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Te diré que cuando llegue a ese lugar, no imaginé que el dolor pudiera ser tan asfixiante, al punto que mis lágrimas serían evaporadas en mi rostro creando un dolor insoportable en mi piel, que sanaba rápidamente para volver a sentir ese dolor una y otra vez o que mis gritos desesperados serían motivo suficientes para la risa burlesca de muchos seres extraños que se escondían en la oscuridad.

—Señor, ¿a dónde vamos?— dijo muy nervioso el pequeño, mientras caminaba con cautela usando su bastón para no tropezar. 

—Sólo te llevo a un lugar más despejado para sentarnos y esperar a que tu mamá.

—Gracias por ayudarme.

—Sí, cómo no ayudar a un niño perdido, a parte no hacía algo por alguien hace mucho tiempo ¿deseas que te siga contando la historia, mientras esperamos?

—Sí... — dijo el pequeño niño muy emocionado, mientras trataba de sentarse con cuidado en una al borde de la acera.

― ¿Cómo se llama este lugar?

―Este lugar es conocido, como el cementerio de la Apacheta.

― ¿Es tan bonito como mi madre me dice?

― En cierta forma no, pero depende mucho de a que llames belleza, Bueno como decía. 

―Sí, bueno me gustaría poder verlo. Quiero terminar de escuchar la historia.

Admito yo sí tuve culpa, por llegar a aquel tormentoso lugar por culpa de lo que hice en vida, sí, bueno te contaré que la primera vez, fue un accidente porque yo no quería matar a ese niño, tienes que creerme, fue un accidente; pero la sensación que sentí al hacerlo fue indescriptible, con decir que no pude borrar esas sanción por varias semanas, el recuerdo me consumía día y noche así que tuve que pedir un permiso indefinido del trabajo.

Aunque hice eso, la sanción me consumía día tras día, hora tras hora hasta que encontré aquella tarde el pequeño, estaba perdido, fue por eso que no me fue difícil llevarlo a aquel sótano lugar donde empecé a golpearlo con violencia para luego curarlo y empezar otra vez, hubo momentos en los cuales los gritos desesperado llenaban de frenesí mi sensaciones dibujando en mi rostro una gran sonrisa, hasta que él ya no pudo más…

La sensación del miedo se apoderó de mí rápidamente, haciendo que la desesperación me consuma violentamente, llevándome a pensar en idea incoherente de tratarlo de reanimarlo a pesar de las convulsiones, haciendo mi mayor esfuerzo, a pesar de saber lo profundo que era el corte que le hice en el cuello, aun sabiendo que su final estaba sentenciado, pero aun así trate de salvarlo pero todo intento fue en vano aun siendo doctor reconocido.

Recuerdo la tranquilidad que obtuve luego de ese hecho, regresé a mi labor de galeno y en ese tiempo salvé muchas vidas, tantas que logré aumentar mi prestigio a nivel regional, muchos lugares solicitaban mi servicios, la dicha y la felicidad empezó a llevar el nombre de mi familia a las más altos niveles sociales; pero no podía olvidar aquella sensación que empezaba a extrañar otra vez, esa que me obligaba a buscar niños en las tardes y desaparecerlos, sí, ya no fue uno, fueron tantos como mi adicción me lo permitió, los policías entraron en desesperación por la cantidad de denuncias de desaparecidos, creo que fue ese por qué tuvieron que pedir ayuda al gobierno, haciendo grandes investigaciones lograron descubrirme obligándome a escapar de aquel lugar hasta llegar a la campiña, lugar donde fui rodeado por una gran multitud.

Una sonrisa se dibujó en mis labios y cogiendo el arma que llevaba en manos, para ponerla en mi boca y luego apretar el gatillo dejando a todos anonadados y con las ganas de atraparme.

― Wow… eres muy bueno contando historias de este tipo. ― dijo el niño, mientras tocaba el piso buscando algo, el bastón.

―Sí, me gustaría poder volverlo hacer.

― ¿De verdad te gustaría hacerlo?

―Sí, extraño esa sensación de estar vivo. ―respondió, mientras se acercaba al niño, poniendo sus manos en su pequeño cuello.

El viento recorría con viva fuerza las tumbas de aquel gran cementerio, creando sonidos escabrosos, esos que al golpear las grandes criptas familiares creaban extraños sonidos que trataban de sofocar el llanto desesperado de una joven mujer que cayó desmayada en el suelo, el llanto hizo que la gente haga un círculo alrededor de ella, sólo para participar como simples observadores de aquella escena desesperada, sin hacer más que susurrar entre ellos.

De entre la gente salió uno de los guardias de seguridad del cementerio en su ayuda.

― ¿Señora? ¿Señora? ¿Se encuentra bien? ― dijo él, mientras trataba de animarla ― ¡¿ALGUIEN SABE QUÉ A OCURRIDO?!

Luego de un silencio total, que era sofocado por aquel extraño silbido del viento, de la muchedumbre salió una señora vestida con ropas coloniales muy poco usuales de la época  

― Perdió a su hijo ― respondió está, acercándose un poco más. 

La mirada del socorrista se quedó atrapado por la extraña vestimenta de la mujer

― ¿Usted, vio por dónde se fue ese niño?

―Sí, se fue con un señor extraño por los pabellones de aquel lugar ― respondió esta, señalando. Luego de voltear hacia donde ella le dijo, regresó la mirada hacia ella .

―Graci… ― no termino el agradecimiento al ver que la señora ya no estaba entre la multitud.

El extraño ruido del intercomunicado sonó cortando el pequeño estado de shock

―Necesito ayuda en la puerta de atrás, cambio.

― ¿Qué ha pasado? (Cambio).

―Encontré a un niño, retorciéndose y gritando desesperadamente en el pabellón de los suicidas, (cambio).

― ¿Dónde es eso? (Cambio).

―Cierto eres nuevo, es el pabellón que está separado a los demás, (cambio).

― ¿Puedes traer al niño? Creo que estoy con la madre (Cambio).

― ¿Dónde están? (Cambio).

―Estamos entre la tumba de la esposa de Francisco Bolognesi y Víctor Apaza, (cambio).

―Afirmativo, (cambio)

Aun sin ayuda el guardia de seguridad reanimó a la joven mujer, para luego calmarla diciendo que el niño había sido encontrado y que ya lo estaban trayendo. Luego de varios un viejo guardia de seguridad trajo al niño en brazos, al verlos la madre corrió hacia ellos y abrazó al pequeño en medio de la lágrimas de felicidad, los guardias de seguridad dibujaron una sonrisa en sus labios.

― ¿Qué paso, porque te demoraste tanto?

― El niño no se dejaba tocar, gritaba desesperadamente.

― ¿Y el señor que estaba con él?

― ¿Cuál señor? Lo vi caminando sólo un rato hasta que se sentó en aquel pabellón.

―Una señora muy extraña me dijo que se fue con alguien.

―No, estaba sólo, aunque es muy extraño que un niño ciego pueda llegar hasta ese lugar.

― ¿Qué? ¿está ciego? ― dijo el joven guardia aún confundido, con todo lo ocurrido.

― Es tu primer día de trabajo ¿no?

―Sí.

―Acostúmbrate, siempre pasan cosas raras en estos lugares ― dijo el viejo guardia mientras se alejaba silbando una extraña melodía.