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Lo encontré puesto a un lado de mi auto mientras salía de mi departamento. No sé por qué lo recogí. ¿Qué infinidad de centavos habré ignorado, siguiendo con mis asuntos? ¿Docenas? ¿Cientos?
Lost Penny

Pero, por alguna razón, este me atrajo.

Este centavo desgastado y oxidado.

Cuando llegué a mi escritorio en el trabajo, empecé a sacar el contenido de mis bolsillos. Teléfono celular. Billetera. Llaves. Centavo.

Phil, uno de mis colegas, entró a mi oficina. Llevaba dos emparedados de desayuno en sus manos, de nuestro desayunador preferido.

—Oye, Steve. Solo tenían suficiente tocino para uno de los emparedados. El otro es de salchicha. Sé que a ambos nos gusta el tocino, así que… ¿nos echamos un pulso? —me dijo riendo.

Bajé la mirada al centavo. El rostro de Lincoln, con una tonalidad fina de verde, me estaba observando.

—Echémoslo a la suerte. El ganador se queda con el tocino.

Phil asintió y tiré la moneda. Cuando alcanzó su ápice, escogí cara.

Cayó en mi palma y le di la vuelta encima del reverso de mi mano.

¡Cara!

Me terminé mi emparedado y seguí con mi día.

Tras alrededor de una hora, empecé a darme cuenta de que iba a ser un día lento. Ninguna orden nueva. Ningún correo nuevo. Y cada respuesta de correo que recibí fue una notificación de ausencia. Naturalmente, era el día previo a una fiesta patria; todos estaban disfrutando sus vidas. Mientras tanto, yo estaba atascado en la oficina viendo mi Outlook fijamente.

Por la hora del almuerzo, llegó mi jefe con Phil detrás de él.

—Bueno, las cosas van lento y muchos se están yendo temprano. Solo necesito a uno de ustedes en caso de que el equipo tenga algún problema. Decidan quién podrá irse temprano.

Cuando mi jefe se fue, Phil se me quedó viendo.

—Pues, tú te quedaste con el emparedado, así queee…

—Ni verga. Tú te fuiste temprano el viernes pasado… Y el viernes antes de ese.

—Ugh, anda. Tengo… planes… para esta tarde —dijo con nerviosismo.

Pasé mi atención al centavo. Pude haber jurado que el buen Lincoln me guiñó un ojo.

—Echémoslo a la suerte.

No me tomó mucho empacar mis cosas y dirigirme a la salida. Podía sentir a Phil clavándome la mirada por detrás. Lo siento, viejo amigo. Pero… ¡hoy es mi día! ¡Cruz nunca falla!

Contemplé el centavo y le dediqué una sonrisa de complicidad.

Me dirigí a Walmart para comprarle algunas flores a mi esposa. Quería sorprenderla, y quizá llevarla a una cena temprana.

Después me dirigí a la estación de combustible. Mientras estaba pagando, noté los boletos de la lotería. Mierda, ¿por qué no? Hoy todo estaba resultando a mi favor.

«¿Cuál debería escoger?», me pregunté. Agarré el centavo de mi bolsillo. Cara, Siete Sietes. Cruz, Pata de Conejo de la Suerte. Lancé la moneda.

Cruz. Pata de Conejo de la Suerte.

Raspé el boleto mientras seguía parado a un lado de la caja registradora.

Uno.

Dos.

¡Tres Patas de Conejo de la Suerte!

Raspé el premio. ¡250 dólares!

Afortunadamente, la cajera tenía suficiente para pagarme las ganancias. Me fui dando saltos a mi auto, dinero en mano, y regresé a casa.

Llegué a mi departamento y me dirigí a la puerta. Estaba entreabierta. Mi corazón dio un vuelco cuando la abrí lentamente.

Podía escuchar la ducha de la habitación principal. Mi esposa gritó desde ahí:

—¡Oye, Phil, solo estoy tomando una ducha rápida! ¡Perdón si me mandaste un mensaje, se me rompió el teléfono esta mañana!

Casi sentí que las piernas me dejaron de funcionar.

Me di la vuelta y cerré la puerta sigilosamente. Recorrí los escalones y volví a mi auto.

No recuerdo haber conducido. Tampoco recuerdo haber entrado a la tienda. Pero lo siguiente que supe es que estaba parado en la sección de cacería de Walmart.

—¿Le puedo ayudar en algo? —me preguntó un empleado mientras yo esperaba frente a la vitrina que desplegaba una selección amplia de armas—. ¿Quiere pistola o cuchillo?

Sentí que mi mano derecha se sumergió en mi bolsillo para sacar las ganancias de la lotería. Mi mano izquierda hurgó en el otro para tomar el centavo.

—Echémoslo a la suerte.

Esperé afuera de la puerta de mi departamento. Ahora estaba cerrada. Antes de que pudiera sacarme las llaves, se abrió de golpe. Mi esposa estaba hecha un mar de llanto.

—Steve… Ay, Dios, ¡no quería que te enteraras de esta forma!

Entré. Vi a Phil sentado en mi silla de la sala de estar.

En mi silla.

—Mira, Steve… Quiero que sepas que… Quiero que sepas que esto no tiene nada que ver contigo —se justificó mi esposa entre sollozos.

Caminé hacia Phil. Él se puso de pie desafiantemente.

—Escucha, amigo —comenzó—. Yo-

Le había hundido el cuchillo en su abdomen antes de que pudiera acabar. Se me quedó viendo a los ojos a medida que su cuerpo se entumecía. Desde la lejanía, podía escuchar los gritos de mi esposa.

—¡Steve! ¡Oh… por Dios! ¡¿Qué hiciste?!

Me giré hacia ella con el cuchillo ensangrentado aún en mi mano tensa. Ella estaba en el piso, aferrándose a una de las sillas de la cocina.

—Steve, no lo hagas por favor —suplicó—. ¡Por favor! ¡Por favor, no me mates!

Me detuve a unos cuantos metros de ella y busqué en mi bolsillo para agarrar el centavo.

—Echémoslo a la suerte.

Conforme me adentro en la autopista, alzo el centavo. Casi se ve nuevo. Brillante. Vibrante. ¡Un centavo jodidamente hermoso!

Caigo en un bache por la carretera y escucho el movimiento de los cuerpos en el baúl.

Mierda.

¿Qué demonios haré con ellos?

¿Los entierro?

¿Los tiro?

Miro el centavo.

Echémoslo a la suerte.