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Llegamos a la comisaría después de un duro día de trabajo, David levantó el pie del acelerador hasta detener el choche unos cuarenta metros de la comisaría. Salvo los troncos de los árboles y las fachadas de los edificios, todo lo que estaba alrededor de la comisaría estaba cubierto por un extraño polvo blanco. Junto a la entrada sólo había un vehículo estacionado, era la patrulla de Jorge. Jorge era el agente que siempre se quedaba en la comisaría haciendo papeleo y ayudando a la asistente del sheriff Johnson.

Desde su asiento, David observó los accesos a la comisaría. Las ventanas estaban cerradas, al igual que la puerta de entrada. Se percató de que el letrero luminoso de la entrada, estaba apagado. No parecía haber luz en la comisaría, lo que le daba a entender que el suministro de emergencia había fallado o había resultado afectado por ese extraño polvo blanco.

David no iba solo, iba con su compañero José, ambos dieron un pequeño rodeo en vez de ir directos a la entrada de la comisaría. Avanzaron agachados detrás de unos arbustos hasta detenerse junto a unos árboles. Ambos aguantaron en esa posición por si lograban oír algo en el interior. Pero no oyeron nada, David decidió colocarse debajo de una ventana, después lo siguió José, dejaron atrás la ventana y se dirigieron a la entrada, a ambos les llamo la atención que no hubiera ningún tipo de huella en la entrada como la que ambos hicieron al salir del coche.

La mano de David abrió la puerta de la comisaria. A simple vista no había nadie dentro de la comisaria. Ambos avanzaron con pasos cortos. José hizo una señal con la mano en dirección a los calabozos y adoptó una posición de alerta. David entendió a la primera que su compañero había escuchado algo.

Alguien o algo se estaba moviendo. Muy despacio José asomo la cabeza. Al fondo sólo pudo ver las rejas de una de las celdas y una pequeña ventana en su interior cubierta por una rejilla de acero. Siguió adelante. Apenas un par de metros lo separaban de las celdas. No entraba una luz, pero si la suficiente para ver hacia dónde se dirigía. Se detuvo justo a la entrada y vio con el rabillo del ojo a su compañero David, que lo había seguido manteniendo una distancia de seguridad. David se asomó al interior unos cuantos centímetros. Allí estaba el origen del sonido.

Una bota se estaba moviendo y rozaba el suelo. La llevaba alguien que vestía como militar. Eran movimientos parecidos a los que hace alguien que está soñando. Se trataba de alguien que estaba sentado en el suelo.

Una segunda mirada y se logró ver que dentro de la celda había sangre, un charco de sangre que se extendía desde el interior de la celda hasta esa bota militar. David apretó los dientes y se asomó empuñando con decisión su arma entre las manos. Se trataba de un militar.

El militar estaba sentado en el suelo apoyado contra la pared. Éste se volvió hacia David y sonrió llevándose el dedo índice a la boca. -No hagas ruido, podría oírte…- le advirtió el militar David pensó que estaba herido. Se acercó y se arrodillo junto a él. Había sangre en el suelo, pero no había una sola gota de sangre en el uniforme del soldado ni tampoco en sus manos. José se acercó a ellos. Y vio una escena sacada del mismísimo infierno. David seguía con el soldado, aunque el odiaba a los militares el siempre solía anteponer la profesionalidad, ante todo. Mientras tanto José no podía ni hablar.

-Ha sido él, han sido ellos…- sonrió el soldado

La luz volvió justo después de lo que dijo el soldado. Entonces David logro ver lo que veía José. No podía ser cierto. Eso no podía haber pasado. Pensar en cómo se podía haber llegado a algo así hacía que cualquier suposición o teoría resultara absurda para quien lo hubiera visto. David miro el enorme Pentáculo Invertido de sangre que estaba dibujado en la pared. Después, el cuerpo de un hombre que yacía tumbado bajo la siniestra obra de arte. Era Carter, el propietario de un taller de sierras mecánicas. Sin tiempo para asimilar nada, el siguiente punto de atención fue para alguien que también conocía. Apenas se le podía ver la cara porque estaba manchado de sangre, pero supo que era Jorge por ese ridículo llavero hecho de una pata de conejo. El asco contrajo la cara de José en una mueca al comprobar el estado de una de las manos de Carter. Era una masa de carne, como si unas alimañas le hubieran devorado los dedos y triturado los huesos. Ambos policías corrieron, David se llevó cargando sobre sus hombros al soldado.

Para continuar con la historia: El Pentáculo Invertido (capítulo 2)