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Una tarde, regresábamos de la escuela mi hermano mayor Manuel y yo. Llegamos a casa, comimos, hicimos tarea y esperábamos que mamá regresara del trabajo. Mi tía Herminia, quien nos cuidaba, salió a comprar algo que le faltaba para la cena. Vivíamos en una calle llamada Oxnard en Ocotlán Jalisco.

En el medio de la casa, había un patio donde jugábamos por horas. Lo teníamos que cruzar para ir a la sala o la cocina. Las escaleras de madera eran tan viejas que solo el verlas daba pavor. Había dos cuartos, uno en el cual dormíamos, que se encontraba en la parte de atrás; y otro que se encontraba arriba.

Mi hermano Manuel, una vez, me dijo «Hermanita, florecita, ¿no quieres ver qué hay en ese cuarto de arriba?». En efecto, tenía curiosidad de saberlo. Mi hermano empezó a subir las escaleras con cuidado.

Yo lo observaba nerviosa y curiosa por saber. Al llegar arriba, abre la puerta y entra. Dura varios minutos adentro y sale con una sonrisa, diciendo «¡Ay! Qué aburrido. ¡No hay nada interesante!». Mientras bajaba las escaleras, veía en la ventana de ese cuarto la figura de un hombre. Le dije a mi germano lo que había visto y el solo me dijo «¿Sabes qué es lo que hay allá arriba en ese cuarto? Hay lo que hay en un cuarto normal, una cama y un escritorio. Solo que viejos».

Llegó mi tía Herminia y nos dijo «¿Qué hicieron, traviesos? Están muy raros». Ambos solo sonreímos. Cuando llegó mamá, mi tía se despidió y se fue. Cenamos tranquilos, vimos televisión y llegó la hora de acostarnos. La casa estaba a oscuras y en silencio. Desde de mi cama, miraba el patio con claridad a través de la ventana. No sé por qué, pero sentía un miedo horrible. Cerré mis ojos y, al abrirlos, en el patio, había un féretro. Volví a cerrar mis ojos y ese ataúd había desaparecido.

A la mañana siguiente mi hermano me dijo «Hermanita, anoche soñé algo feo», y me contó su pesadilla. Yo lo escuchaba, pero la parte que realmente llamó mi atención fue cuando dijo «Había un ataúd en el patio, se abrió, salió un señor y caminó a la sala». Le dije «Manuel, ¡yo lo vi! Era color negro, ¿verdad?» y mi hermano dijo «¡Sí! ¿Cómo lo sabes? Yo no te dije el color».

Desde ese día ocurrieron cosas raras, veía a espíritus caminar por toda la casa, pero ellos a mí no. Unos caminaban sin parar, otros platicaban. ¡Era realmente horrible! Mis padres creían que enloquecía. Mi hermano lloraba y me pedía perdón. Parecía que, al abrir la puerta de ese cuarto abandonado, abrió la puerta del infierno.

Mis padres pidieron rezos por mí. Los espíritus me atormentaban; a veces, veía sus muertes. Un día, mis padres, cansados de mis llantos y gritos, rentaron otra vivienda. El día que nos mudábamos, Manuel me dijo «¿Sabes, hermanita? Nunca te dije que, ese día, cuando entré al cuarto abandonado, saqué algo de ahí» y abrió su mano; era una pequeña foto en un viejo reloj.

Yo solo le dije «Manuel, regrésalo. Devuélveme mi paz». Mi hermano así lo hizo. Nos fuimos de esa casa y, poco a poco, recuperé mi salud y vida. Solo hay un pequeño problema; aún veo espíritus, pero ahora ellos sí me pueden ver.