Wiki Creepypasta
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A los 19 años, yo era un muchacho muy alegre, sin nadie que insistiera sobre mis deberes. La vida para mí era mujeres, vinito y bailes.

Una vez me enteré que se celebraría un baile en el pueblo. Como estaba indeciso en ir me acosté, pensé que el sueño me vencería pronto, pero me movía de un lado para otro y no encontraba mi lugar, nomás me acordaba de la fiesta.

Por fin me decidí y salí de mi casa para ir al mentado baile; sabía que era por el barrio de La Pila, así que caminé hacia allá. Al poco rato comencé a oír la música, la seguí hasta que llegué a una casa bonita, como hacienda chica, muy iluminada. Me acerqué al borlote y al entrar vi que el salón era grande y muy lujoso. Por todos lados se veían mujeres hermosas que bailaban con gracia al sonar una banda.

Luego luego me llegó el gusanito por entrar al relajo, más no me animaba porque todas las muchachas andaban con vestidos finos y de toda zapatilla. Yo, en cambio, me sentía muy mal porque iba con mis garritas, con mi sombrero y mis huaraches, como cualquier ranchero. Pero al poco rato se acercó un pelao que no me pintó tan mal y me dijo: "Ándele amigo, anímese, póngase a bailar."

Hasta ese momento no me había fijado, pero cuando se acercó aquél hombre me di cuenta de que él y yo éramos los únicos varones en medio de puras mujeres. Eso me pareció raro, pero al fin me animé; él mismo me acompañó para que bailara con una de las mujeres quien, sin discutir nada, aceptó la invitación. Después vinieron otras que se mostraron contentas de bailar conmigo, como si estuvieran allí para complacerme. Comencé a tomar alcohol para hacer más agradable el momento. "¡La pura vida!", decía yo de lo bien que me la estaba pasando, aunque poco después me sentí algo mareado y muy hambriento.

Llegó el momento en que mi hambre fue insoportable, como no encontré nada que comer, pensé en regresar a mi casa para buscar algo. Sólo que antes de salir del lujoso salón miré hacia la puerta y me fijé en dos enormes barriles de madera que estaban allí cerca. Olvidé por un momento a las mujeres y me acerqué a los barriles, disimuladamente me asomé a uno de ellos y ¡cuál sería mi sorpresa cuando descubrí que estaban llenos de tornachiles güeritos! "Con el hambre que traigo", pensé, "estos chilitos curados no están pa' despreciarse."

Comencé a comer de uno en uno sin preguntarle a nadie de quien eran o si podía agarrar. Cada tornachile me sabía a gloria y los rabitos los aventaba discretamente a la pista de baile.

Buen rato me la pasé come y come y sin que nadie me molestara, pero de pronto me miró el hombre de la fiesta y se acercó muy asustado.

-¡Hombre, amigo!- me dijo poniéndome la mano en el hombro -, ¡váyase de aquí antes de que lo vean porque si no, olvídese!

Yo no sabía de lo que estaba hablando y le pregunté sorprendido, entonces él me explicó que me estaba comiendo "la cría", y me hizo una seña para que me fijara en las mujeres de la fiesta.

Las observé y me quedé tieso del susto. ¡Eran diablas!, hembras con cola y cuernos, aunque disimulados por el peinado y el vestido. Me dieron ganas de salir corriendo, sobre todo cuando vi los rabos en el piso. ¡Que rabos ni que nada!, eran las colas de los diablitos güeros que yo me había comido, hijos de aquellas hembras y de aquel varón a quien, finalmente, veía con cuernos y cola horribles, como pocos se lo imaginan.

Sin hacer más preguntas me acerqué a la salida y cuando ya estaba afuera nomás se me ocurrió decir: ¡Ave María purísima!, y de inmediato aparecí en medio de una troje grande y un poco destruida... Ya no había salón, mujeres, ni música. Para colmo, el rumbo hacia mi casa se divisaba bastante lejos, no fue fácil el regreso.

Desde entonces, desde aquel baile en que calmé mi hambre con diablitos , padezco de un dolor de barriga que no se me quita nunca, ande con quien ande y vaya a donde vaya.

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