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Desde la mañana había estado corriendo un viento siniestro que se empecinaba en despeinar mi flequillo, pero no se me había pasado por la cabeza que era un augurio de la inminente tempestad. Agradezco haberlo pasado por alto, porque de todas maneras no había nada que pudiera hacer para prolongar mi concurrencia al trabajo. Por suerte no comenzó a llover sino hasta que me encontré en mi cubículo de la estación del ferrocarril. Es asombroso el número de personas que pasean en tren un sábado. Uno creería que el éxodo de viajeros se acentúa en días de semana debido a la urgencia matutina de llegar a horario a ningún lugar o visitar a un pariente enfermo. Pero casi me atrevería a decir que en fin de semana la masa de zombis taciturnos es la misma. Mi labor es simple y de todas maneras me engendra agonizantes jaquecas de manera frecuente. En especial cuando hay escasez de monedas y tengo que negarme a venderles boleto a quienes no tienen el monto del pago exacto. Se frustran de manera audible y en consecuencia se congestiona la fila, ocasionando un motín en el que todos se convencen de que yo soy el culpable de la situación, como si uno de mis placeres ocultos fuera coleccionar el cambio de la tesorería.

Tal vez se debió a la lluvia. O tal vez aquél sábado en particular algún tipo de reconsideración masiva sobre los beneficios de quedarse en la cama hasta mediodía había invadido las cabezas de todos los ciudadanos, porque a media mañana había irrisoria actividad. Lo que me otorgaba largos períodos ininterrumpidos de inmersión en mis pensamientos.

Llevaba cincuenta y ocho días de abstinencia.

No conocía ningún grupo anónimo de personas que compartieran mi problema, pero tampoco hubiera concurrido de haberme topado con uno durante mis caminatas nocturnas, así que su hipotética existencia me tenía sin cuidado. Además, lo peor ya había pasado. Los primeros días casi había caminado por las paredes y en una ocasión tuve que rechazar la invitación de una adorable muchacha porque el terror reemplazó cada centímetro cúbico de sangre en mis venas al considerar que eventualmente nos quedaríamos a solas, ella me besaría, comenzaría a tocar su espalda…

– ¿Hola? –me preguntó un hombre de edad avanzada que buscaba mi mirada a través de la ventanilla.

– Dis… disculpe. ¿Hasta dónde? –conseguí volver en sí justo a tiempo.

– Estaba preguntándole si tenía idea de dónde podía comprar un paraguas –soltó casi en un sollozo. Estaba empapado.

– En la tienda de la esquina, supongo. Aquí solo vendemos los boletos del tren –aclaré-, cuando le interese viajar en él, me avisa –remate con dulzura.

El hombre se marchó sin más y volví a quedarme solo. Retomar la plática mental con mis recuerdos sería peligroso, así que tomé un libro que venía leyendo desde el comienzo de mi proyecto de sobriedad y me concentré en el último párrafo en que me había quedado. Y en la misma página seguía cuando acabó mi horario laboral.

Aguardé a que el aguacero disminuyera para regresar a casa, utilizando el cobertizo de una morada cerca del trabajo como refugio personal. Eran pasadas las cinco de la tarde, pero el día estaba en sus últimas. El cielo estaba adornado de una lúgubre escala de grises y aunque las gotas perdían fuerza por momentos, resurgían como el Ave Fénix en horrendos chaparrones. La verdad es que jamás me ha gustado la lluvia, al punto de que me siento bastante identificado con mi gato. Si se me moja el zapato, sacudo el pie como si se me estuviera incinerando, tal y como hacen los felinos. Y ni que hablar del resto del cuerpo. El agua cayendo del cielo tan sólo me parece interesante cuando lo hace con tanta potencia que el sonido del impacto contra la acera sobrepasa en creces los aullidos de mis acompañantes, preferentemente agraciadas mujeres. Pero esa ya es otra historia, ¿no? Porque ahora mismo estaba en plena etapa de abstinencia: nada de compañías femeninas. Nada de placeres. Nada. A eso se había reducido mi vida desde que había decidido ser una mejor persona y valorar la vida humana, en especial a las damas. Ya no era nada más que el individuo detrás de la ventanilla del cubículo donde podías comprar el pase a cualquier sitio. Bueno, también era el amo de un risueño y cariñoso gato.

