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Era una persona normal hasta que descubrí en aquella acogedora cafetería que si pensaba en ella, me miraba. No porque tuviera poderes telequinéticos, ni porque nos conociéramos de antes, sino porque en el aire un hilo invisible nos unía. Algunos dicen que esos hilos siempre están allí y nos conectan a todos sin excepción, unos con enlaces más fuertes y otros más débiles, pero sin duda todos en una única red. Con mi mente sólo tuve que tirar de su hilo y ella se giró, y al levantarme con mi café irlandés para salir a la terraza a fumar un cigarrillo ella me siguió. ¿Coincidencia? ¿Se había fijado en mí por casualidad?

¿Tienes fuego? Me preguntó mientras rebuscaba en su bolso.

Sí, le dije sacando de mi bolsillo un mechero.

Ella se encendió el cigarro con un gesto elegante, con destellos del glamour perdido de los años 20.

Gracias me dijo sonriendo.

De nada.

No me podía creer que de una forma tan simple pudiera haber conseguido llamar su atención. Tras dar dos caladas, sin embargo, ella se marchó sin despedirse. Yo noté que algo tiraba de mi mente, sin duda nuestro vínculo era muy fuerte, y en cierta forma me vi obligado a seguirla lejos de la terraza, doblando el callejón solitario. Entonces ella se dio la vuelta.

¿Sabes? Sé que puedes notar nuestro vínculo.

Sí le respondí.

Me miró con una sonrisa que se tornó en mueca y un terror pasmoso me embargó. Noté que mi lucidez se desvanecía rápidamente mientras sentí que mi mente se apagaba.

Gracias me dijo. Eres delicioso.

Desde el suelo, inmóvil, sólo pude ver que ella se alejaba lentamente con gran parte de mis recuerdos y mi personalidad. Ahora desde mi cama sólo quiero volver a recordar cuál era mi nombre.