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—Por favor, Juan Ramón, ayúdeme a entender qué le ocurre a mi hija. Lo he escuchado hablando de estas cosas, pero estoy tan confundida que no sé qué hacer.

Acordamos que iría a su casa a conocer más de cerca la situación. Al día siguiente llegué a una casa de dos niveles construida en una zona exclusiva de la ciudad, Raquel me abrió la puerta y, muy angustiada, me dijo:

—Qué bueno que llegó. Precisamente ahora Daniela tiene una crisis.

Me condujo inmediatamente a la habitación de la joven, en el primer nivel. Un olor penetrante, parecido al amoniaco, se dejó sentir, acompañado de una baja considerable de la temperatura. Daniela se encontraba postrada en la cama. Daba miedo solo de verla.

Imaginen la espeluznante escena. Una mujer joven, extremadamente delgada, sin cabello y deformada por una gran cantidad de llagas en cuerpo, amarrada de manos y pies a la cama con pedazos de tela y emitiendo potentes sonidos guturales parecidos a los de una bestia.

—Dany, hija, no hagas eso. Me asustas, mi amor.

La joven reaccionó de inmediato a lo que decía su madre y volteó a verla. Se dirigió a ella con una horrible voz, grave y cavernosa.

—¿Te asustas, pin…vieja? ¡Si no has visto nada! ¡Ja, ja, ja, ja!

No puedo negarles el impacto y el susto que experimenté al presenciar esto. Tomé una Sagrada Biblia que se encontraba sobre una pequeña mesita de computadora, la abrí rápidamente y al buscar el salmo noventa y uno con intención de hacer oración, Daniela, enfurecida, se dirigió a mí.

—¿Y tú qué haces aquí, pen…? Mejor lárgate porque te voy a matar junto con esta vieja y su pin… hijo. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

Traté de sobreponerme al temor y sin hacer caso inicié la oración. La casa comenzó a tronar e invité a Raquel a que se uniera a la oración. Daniela comenzó a balbucear palabras que no entendí; pertenecían a una lengua o idioma que yo desconocía. Cuando terminamos de orar, Daniela se desmayó y nos acercamos a ella para reanimarla. Raquel salió por alcohol, me dejó solo con la joven y un frío estremecedor recorrió mi espalda. Más tarde logramos regresar a la joven.

Daniela despertó y en seguida comenzó a llorar, manifestando que le dolía mucho la cabeza. Su madre la tranquilizó, le hizo saber que el doctor no tardaría y le dijo que tratara de descansar. Era notable el débil estado físico que presentaba la chica. En mi cabeza reinaban la confusión y el miedo. Recordaba la voz y la apariencia de Daniela y venían a mi mente escenas de la famosa película El exorcista, que ofrecía similitudes con lo que acababa de presenciar.


Otras partes:
  • Parte II