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Un relato imposible para un mundo posible.


- Magnífico, un nuevo ascendido. Cuéntanos cómo ocurrió.


- Dale tiempo, todavía está en el tercer día.


- ¿El tercer día?


- Sí, el tercer día después de tu..., bueno, el tercer día. Pronto, el tiempo ya no te importará tanto.


- Aunque te resulte duro recordarlo de nuevo, créeme, Luis, te sentirás mucho mejor después de contarnos lo que te ha ocurrido en los dos últimos días.


- Los dos últimos días... mi memoria está muy confusa. Todo parece tan extraño, tan poco corriente, tan imposible..., y sin embargo, sé que es cierto.


Lo sé. Trataré de relataros estos dos últimos días. Mis amigos y yo salíamos del cine, cuando ya era de noche. Serían casi las dos de la mañana. Algunos ya se habían marchado. Sólo quedábamos tres:


María, José y yo. Tenía prisa por llegar ya que tenía que madrugar para estudiar. Ese fue el motivo de mi imprudencia. Íbamos hablando de los estudios, de los exámenes que se acercaban.


Caminaba sin mirar, así que llegamos a un paso de peatones. Comencé a cruzarlo, insensato de mí, sin preocuparme por la circulación de aquella noche. Sólo reparé en mi descuido cuando oí mi nombre a mi espalda.


"¡Luis!", gritaron.


Fue una mera cuestión de reflejos. Miré a la derecha, distinguí los faros de un coche que se acercaban a gran velocidad, cegándome. Noté como mi corazón se había disparado, incitado por la descarga de adrenalina. Mis pupilas se dilataron. Mi piel palideció. Emprendí el camino de vuelta.


A mí me pareció que mis piernas se movían con extremada lentitud, pero mis amigos me dijeron poco después que corrí como el viento. Me recriminaron y me reprendieron por mi imprudencia. Yo sólo contemplé, todavía cardíaco, como se alejaba el vehículo y se perdía entre las calles.


Esa noche tuve serias dificultades para conciliar el sueño, y cuando lo hice, mi subconsciente reprodujo extraños y confusos sueños. Esa noche fue como si con mis sueños hubiese hecho un repaso de toda mi vida, ya que soñé con los momentos más relevantes de la misma.


Cómo aprendí a andar, el primer diente de leche que se me cayó, mi primer amigo, mi primer día de colegio, mi Primera Comunión, el día que conocí a María. Al despertar, lo recordaba todo con asombrosa claridad. Y así, inicié mi ritual habitual. me aseé, desayuné y comencé a estudiar. Todavía era temprano, por lo que no me sorprendió ver que mis hermanos y mis padres siguieran durmiendo en aquella mañana de domingo.


Pero sí hubo algo que me llamó poderosamente la atención. Todas las puertas de mi casa estaban cerradas. Todas. Y las persianas estaban bajadas, obligándome a ir encendiendo las luces de los pasillos.


De inicio, no hice más que preguntarme el motivo de todo aquello, pero rápidamente la urgencia del deber desplazó a esa preocupación y me fui a mi habitación a estudiar. Fueron pasando los minutos, que se convirtieron en horas. Me inquietaba que mis padres y hermanos no se hubieran levantado aún.


Yo mantenía abierta la puerta de mi habitación, dejando que la luz del flexo que alumbraba mis apuntes iluminara también aquel pasillo tan oscuro, tan oscuro... Era casi la hora de comer y no se oía nada en mi casa, algo completamente fuera de lugar, sin duda. Se me ocurrió levantar las persianas de mi casa, a ver si con el ruido despertaba a alguien. Además, aquella oscuridad me inquietaba y me angustiaba sin saber por qué.


Pero no pude. En el momento en el que iba a levantar una de las persianas del salón, mi mano se detuvo en el aire. No podía hacerlo. Era superior a mí, y cuánto más lo intentaba, más me costaba recuperarme de esa sensación. Algo totalmente nuevo para mí. Miedo por no saber lo que me encontraría si levantaba esa persiana.