Pero ya que me había puesto a pensar en mis anteriores conquistas, a nadie lastimaría que rememorara un poco más, tan sólo mientras aguardaba a que el clima me permitiera regresar a mi humilde hogar. Siempre había gozado de una popularidad innata entre las del sexo opuesto, aunque no era muy difícil adivinar el por qué. He heredado la mirada cargada de inocencia color verde grisáceo de mi madre y el perfil varonil y la voz sugestiva de mi padre. En cuanto a mi físico, debo admitir que eso es obra mía. Los bíceps y abdominales perfectos me han costado meses de mi adolescencia y algunos días de mantenimiento ahora, en la flor de mi edad. Pero ya que me he puesto a hablar de mí, sería de gran ayuda presentarme, ¿no? Me llamo Caleb Jones y desde siempre las mujeres han suspirado al oír aquel nombre salir de mi boca. Tal vez mis poros desprenden algún tipo de feromona que me vuelve irresistible o quizás tan sólo soy encantador. De cualquier manera, la cosa no es recíproca. Yo no suspiro por cualquiera. Soy bastante selectivo, por no decir primoroso. Para conquistarme, una mujer debe ser femenina, llevar tacos, si es posible, y el cabello largo, sedoso y oscuro. Por empezar. En cuanto a su contextura física, no me importan demasiado algunos gramos de más, ya que lo primordial para mí es la elegancia. Mientras la candidata sepa lo que lleva encima y lo exhiba con orgullo y despreocupación, despertará mi curiosidad.

Y mi última compañera había tenido todas las particularidades. Había sido tan fácil conquistarla -en especial porque prácticamente ella me había cazado a mí- que casi había perdido el interés en última instancia. Pero por supuesto que un trabajo a medias, es un trabajo mal hecho; así que tomé cartas en el asunto y me hice cargo de la situación. Terminé pasándomela en grande. ¿Y ella? Estoy seguro de que jamás imaginó que un acto tan precario y tan… bueno, sí, animal… podía generarme tal goce. La verdad es que cuando llega el momento culmine entre mi amante y yo, el instante exacto en que nos compenetramos y ya no hay ningún secreto entre nosotros, puedo sentir que se me ahoga el alma de éxtasis y me entregaría al placer y a la pérdida del conocimiento con mucho gusto, pero, claro, no es conveniente. Digamos que es de mala educación dejar a mi anfitriona a solas mientras me regodeo en mi propio júbilo.

Cincuenta y ocho días era mi récord personal hasta el momento. Muchas veces antes había intentado dejarlo, pero las recaídas son algo serio. En especial cuando gracias a tu trabajo ves pasar a demasiadas morenas, elegantes y listas para hincarte los dientes en la yugular al día. Aplicarle la ley del hielo a cada uno de sus comentarios seductores estaba comenzando a volverme loco, pero en algún sector morboso de mi mente me regocijaba contando los días de mi templanza. Si alguien me hubiera recordado que nada es para siempre…

Había desviado mis pensamientos hacia la duda de si le había dejado comida o no al gato, cuando alguien me habló. Eran realmente pocas las veces en que permitía que me tomaran por sorpresa y el hecho me generó una reacción inmediata de repulsa hacia la persona que me dirigía la palabra, pero mi expresión cambió de ángulo en cuanto me volteé a ver a mi interlocutor.

–  Qué clima espantoso –volvió a comentar, debido a mi mutismo.

–  A mi tampoco me agrada la lluvia –dije risueño y encantador.

