FANDOM


Imaginad un llano yermo, gris, sin vida, sin esperanza. Sólo un vasto yermo que se extiende hasta allá donde alcanza la vista. Ni un alma; ni una expresión, por pequeña que sea, de la Vida. A lo lejos, tan sólo una especie de bruma incierta, un vapor pegajoso, casi como una secreción de lo infinitamente Inerte.

Camino un rato; no se oye absolutamente nada de nada. ¿Hay algo más espantoso que el Silencio más absoluto? Este Silencio –esta soledad inexpresable- esclaviza como mil años de torturas concentradas en un instante..

De pronto, reparo su presencia entre esa misma bruma. Allí, cerca, a unos cientos de metros, se erige un gigantesco edificio, recortado contra el horizonte de forma casi absurda. Se diría, contemplado a lo lejos, que el edificio es una especie de apéndice de la propia arena reseca.

Me acerco; el edificio llama poderosamente la atención, pero no sólo por sus características; algo emana de él, algo que parece reclamar sordamente mi presencia. Se constata, aún a cierta distancia, que se trata nada menos que una catedral, una gigantesca catedral de aspecto gótico. Destaca, ante todo –además de por el hecho de constituir la única cosa existente en todo ese vastísimo llano desolado-, por su tamaño gigantesco, irreal; un tamaño que me produce un ligero mareo.

Cuanto más me acerco, más percibo la sensación que ese edificio no posee realidad, o ésta es puramente ficticia, escurridiza, líquida. Algo efervescente, inquieto, parece constituir la esencia misma de toda la mole. Al situarme a poca distancia de la fachada, compruebo con horror el origen de esa sensación: todo el edificio se compone enteramente –enteramente!- de pequeños y asquerosos. Arácnidos y miriápodos de todas clases y formas –billones, trillones de ellos- conforman y constituyen esta supuesta “catedral”.

Así, no existe material inerte alguno, sólo un número incalculable de estas criaturas, dispuestas de tal manera –a pesar de retorcerse y desplazarse constantemente- que, contemplados en su totalidad, forman cada detalle de la compleja arquitectura.

La fachada presenta, a grandes rasgos, los elementos ineludibles en una catedral gótica europea. Dos grandes campanarios –cuyo punto más alto está a tal altura que obliga a levantar mucho la vista para divisarlo-, una serie inacabable de filigranas y arabescos en perfecta simetría, ventanales delgados y altísimos, una roseta considerablemente hundida en el centro –que en realidad no es tal, sino un enorme agujero- y la ancha y solemne entrada, rodeada de las varias arcadas de rigor.

Vista de lejos, todo es bello y comunica serenidad, elevación, imperfectibilidad; al acercarse, sin embargo, se percibe con creciente asco un perpetuum mobile, un cosmos viviente de ocho patas, quelíferos, antenas, aguijones, pinzas. Producen un ruido; un chirrido, un crujir como de nota baja y constante, eterna, como clavada en el aire –un zumbido hipnótico que se diría que no empezó ni terminará jamás.
5390162579 f34047b4dd z

El tamaño del “edificio” es, repito, extraordinariamente enorme. La nave central se extiende, en su longitud, aún bastante más de lo que pareciera arquitectónicamente posible; se diría que alberga un pequeño e independiente Universo aislado completamente del otro, del grande.

No hay puertas; nada se opone, en apariencia, a que yo entre. No me atrevo, al principio, a pisar los grandes “peldaños” que preceden, ceremoniosos, la entrada ¬-hecha, como todo lo demás, de bichos que se retuercen y se escurren frenéticamente, en todas direcciones, sin parar un solo momento.

Lo increíble es que yo desee entrar en esa repulsión palpitante, en ese asco viviente.

¿Cómo es posible?, yo mismo me lo pregunto innumerables veces: los arácnidos, en efecto, siempre me han provocado un rechazo instintivo.

¿Qué alberga el interior de ese sitio, que, sin emitir sonido o realizar movimiento o señal algunos, parece que me llama a mí, personalmente, con un mensaje oscuro e informulado que sólo a mí me es dado descifrar?

Así, tras vencer un asco inicial, piso suavemente, con gran timidez, el “suelo”. Se diría que mi pie fuera a hundirse, para luego ser yo víctima de una avalancha ascendiente de ávidas criaturas, que me cubrirían por entero, para desmoronarse a los pocos instantes, dejando tras ellas sólo un cuerpo horriblemente destrozado.

Pero no. La densidad arácnida es tal -tanto su abigarramiento y su compactez- que casi parecería estar caminando sobre cemento endurecido o sobre piedra; con la única diferencia que una suave vibración, un movimiento constante se percibe bajo los pies. Ando con cierta cautela, con movimientos pausados y suaves: de todas maneras, las bestezuelas no parecen molestarse lo más mínimo por mi presencia, y ni siquiera parecen repararla.

Ninguna imaginación humana podría calcular o siquiera intuir el número de arácnidos allí presentes; además, parece haberlos también en una variedad increíble, tanto de morfología como de tamaño.

