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De pronto hubo una repentina tranquilidad. Daniela ya no gritaba, sólo balbuceaba palabras que nadie entendía. De repente Daniela logró zafar no sé cómo una mano de su atadura y golpeó en el estómago a una joven integrante del grupo de oración.

Darío, un muchacho más y yo corrimos a sujetarla, pero sacando una fuerza endemoniada nos aventaba violentamente con gran facilidad cada vez que uno de nosotros se le acercaba. Mientras, la joven golpeada se reponía del tremendo golpe que le sacó el aire del estómago.

En un momento en que Darío se incorporaba después de que Daniela lo había derribado, sorpresivamente lo atrapó ella de la chamarra y lo atrajo hacia sí, queriendo morderle la cara y a la vez lanzando fuertes alaridos; de su boca escurría una baba pestilente. Un joven de nombre Luis y yo, como pudimos, y en verdad haciendo gran esfuerzo, logramos separar a Darío, que se resistía a la agresión de Daniela. Finalmente se rompió la chamarra que traía puesta.

Desesperadamente quité una sábana de la cama y con muchas dificultades logramos inmovilizar nuevamente el brazo de la muchacha. El resto del grupo no había dejado de hacer oración y Daniela, o quien estuviera dentro de ella, volteaba y nos miraba con mucho odio, bufando como un toro bravo y ocasionalmente lanzando amenazas e insultos a los presentes.

De pronto tocaron la puerta de la habitación. Era Raquel, quien muy asustada gritaba que algo le ocurría a su hijo Carlitos, quien se encontraba en la sala con ella y con su tía. Una vez que sujetamos de nuevo a Daniela, Luis, Darío y yo corrimos a la planta baja y nos percatamos de que el niño se había desmayado. Nos miramos las caras y supusimos que el hecho tenía relación directa con lo que le pasaba a su hermana, así que lo recosté en uno de los sillones. En algún momento el niño dijo: “Ahora, hijo, vamos a expulsar el demonio que hay en el cuerpo de Daniela”, y de nueva cuenta perdió el conocimiento.

La situación era muy confusa. ¿Sería posible que también el cuerpo del niño estuviese poseído por otro ser del mal? No sabíamos qué pensar. Incluso Darío y Luis, con su experiencia en casos de posesión, no sabían qué responder ante aquellos hechos.

Me quedé tratando de reanimar al niño, acompañado de Raquel, mientras Darío y Luis subieron para unirse al resto del grupo, que seguía adelante con el ritual. La madre de Carlitos y la tía Angela, que hacía pasar las cuentas de un rosario y rezaba con desesperación, se veían sumamente angustiadas. Traté de calmarlas y al mismo tiempo le daba a oler alcohol al niño, mientras mi mente abrigaba la certidumbre de que ocurrirían hechos aún más graves.

Pasaron unos diez minutos que se nos hicieron eternos. El niño no volvía en sí y seguían escuchándose los alaridos horribles que lanzaba Daniela en su cuarto.

Inesperadamente Carlitos reaccionó y comenzó a decir cosas que no comprendimos. Raquel lo abrazó al tiempo que rompía en llanto, y el niño afirmó:

—Ya no llores, mami, el angelito la curó. Dany ya está bien.

—Hijo, ¿por qué dices esas cosas? No me hagas esto, es suficiente con lo de Dany —le reprochó Raquel desconsolada.

Minutos más tarde, los muchachos del grupo de oración descendían por la escalera. Darío preguntó acerca del estado del niño y le indiqué que estaba consciente, pero decía cosas muy raras. Darío, entonces, se dirigió a Raquel.

—Señora, bendito sea Dios, creo que su hija está liberada.

Sin decir palabra, Raquel corrió a la habitación de Daniela. En tanto, le pregunté a Carlitos cómo se sentía.

—Bien, Juan Ramón.

—¿Por qué dijiste que tu hermanita ya estaba bien? Y también hablaste de un ángel.

Frente a los muchachos y la tía Ángela, el niño respondió:

—Primero sentí como si tuviera sueño. Luego mi amigo el ángel me dijo que me llevaría a cierto lugar para destruir algo que le hacía daño a mi hermanita. Nos fuimos volando y en el camino había muchos diablos que me querían agarrar, pero mi amigo no los dejaba. Llegamos a una cueva muy fea y entramos. Dentro había cabezas de animales y muchas velas negras. El ángel desenterró un muñequito muy raro, lo tiró al suelo y después apareció una luz muy blanca que no me dejaba ver. El ángel se puso a platicar con esa luz y luego de la luz salió una mano y me tocó la cabeza, me dijo que era un niño bueno, que cuidara mucho a mi hermanita y que le dijera a mi mami que quemara el cuadro del payaso. Después de un rato me trajo volando hasta aquí y desperté.

Sorprendidos por lo que el niño había dicho, guardamos silencio. Esa narración sin duda correspondía a lo que estaba ocurriendo con Daniela.

En ese instante bajó Raquel llorando, mas ahora con un semblante distinto.

—Muchachos, Dios se los pague —dijo—. Creo que Dany ya está bien. Me dijo que se sentía mucho mejor, pero que estaba cansada, así que la dejé dormida.

Se dirigió entonces a Carlitos.

—Hijo, ¿ya estás bien?

Me adelanté y respondí por el niño.

—Sí, Raquel, Carlitos se encuentra perfectamente, pero tenemos que hablar con usted.

—¿Pasa algo malo? —preguntó Raquel.

Raquel, Darío y yo salimos al patio. El jefe del grupo le explicó que al estar haciendo oración para liberar a Daniela, en un momento ella había lanzado un grito desesperado y se desvaneció. Después de unos segundos volvió en sí y el ambiente cambió. El frío y los olores fétidos desaparecieron y al platicar con Daniela ella reaccionó de manera normal. Primero preguntó qué había pasado y después preguntó por su madre. Entonces nos despedimos de ella y bajamos.

A mi vez, le hice saber lo que su hijo había dicho y la relación tan sorprendente que habíamos encontrado en lo que le ocurrió a sus dos hijos. Dijo Raquel que seguía sin entender, pero manifestó su felicidad porque la pesadilla había terminado.

Del cuadro sólo han de quedar cenizas, pues el grupo de oración se lo llevó para quemarlo.

Fue una situación terrible y sorprendente. Todo parece indicar que Carlitos no mentía y que un ángel se comunicó con él para ayudar a su familia. Tal vez este niño tiene capacidades muy grandes, como para establecer ese contacto. Hoy, esa familia vive feliz. Fin