–  Soy Danielle –se presentó extendiendo la mano hacia mí, y me pareció que lo había hecho de modo que yo la tomara y la besara luego de caer de rodillas. Casi lo hubiera hecho, si la acera no hubiera estado colmada de agua.

– Caleb –correspondí la cordialidad y besé su mano, pero sin echarme al suelo.

– Qué diplomático –definió con un deje de aturdimiento en su voz.

– Supongo que soy culpable –reí-, ¿te refugias del diluvio en mi arca? –bromeé señalando el cobertizo con un ademán del rostro.

– Imagina que ya es difícil caminar con taco aguja –movió sus pies y luego se corrió el cabello largo y moreno detrás de la oreja, justo para que pudiera ver unos pendientes finísimos-… añádele agua.

– El mismo infierno –volví a reír.

– ¿Vives aquí?

– No, no. Vuelvo del trabajo, pero no quería llegar humedecido.

– Comprendo. Me pongo como un león cuando se me moja el cabello. Lo detesto.

-¿Quisieras…? –comencé, pero me detuve en seco.

– ¿Sí? –casi demostró demasiado interés. Dudé.

–  Supongo que te dirigías a lugares más importantes, de todos modos, por tu atuendo diría que… Así que, no creo que quieras… Hum, quiero decir, hum –fingí ser tímido y algo retardado, ya que las de su clase solían estar cansadas de hombres seguros de sí mismos con antecedentes mujeriegos que las manejaran a su antojo. Por el momento me era mucho más conveniente que ella llevara las riendas. O al menos, que creyera que lo hacía.

– Eres un caramelo –rió por lo bajo-, ¿intentas invitarme a salir?

– Pues… sí –confesé retraído.

– Mis amigas pueden esperar; además, pareces interesante… Caleb –y al pronunciar mi nombre se mordió el labio, como si quisiera espolearme contra un muro y abusar de mí de una vez por todas, ¿qué tanto preámbulo, no?

– Mi casa no queda lejos –dije-… ¿o prefieres ir por un café? Digo, porque tengo un gato.

– Para tu suerte… adoro los gatos –me guiñó un ojo.

– Entonces supongo que es una cita, Danielle.

La muchacha me tomó del brazo y comenzó a caminar. Deseé llevar un paraguas conmigo para protegernos de la lluvia, pero ni modo. Que nos empapáramos tan sólo implicaba que se quitaría el gabán antes de que fuera necesario.

Gato, así se llamaba mi mascota, estaba durmiendo plácidamente cuando entramos en mi apartamento tres ambientes y a penas volteó a vernos. No era un animal muy activo, a diferencia de mí. De todas maneras sentí su mirada en la nuca mientras nos perdía de vista. Él sabía todo sobre mí, aunque no lo comprendiera, interesara o pudiera hacer algo frente a ello. No es como si le hubiera permitido presenciar mis actos alguna vez, claro que no. No tengo ese tipo de morbosidad dentro. Pero él sabía. Aún así me quería, porque sin importar lo desalmado que fuera con las mujeres, a Gato le brindaba todo mi cariño y, mucho más importante, lo alimentaba y llevaba al veterinario con regularidad. Por eso estoy seguro de que, de haber tenido una conciencia y de haber podido hablar, jamás me hubiera dado más que un regaño. Después de todo yo comprendía cuando me dejaba los cadáveres de los roedores al pie de la cama y debía bailotear del sobresalto sobre el felpudo para no aplastarlos.

Mi apartamento siempre olía bien, porque me encargaba yo mismo de echar lejía cada noche y luego trapear con un desinfectante de lavanda en las mañanas. Siempre he sido obsesivo por los detalles y la limpieza es algo que se me da muy bien. Además, creo que nunca está de más ser preactivo. Nunca se sabe quién te visitará. Aunque también está aquel asunto sobre los forenses y sus brebajes mágicos que hacen que los fluidos corporales resecos e invisibles al ojo humano se vuelvan de un color púrpura pálido bajo la luz fluorescente… En especial la sangre. Y a nadie le gustaría que descubran machas de sangre en el suelo de su cocina. En especial a mí.

