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Se desplazaba sin hacer ruido, a medida que avanzaba por aquella angosta calle de tierra y piedras sueltas. En sus bordes la calle tenia dos alambrados que la separaban de un denso y oscuro bosque de eucaliptos; que la media luna que asomaba esa noche, en vano intentaba traspasar con sus rayos de luz.

Los altos árboles acumulaban sus sombras que reinaban incluso durante el día, la gente de la zona jamás penetraba en el, pues eran muchos los rumores y leyendas que se contaban acerca del bosque, rumores de que era un lugar maldito, donde vagaban almas en pena. Las forestaciones de eucaliptos eran algo nuevo en el país, pero los más viejos del lugar, afirmaban que el bosque ya se encontraba allí desde que llegaron a la zona siendo niños, y sus árboles ya tenían su descomunal tamaño.

Continuaba su recorrido por la calle, cuando oyó un ruido que provenía del bosque, sonaba como dos pasos avanzando lentamente, al instante se sumaron otros más, al otro lado de la calle, otros pasos corrían y se detenían detrás de los árboles. Cuando noto que los pasos se aproximaban a la calle,ya cerca de alcanzar el alambrado, saco su larga y afiladísima daga; los pasos se detuvieron, otro sonido llamó su atención, pero este provenía de la calle. Una vieja carreta tirada por dos caballos negros, se hamacaba sobre sus chirriantes ruedas de madera, avanzando pesadamente por la noche.

-¡Qué suerte, viene alguien!- exclamó y envainó su daga. La carreta era dirigida por un hombre encorvado, con un sombrero de alas caídas, y de rostro cubierto por la oscuridad. La luna iluminó la figura de un joven vistiendo ropas de gaucho, con sus amplios pantalones, botas, camisa y un poncho sobre el hombro. Cuando la carreta paso frente a él , el joven con voz amigable, saludó:- ¡Buenas noches! Señor, ¿puedo viajar con usted? Ando a pie y este camino es largo.

El conductor tiró de las riendas, y detuvo la carreta; una voz de anciano dijo- Bueno, suba.

El joven antes de subir, recorrió con la vista las penumbras del bosque, que ahora se encontraba en silencio.

- ¿Usted es de la zona?- pregunto el joven, y se sentó al lado del anciano.

- No, vivo lejos de aquí- Dijo el anciano, y sacudió las riendas; comenzaron a moverse.

El joven no paraba de mirar a todos lados, el anciano lo observaba, el joven volvió a hablar:

- Don, ¿usted no siente miedo de viajar de noche por estos lugares?

-¿Miedo? Jajaja... Estoy muy viejo para sentir miedo - dijo el anciano- ¿Y usted, joven, tiene miedo de recorrer estos lugares?

-No, nunca sentí miedo- contestó el joven.

-¿ Por qué mira tanto el bosque, si no tiene miedo?

-Es mi trabajo- dijo el joven - Estos bosques están malditos, todos los que mueren en él quedan prisioneros y sus espíritus no pueden descansar, vagan recorriendo sus sombras y rincones, penando para siempre. Antes era solo uno, luego construyeron esta calle, y ahora los espíritus intentan escapar por ella, pero yo no los dejo, ¡nadie se escapa de aquí!

El anciano, cuando escuchó estas palabras, se volvió en una figura completamente negra, como si fuera una sombra. Brilló la daga dibujando un arco, cortando la garganta del pobre anciano, que mientras se desangraba sentía cómo era llevado hasta el borde de la calle para luego ser arrojado del otro lado del alambre.

-¡Y tú tampoco te vas a escapar!- Los caballos huyeron asustados. La sombra continuó su nocturno recorrido, y en el bosque se podían oír pasos y lamentos.

El carcelero gritó: "¡Nadie se escapa de aquí!"

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