Bueno, no era por no saber lo que me encontraría, pues sí lo sabía, era miedo por no poder soportarlo. Sudaba, mi corazón se aceleraba, me lloraban los ojos, mi garganta se secaba y unos pensamientos temerosos me invadían. Me quedé un rato así, sin saber qué hacer y con la creciente seguridad de que algo terrible había sucedido, estaba sucediendo o iba a suceder. La verdad es que perdí la noción del tiempo.


Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. Mi mente deliraba con pensamientos ajenos a mi voluntad. Lo notaba. Estaba perdiendo la razón y la conexión con la realidad.


Oía voces, voces que aparecían y desaparecían, dejando conversaciones a medias, como si fueran arrastradas por el viento y llevadas hasta mí. Ignoro cuánto tiempo estuve así, ni si ya era de noche, porque la oscuridad de mi casa era perpetua. tampoco comí nada más, no lo necesitaba, lo sabía, no sé por qué, pero lo sabía. Volví a dormir, pero al despertar no guardaba el recuerdo de ningún sueño.


La casa seguía exactamente igual. Una de las voces que escuchaba permaneció más tiempo que las demás. Parecía que se dirigía a mí. Me costaba entender su significado, ya que aquella voz sonaba lejana, débil. Al fin, descifré lo que me decía, gracias a que repetía su mensaje una y otra vez.


"Sigue el camino de la ascensión."


Para mí, no significaba nada, al menos nada que pudiera comprender. Sin embargo, tenía la extraña sensación de que su significado, así como el motivo de todo lo que estaba ocurriendo, se encontraba tras las puertas cerradas de mi casa.


Me levanté y caminé hasta que los pasillos acabaron en la última puerta, la del cuarto de mis padres, como un río desembocando en un mar cuyo delta se hallaba obliterado, taponado por oscuras y terroríficas verdades, verdades que se me habían negado conceder, pero que en ese momento me disponía a conocer.


Agarré con fuerza el pomo de la puerta, y cuando ya comenzaba a experimentar esas singulares sensaciones antes vividas, me armé de valor y la abrí. La habitación también estaba a oscuras, como el resto de la casa. No obstante, a pesar de la falta de luz, podía distinguir con preocupante claridad lo que había entre tinieblas.


Una figura me observaba, de pie, carente de expresión, con un rostro tan pálido que asemejaba a la luna en el cielo nocturno. Un repentino terror me invadió, privándome de movimientos voluntarios. Sólo podía contemplar aquel rostro en la oscuridad.


"Luis", me dijo.


"Llegó tu hora." Su voz, sin acento, ni entonación, ni ritmo alguno, me hizo temblar de miedo. Esa voz no era la de un hombre cualquiera. Yo no sabía qué hacer ni qué decir, así que dije lo primero que se me pasó por la cabeza.


"¿Dónde está mi familia?"


"En este momento, tu familia no está a tu alcance, pero tendrás ocasión de despedirte de ellos."


"¿Despedirme?", dije yo.


Poco a poco, sentía cómo la verdad se dejaba ver. Empezaba a comprender.


"Sí. Tenemos que partir y comenzar con tu ascensión. Verás, Luis, ha ocurrido algo muy importante en tu vida, algo para lo que quizá no estuvieses preparado, pero ese algo forma parte de nuestra condición de mortales. Sin embargo, no seré yo el que te lo indique, sino tú. Tú debes descubrir qué ha sucedido."


Imágenes fugaces se insinuaban en mi mente consciente. Me resultaba imposible apartar la vista de aquellos ojos tan insólitos, profundos, misteriosos, repletos de conocimiento, pero con la evidente ausencia de todo sentimiento.


"¿Qué ha ocurrido?", pensaba.


Nada anormal, salvo..., que casi me atropella un coche. De nuevo, recreé en mi mente la imagen de los faros del coche, acercándose. Rápidamente, deseché tales pensamientos, preguntándome a mí mismo la razón de aquella resistencia.


"¿Por qué no quieres pensar en ello?", me dije, iniciando, sin pretenderlo, una conversación con mi Otro Yo.


"Porque es una tontería."


"¿Ah, sí? Yo no pienso lo mismo."


"Me da igual lo que pienses."