Danielle se quitó el sobretodo y lo dejó sobre una silla, como había previsto. Llevaba puesto un vestido al cuerpo que parecía más costoso que la mitad de mis posesiones. Para aquellas alturas ya había decido que cincuenta y ocho días era más que suficiente, como habrán adivinado, y la muchacha tomaba carrera para saltarme encima y colgarse de mi pescuezo, como buena leona. No estoy seguro de si eso de que el que ríe último, ríe mejor se aplica también a que el que come último, come mejor; pero como buen león me tocaba a mí comer primero, ¿no? Después de todo, era lo que me había enseñado el Discovery Channel. En una manada, las leonas cazaban, por supuesto. ¿Pero se alimentaban ellas a la primera? Tsu, tsu.

Así que ella me había cazado -conducida por mí, claro-, pero era mi turno de dar el mordisco. Y así lo hice.

– Vaya, Gato –le hablé luego de unas horas, ya que aunque no me respondiera, era mi única y permanente compañía-… Cincuenta y tantos días. ¿No creías que me mantendría anestesiado durante casi dos meses, eh? Pero Danielle era tan… tan… Ni modo, ya envié un mensaje de texto a sus amigas para que no se preocupen. De su móvil, claro –respondí a una pregunta no formulada-. ¿Por quién me tomas? –me ofendí sin razón y me marché hacia la cocina a arreglar el desastre que habíamos dejado.

No estoy loco, para nada. Me gusta hablarle a Gato y punto. Eso no es ser esquizofrénico, ¿o sí? Él es mi mejor amigo, porque no creo que un amigo de verdad quiera o pueda oír mis historias y aventuras de polleras sin vomitar o huir agitando los brazos en todas las direcciones. No, Gato jamás hará aquello.

Sin darme cuenta me puse a canturrear, aunque quizás lo hacía para subyugar el escándalo que hacía la lluvia contra los ventanales.

– Agh –me quejé en un monosílabo.

Estaba a punto de echar la lejía en el suelo cuando me di cuenta de que me sudaba la frente. Caminé hasta el servicio y me lavé el rostro con agua tibia, sin dejar de sentir el escalofrío que el agua -sin importar su temperatura, cantidad o procedencia- me generaba. Luego me miré en el espejo.

– Ay, Danielle… –resoplé.

Tenía un pequeño, pero visible rasguño en la mejilla. Sin contar la sangre en mis zapatos. Y en mis jeans. Y en mi camiseta. Y en mis brazos. Y en todo mi cuerpo. Pero el sudor era agua, ¿no? Así que la secreción debía abandonarme. De la sangre ya me ocuparía cuando acabara de quitar el resto del embaldosado de la cocina, junto con el cuerpo de Danielle, la elegante y finísima muchacha que había querido cazarme a mí: el lobo. Pobre Caperucita, pensé.

– Cincuenta y ocho días –carraspeé-… ¡Qué desperdicio!

Siempre era reconfortante ahogar aquel deseo de ser una buena persona. Uno es lo que es y ya, si me preguntan. Y la piel jamás cambiará, no importa el disfraz que te pongas encima. Yo soy un lobo y siempre lo seré. Me gusta demasiado la sangre en las manos, así como detesto el agua en mi cuerpo. Y es estupendo complacer mis más arcanos y siniestros deseos siempre que se me presenta la oportunidad, así que es de esperarse que mantenga el antifaz reluciente, ¿o no?

¿O acaso alguien puede creer que me agrada ir al gimnasio o me importa un comino el color de mis ojos o mi voz seductora? Tsu, tsu. Dios le ha dado las garras al león y los colmillos al lobo. A mi me ha dado mi belleza física. ¿Y por qué no la interior, eh? ¿O no soy encantador?