A medida que voy avanzando por el interior de la nave central, me sorprendo a mí mismo por la relativa calma que conservo; normalmente, esta clase de artrópodos me repele, y no puedo acercarme a ninguno de un cierto tamaño sin un escalofrío; y, no obstante, ahora, al estar literalmente rodeado por trillones de ellos, siento sobre todo una especie de curiosidad -si bien aún me repugnan instintivamente, hasta cierto punto, ciertos ejemplares concretos o ciertos retorcimientos y escurrimientos que observo aquí y allá.

Me doy cuenta de que, sin duda, la taxonomía científica moderna no ha clasificado ni siquiera la tercera parte de los animales aquí presentes. Escorpiones gigantescos, de coloración dorada con franjas marrones; pequeños alacranes con amenazadores aguijones; cochinillas de sensibles y temblequeadoras antenas; escolopendras de larguísimo cuerpo y venenosos colmillos; arañas de todos los tamaños y diseños, desde aquellas cuyo cuerpo es tan minúsculo que apenas se ve, pero cuyas patas son sorprendentemente largas en comparación, hasta pesadas tarántulas peludas, de color marrón muy oscuro y aspecto indolente y soñoliento, pasando por las infames “viudas negras”, cuyo dorso negro dibuja en un costado una amenazadora cruz de color rojo vivo.

Como he dicho, no parecen reparar particularmente mi presencia, o al menos ésta no les molesta, puesto que a cada pisada noto, bajo las suelas, un sinnúmero de frenéticos y atareados movimientos, choques, deslizamientos y escurrimientos.

Por dentro, la catedral –o lo que esta viscosidad monstruosamente gigantesca sea- está increíblemente “cincelada” y acabada hasta en sus más mínimos detalles arquitectónicos y decorativos.

Así, no parece tener absolutamente nada que envidiarle a las más pesadas y acabadas moles europeas de estilo gótico; con la excepción, claro está, que estas últimas están compuestas simbólica y significativamente de piedra, mientras que la que ahora visito es un enorme amontonamiento de asquerosas bestezuelas que se arrastran; pero ésta es, en fin, una consideración de orden moral, y yo me refiero aquí al acabado y perfección estrictamente técnicos.

En efecto, toda decoración, toda efusión barroca, toda minuciosidad están presentes, en esta bóveda gigantesca, hasta un grado inconcebible. Los más espectaculares pilares, contrafuertes, arcos ojivales, pináculos, gárgolas, claristorios, absidiolas y arbotantes afloran por todas partes, en derroche espectacular; un hondo escalofrío me recorre el espinazo, sin embargo, al recordar, acto seguido, de qué se componen.

Por supuesto, el elemento de iconografía religiosa está completamente ausente en esta especie de templo; no existen esculturas de santos, ni imágenes bíblicas, altares con grandes crucifijos, etcétera; sólo arabescos, filigranas y decoraciones neutros, decorativos, sin mensaje o carga ideológica alguna.

Otra característica curiosa es que no hay vitrales; sí veo, a cada lado, los altísimos y estrechos ventanales de turno, pero sin cristal alguno en su fondo, sino pura “pared”, por decirlo de este modo. Así, la única fuente de luz –difusa y tenue, por lo demás- que entra en el recinto pasa a través del enorme agujero-roseta en el centro de la fachada; de modo que, cuanto más se adentra uno en el interior de la nave, hacia lo que sería el “altar” principal (pues en este templo no existe crucero o trancepto alguno) menor es la iluminación del lugar, así que poco a poco tengo que entornar los ojos para distinguir los detalles.

A medida que voy avanzando, sin embargo, una sensación –que se acrecienta cuanto más me alejo del único chorro de luz- increíblemente desasosegante se apodera de mí. Ya ni siquiera se escucha el zumbido de los artrópodos; un Silencio irreal, repugnante, impera ahora entre estas paredes.

Siento, oscura e inexplicablemente, que, al fondo de la bóveda -un centenar de metros más allá, aproximadamente- acecha o palpita algo increíblemente repulsivo, espantoso; algo que hiela la sangre sólo al imaginarlo.

¿Qué?, no tengo la menor idea; pero sí percibo que, sea lo que sea, posee un poder hipnótico muy fuerte, ineludible, que se ha adueñado de mí. El fondo del recinto, completamente envuelto en tinieblas, no parece ya muy lejano; poco a poco, con paso seguro y muy contra mi voluntad, avanzo hacia él.

Se trata de una oscuridad impenetrable; el chorro de incierta luminosidad ya queda muy atrás, y parece que me estoy zambullendo de cabeza en el mismísimo Infierno.

Estoy desesperado, y mi desesperación va en aumento; ¡siento que preferiría infinitamente pasar el resto de mi existencia rodeado de las tarántulas y los alacranes, que tener que contemplar un solo instante aquello que mora allá, en la hondura de la tiniebla, y que me controla hasta el punto de mover mis pasos hacia...!

¡No sigas…!

¡Detente!

No hay esperanza…Ya casi me envuelve completamente esa vomitiva Tiniebla, como si quisiera convertirse en el mismísimo aire que yo fuera a respirar para el resto de mi existencia…

¡Asco, asco extremo!

¿Qué será de mi pobre alma?

¡Dios mío!

¡Ahora ya…!

Exactamente en ese momento me despierto.

El contenido de la comunidad está disponible bajo CC-BY-SA a menos que se indique lo contrario.