"Espera, espera, no nos precipitemos. Tan sólo te pido que pienses en lo que realmente ocurrió aquella noche."


"No ocurrió nada. Llegué a mi casa, me dormí y empecé a soñar, sólo que todavía no me he despertado. Sí, estoy soñando todavía."


"No. Estás despierto, lo sabes muy bien. Lo que pasa es que tratas de retrasar lo inevitable."


"¿Lo inevitable? ¿De qué demonios hablas?"


"Sabes de qué te hablo. ¿Por qué no lo reconoces? ¿De qué tienes miedo?"


"Sólo es un sueño."


"El cruce, el coche, la oscuridad. No miraste si venía algún coche y cruzaste."


"Cállate."


"Tus amigos te avisaron, gritaron tu nombre."


"¡Cállate!"


"Un coche se acercaba."


"¡No quiero oírte!", "No reaccionaste a tiempo."


"¡NO!"


"Y no sentiste dolor. Todo fue muy rápido."


"Por favor, déjame en paz."


"Descansarás en paz", habló el extraño ente que tenía ante mí. Abrumadoramente mareado, confuso, desorientado, con la visión borrosa, alcancé el cuarto de baño, y cuando me coloqué frente al espejo, retrocedí espantado. Ante mí se reflejaba un rostro terrorífico, fantasmagórico, de una palidez cadavérica.


Mis músculos faciales denotaban los signos del rigor mortis. Cuando palpé ese rostro muerto, mis manos se mostraban rígidas y huesudas. Sin embargo, esa apariencia sólo se encontraba en el espejo, ya que al contemplar mi cuerpo directamente, sin que el espejo intercediera, era el de una persona normal, viva.


¿Cuál era la imagen verdadera?


En cualquier caso, una parte de mí me traicionaba, y esa parte era mi visión. El espejo no mentía. Estaba muerto, sí, de eso no había lugar a dudas. Pero la situación era que estaba en mi casa, encerrado, solo, sin luz. No alcanzaba a comprender, así que volví a donde estaba el ente, que no se había movido siquiera.


"Estoy muerto", le dije.


"Sí."


"¿Y qué hago aquí?"


"Estás comprendiendo. Tu mente ha abandonado el cuerpo en el que ha residido durante diecisiete años, y necesita tiempo para liberarse de las pesadas cadenas de la carne. Todos, al morir, pasamos por una experiencia similar a la tuya, aunque distinta."


"¿Por qué estoy en mi casa?"


"Realmente no es tu casa. La casa que conocías está a otro nivel, el nivel de los vivos."


"¿Me he convertido en un espíritu? ¿Vagaré por mi casa eternamente?"


"Eso depende de ti. Hay mentes más cerradas que otras. Respóndeme a esta pregunta:"


"¿te parece que estés soñando?"


"Ya no."


"Ahí está la clave. Todavía nos resulta un misterio intrigante pero, ¿sabes lo primero que hacemos después de morir?"


"No."


"Soñar. La muerte es como un sueño, un sueño del que tú has conseguido despertar. Normalmente, la mente de una persona recién fallecida pasa por un tiempo de transición de tres días. En el primero, despierta del sueño eterno; en el segundo, descubre que ha muerto. Tú estás en el segundo día."


"Los que no despiertan o no reconocen su muerte, ¿qué les pasa?", inquirí, sabiendo de antemano la respuesta.


"Esperar al día en el que lo descubran, aunque hay mentes que llevan mucho tiempo intentándolo."

"Tú, ¿quién eres? ¿por qué me ayudas?"


"Yo soy el responsable de guiarte en este camino que ya has iniciado. Soy tu luz perpetua."


"¿Mi luz perpetua?"


"Tu espíritu guía."


"Hace un momento dijiste que se necesitaba un tiempo de transición para desligarse por completo del mundo de los vivos. Ese tiempo es de tres día, ¿no?"


"Exacto."


"Bueno, ya he pasado por los dos primeros. ¿Qué me espera en el tercer día?". En ese momento, el inmutable rostro sonrió débilmente, o eso me pareció, antes de contestarme.


"Lo descubrirás muy pronto."