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El viento helado golpea mi cara mientras camino de prisa y me obliga a hundir la nariz en la bufanda. Debo llegara a tiempo, el Compromiso estaba hecho y no podía ser cancelado. Las calles semi vacias y las nubes grises. La basura volando sin un rumbo definido, golpeando y chocando con todo. El viento está revuelto.

Cada vez me cruzo con menos gente. La bufanda roja y el ajustado sombrero gris sisean en el frío viento, las manos las tengo en los bolsillos de la gabardina y ésta se me pega más al cuerpo, siento la resistencia en cada paso. Decido apurarme. El Compromiso no puede esperar.



Comienza a llover y ahora cada paso es un riesgo de resbalarme y caer de espaldas lesionándome, eso no sería suficiente. Pero no pienso mucho en ello y sólo doy firmeza a mis pasos y sigo a delante. Las gotas están heladas y me punzan con su humedad. Las gafas se me nublan, las retiro, y mi antes cálida mano parece la de un muerto. La visión se entorpece mientras limpio las lentes con un pañuelo. No me detengo a pesar del riesgo y me coloco nuevamente las gafas.

Justo en ese momento me detengo, estoy al borde de la acera y un auto pasa con gran velocidad. De no haberme detenido estuviese muerto ahora mismo.

Sacudo la cabeza para espabilarme. La humedad comienza a traspasar la tela de mi vestimenta y el frío me abraza poco a poco. Intento ir más rápido. Los músculos se quejan enviando punzadas, señal de un gran esfuerzo pocas veces realizado. No hago caso y continúo.

Miro mi reloj, las perlas de agua en la carátula deforman las manecillas y los números. Me quedan 5 minutos. Ahora corro. El aliento se vuelve pesado, pastoso. La garganta se me reseca y la tos aparece de repente. No puedo evitar encorvarme para recuperar un poco de aliento. La lengua reseca intenta inútilmente lubricar mis labios partidos.

Sigo avanzando. Memorias de un pasado reciente se agolpan en mis pensamientos. El Compromiso es vital, literalmente. Dos vidas dependen de ello. Mis dos hijos dependen de mí.

La vida fue próspera hasta que las malditas enfermedades de mi esposa y mis hijos me hicieron descuidar los negocios, poco a poco lo fui perdiendo todo. Ella murió de Cáncer linfático tras un intensivo y costosísimo tratamiento; y ellos tienen Leucemia y hepatitis tipo C.

Lo maldije todo, a todos, incluso a Él, por tratar de quitarme lo que más amo en la vida. He blasfemado tanto que comprendí que Él desde arriba se ríe y se burla de mi dolor y desesperación. Ya no tengo más bienes qué vender. Más dinero para los tratamientos.

Busqué todos los métodos, todas las opciones. Los trasplantes de médula ósea y de hígado eran lo único viable, sin embargo, sólo pude ser donador de médula ósea, y si es cierto que todo fue un éxito, la recuperación es sumamente delicada y costosa, sin ella mi hijo sencillamente morirá. La lista de donadores de hígado es inmensa. No queda mucho tiempo para mis pequeños. Debía hacer algo. Y lo estoy haciendo. Sin Su ayuda, sin Él.

En otros tiempos yo fui un fiel y devoto creyente. Ahora niego su “bondad”. Es un ser vil y maligno que sólo quiere nuestro dolor. Lo usa para su satisfacción y diversión. Nos pone en estos predicamento a los que somos buenos. Pero conmigo se ha acabado su diversión.

Después del Compromiso yo me reiré de Él.

He llegado. Justo a tiempo. No hay nadie en los alrededores y es natural, esta parte de la ciudad tiene mala reputación y además el clima hace que nadie quiera salir ya a la calle. La humedad en mi cuerpo es completa. No hay sitio en mí que no esté tiritando. Pero debo contenerme.

Han pasado ya 20 minutos y no sucede nada, no es posible.

Debo calmarme y ser paciente tal vez el clima haya retrasado el Compromiso.

¡40 minutos, qué diablos está pasando! ¡Se suponía que ya debía haber sucedido!

La desesperación me consume, ésta es mi última carta, mi última oportunidad de salvarlos. Vendí mi última posesión, mi auto, para lograr este Compromiso. Las esperanzas comienzan a disolverse y siento que yo también me disuelvo con la lluvia… Las fuerzas me abandonan mientras mis sollozos se confunden con el ruido de las gotas al caer. Me derrumbo y caigo sobre mis rodillas y mis manos.

No pude salvarlos… levanto la mirada al cielo mientras aprieto los puños en el suelo. Las gotas me golpean y siento como si fuesen bofetadas de un padre colérico. El dolor me embarga, el nudo en la garganta me impide hablar. Tras mucho esfuerzo logro murmurar “¿Por qué me haces esto?”

Un dolor agudo en el costado izquierdo me hace abrir los ojos como platos. No puedo articular palabra y mi mente trata de averiguar lo que sucede mientras me incorporo. Mi mano encuentra el objeto aquel: una daga incrustada. No puedo sacarla. Veo venir a la persona con quien debía reunirme.

El Compromiso se está cumpliendo. Saca la daga de mi costilla, el dolor es terrible, es un alivio ya no sentir esa hoja afilada en mi cuerpo pero curiosamente mis carnes se sienten vacías sin ella.

Una y otra vez el acero se hunde en mí.

Caigo de espaldas en medio de un charco de agua y sangre. Veo al cielo, ha dejado de llover y un agujero entre las nubes parece abrirse justo sobre mí. “¡Gracias, Dios mío!” Son mis últimas palabras.

Mis últimos pensamientos se quedan con mis hijos. El trasplante será muy pronto y el seguro de vida se encargará de todo lo demás.