ponía nerviosos a Javier y a mí. Javier me dijo que ellos irían por la izquierda y que nosotros fuéramos por la derecha, y así lo hicimos.

Linda me agarraba fuertemente, casi me arrancaba la piel, pude sentir cómo su cuerpo titiritaba del miedo, y el mío era algo similar, pero por delante siempre iba yo. Nos topamos con un altar y en él vimos que en vez de agua bendita había sangre. Estaba fresca. Pensamos que era de nuestros amigos, empezamos a casi enloquecer, pero un ¡Auxilio! nos sacó de la petrificación.

Del otro lado Javier gritaba maldiciones, y solo escuché decirle: "Maldita monja de mie..., quítate a la chin..., déjala, maldita". Estábamos nosotros a unos 15 metros de ahí y corrimos para ver lo sucedido. Al llegar vimos a Javier pálido de cunclillas al lado de Karla, que yacía en el suelo, estaba muerta con una herida en el pecho, de un cuchillo o algo parecido, y Javier solo atinaba a decir: "¡La monja! ¡La monja lo hizo!".

Lo tomé en mis brazos. Era mi mejor amigo, no lo dejaría ahí, y ya bajábamos por las escaleras que eran muy viejas y ruidosas, cuando escuchamos detrás de nosotros a una mujer que nos gritaba: "Digan su última oración niños". Volteé para verle y me di cuenta que era una monja con ropa descuidada, vieja y roída y su cara estaba deforme, más bien putrefacta, y empecé a correr con Javier en brazos y Linda delante de mí. Tropecé y caímos torpemente.

En el suelo vi cómo la maldita monja tomaba a Javier y lo levantaba por el aire hasta azotarlo contra la puerta de enfrente. Ahí quedó mi amigo. Decidí salvar a Linda: la tomé del brazo y la saqué de ahí. Llorando ella fue a tropezarse con un cuerpo, nos dimos cuenta que era el de Carlos que estaba con un crucifijo gigante en el estómago.

Corrimos lo más que pudimos. La puerta de la reja estaba abierta, posiblemente había entrado Carlos. Salimos, tomamos un taxi, y la llevé a su casa. Luego fui a la policía.

Al día siguiente fueron al lugar y no encontraron nada, ¡absolutamente nada! Tampoco estaba el túnel que Linda y yo habíamos visto.

Linda, después lo supe, estaba en un centro de salud, se había vuelto loca. Pobre novia mía, solo me decía: "Fernando, la monja los mató, ella los mató y vendrá por nosotros".

Solo me queda decir que aquel lugar que desgraciadamente visitamos está en mi ciudad, en el Monterrey de ahora, en un lugar que conocemos como El Obispado, lleno de casas muy viejas y con mucha historia..

De mí, qué les puedo decir de mí... Aún me atormenta el haber visto a mis compañeros muertos de esa forma, y a mi novia que se volvió loca, repitiendo lo mismo. En todo momento reviven las palabras que ella nos dijo: "Digan su última oración, niños".


Historia contada de generación en generación, la escuché por parte de un viejecillo llamado Don Fer (el mismo de la historia, tal vez, nunca nos lo dijo, pero contaba la historia como si le hubiera sucedido a él) que contaba historias increíbles de nuestra ciudad, y que, según él, era cierta y que esa monja maldita sigue matando gente, y les permite decir su última oración antes de morir brutalmente.

Queda a la consideración, pero aquí es de todos bien conocido que ese lugar existe y nadie se atreve a comprobarlo.

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