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Os voy a contar lo que me ha estado ocurriendo estos últimos días, porque parece que todo el mundo se ha vuelto loco, espero que tú no estés loco, no, tu pareces estar bien. Aunque... las apariencias engañan, no estarás loco ¿verdad?

Bah, es imposible saberlo, en este mundo las fronteras que delimitan la cordura y la locura están demasiado difuminadas como para ser percibidas sin un profundo análisis, para el que no tengo tiempo.

Pero, ¿por dónde iba? ¡Ah! Si, claro, sí, creo que no estás loco, no, no eres uno de ellos. Perdona mi reticencia, pero es que los últimos días han sido muy duros para mí.

Todo empezó hace una semana cuando Edgar y yo nos disponíamos a coger un taxi, Edgar es uno de esos tipos con clase, ya sabes, traje italiano y una sonrisa capaz de deslumbrar a cualquier chica, es un tío genial, bueno, yo le aprecio mucho, y siempre vamos juntos, incluso ahora está aquí, a mi lado, lo que pasa es que se encuentra algo cansado y no lo puedes ver aún, pero después te lo presentaré.

Pues bien, iba con Edgar a coger un taxi cuando, de repente, aquel gordo de mierda nos lo quitó delante de nuestras narices, hacía una tarde de perros, un frío horrible, y aquel gordo cabrón nos quitó el único taxi que parecía haber en toda la ciudad, te puedes imaginar la rabia que pudo darnos aquello, tan solo te diré que me acordé de todo el árbol genealógico de aquel jodido cabrón, desde su madre hasta el más lejano de sus primos.

Así que allí estuvimos quince minutos más, hasta que llegó el siguiente taxi. Pero cuando llegamos a casa nos encontramos con una curiosa coincidencia ¿Sabes quién era mi nuevo vecino? Efectivamente, el puto gordo cabrón, ese desgraciado tuvo la desfachatez de venirme con su cara de cerdo asqueroso y presuntuoso, como si no supiese que clase de tipo era.

Después, me dormí, debí dormir bastantes horas porque me despertó Edgar a medianoche, me miró fijamente y me dijo, "lo he hecho, he matado a ese bastardo", Estaba claro que se refería al gordo, mi primera reacción fue de indignación y asombro a partes iguales, ¿por qué había hecho eso?

Pero Edgar me hizo entrar en razón, aquel hombre no merecía vivir, no merecía el aire que respiraba, era un animal, peor que un animal. ¿Cuántas veces habría repetido lo de esta tarde? ¿Cuántas personas habrían tenido que pagar por culpa de aquel cretino? Un despiste lo tiene cualquiera, pero una vida llena de groserías no tiene perdón posible. El argumento de Edgar era del todo sólido, y no me quedó, pues, más remedio que darle la razón, pero le advertí que la policía no sería tan razonable.

¿Sabes lo que me dijo? No te lo vas a creer, me miró fijamente y me dijo: "Fred, chico, la policía creerá que eres tú".

Seguramente estarás pensando que Edgar es un cabrón ¿verdad? Pero no lo es, él no tiene la culpa, son esos jodidos polis paletos, unos putos incompetentes. ¿Cómo coño piensas que soy yo?

No lo entiendo, no lo puedo entender. Él no tenía la culpa, además no se debería poder culpar a nadie por la muerte de aquel gordo grosero, aquello fue autentica justicia, pura y limpia justicia.

Edgar merecía una recompensa por librar al mundo de ese indeseable. Si, si, ya se, tienes razón, me estoy desviando del tema, yo voy a acabar aburriéndote, perdona, sé que a veces doy demasiadas vueltas.

Al día siguiente la policía se presentó en mi casa y me detuvo, sin siquiera dejarme explicarles la situación, sin mediar palabra alguna, ¡delante de Edgar! Puedes imaginar la humillación que pasé, ¡si hasta me pusieron las esposas como si fuera un delincuente! Edgar no dejaba de repetirles que el culpable era él, una y otra vez, pero ellos ni siquiera se dignaron a mirarlo a la cara ¡como si no existiera!

Aquella noche dormí en comisaría, que horrible fue aquello, fue una noche fría, recuerdo perfectamente cómo me acurruqué en una esquina buscando el calor, completamente solo, eso era lo peor, hacía mucho tiempo que no tenía esa sensación, Edgar siempre estaba a mi lado, pero aquella noche nadie me hacía compañía, estaba solo... SOLO!.

El pánico empezó a turbar mi mente, veía sombras que se movían, escuchaba ruidos que me inquietaban. Después debo confesarlo, comencé a enfurecerme, era Edgar, no yo, quien debía estar allí, en aquel asqueroso lugar. Incluso llegó un momento en el que...si, no sé cómo pudo ocurrir, la desesperación, el miedo, supongo, si, llegué a odiarlo, a Edgar que no tenía culpa ninguna.

Pero, más tarde aún, no se que hora sería, el tiempo pasaba muy despacio en aquella celda, empecé a asustarme ¿Y si no volvía a ver a Edgar durante el resto de mi vida? ¿Y si no salía de allí jamás?

Y, entonces, apareció, allí estaba, no me peguntes cómo llegó, no me lo quiso decir, era él, Edgar; al principio creí que me había vuelto completamente loco, pero no era así, allí estaba, delante mía, no aguante más y rompí a llorar sobre su hombro, le debí estropear el traje, pero él no se quejó, el nunca me echa nada en cara, nunca olvidaré lo que hizo aquella noche, si no fuese por él no hubiese podido pasar la noche.

Al día siguiente me soltaron, creo que por falta de pruebas, ¡qué pruebas iban a tener! Me fui a casa, estaba deseando contárselo a Edgar, pero al llegar no estaba allí, así que decidí dormir un rato, estaba cansado, muy cansado.

Desperté al día siguiente, casi veinte horas después, con Edgar a mi lado, como siempre el hombre estaba impecable, con su traje perfectamente planchado, y su sonrisa invariable. Tan solo su rostro reflejaba cierto cansancio, incluso si te fijabas detenidamente podías distinguir unas pequeñísimas ojeras, aun así mantenía su personal talante de triunfador, ese estilo que siempre lleva impreso.

Me sorprendí un poco al despertarme a su lado, pero rápidamente me explicó que me encontró anoche en el sofá y decidió traerme hasta aquí.

Después le pregunté que había estado haciendo la noche anterior, él, al principio, se mostró reacio a contestarme, pero después de un tiempo me dijo que había matado a los policías que me habían arrestado. Cuando me dijo aquello me quedé paralizado. ¿Por qué había hecho eso? Ellos solo hacían su trabajo, no tenían la culpa, no eran como aquel gordo cabrón ¿no?

Pero él me lo explicó, me contó como los escuchó reírse de mí, y mofarse en la comisaría ¡decían que yo estaba loco! Los locos eran ellos, querían que me encerrasen en un manicomio, con todos esos tíos que están majaras, con esos subnormales que se creen Napoleón Bonaparte y que toca conquistar Europa. No puede ser, le contesté al principio, pero me lo expuso tan claramente que no cabía ninguna duda. ¿Cómo no me di cuenta cuando me arrestaron? ¡Si pensaban que yo era un criminal! Realmente estaban locos.

Últimamente oigo rumores por el barrio, se creen que no los oigo, pero si que lo hago, rumores que dicen que estoy loco, que si soy un asesino, que si deberían encerrarme... Yo de ellos sería más prudente, porque decir mentiras es algo muy feo, ¿es que no se los enseño su mamá?

Y Edgar empieza a cansarse de que os metáis conmigo, dentro de poco no podré convencerlo para que no siga matando.

Tú, si tú, ¿no creerás que estoy loco? ¿verdad? ¿O acaso si lo crees? No sé, no, has sido muy amable conmigo, no creo que estés loco.

Mira Edgar ya se ha levantado, ¿cómo? ¿Es uno de ellos? No Edgar, de verdad que no. ¿Cómo que con quien estoy hablando? ¿Es que no ves a Edgar?

Te lo advertí, lo siento, pero esta vez no puedo perdonárselo, es un loco más tengo que matarlo.

¡No Edgar! ¡No lo hagas!

Tengo que hacerlo, es lo mejor hazme caso.

¡No, ha sido muy amable! Reconócelo, ¿¡Por qué no reconoces que estás viendo a Edgar igual que lo veo yo?!

¿Aún no me ves imbécil?