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Las cosas no iban nada bien. Narhual lo sabía, yo lo sabía, todo el maldito mundo lo sabía. Pero solo quedaba esperar. Aunque no era como si el fin nos hubiera tomado por sorpresa. Hacía años que sabíamos que llegaría el día de tomar decisiones imposibles. Separarte de tu primogénito, abandonarlo a su suerte por un bien mayor… Aunque tampoco tengas nada que ofrecerle si te lo quedas. Desde el principio había sabido que era una mala idea pero Narhual tenía tantas esperanzas… y, en el fondo, yo también.

-Es lo mejor que podemos esperar, Yahla –me había dicho el día del ensayo inicial-. Si todo sale bien, la criatura tendrá un futuro y nosotros… Bueno, también. De alguna forma.

-Jamás lo sabremos. Probablemente nuestra existencia no tenga sentido. Si es que la criatura tiene éxito en su misión.

-Tal vez dentro de unos años se descubra alguna forma de que podamos ir con él.

-No nos lo permitirán ni aunque se pueda. Deberá marchar solo. Los héroes han nacido para vivir en soledad…



-Él sabrá que es por un bien mayor.

-Eso no lo hace más fácil, Narhual –bostecé con un tono determinante y me dejé llevar por el sueño.

A mi alrededor estaban los jefes de los mejores Departamentos de Inseminación Bioquímica del Universo 3.6. Me habían asegurado que si las cosas salían mal, mi vida era lo más importante. Pero yo siempre pondría la supervivencia de la criatura por sobre la mía. Mi vida no estaba destinada a ser más importante que la de cualquier otro sámari. Éramos una raza destructiva que había abusado de los recursos del universo y ahora pagábamos el precio. El tercer Big Bang, llamado así en honor a una antigua raza que habitaba un planeta lejano, los seres humanos, y de los que habíamos aprendido tanto que ahora les confiábamos nuestra salvación, se acercaba. La criatura debía viajar al pasado, mover los hilos correctos para cambiar el desenlace de la obra y evitar el terrible final que nos aguardaba. Los sámaris nunca habíamos sido una raza guerrera, pero sí una egoísta, descuidada y vanidosa. Habíamos tenido tanta tecnología a nuestra disposición que nos habíamos creído invencibles. Pero abusar de nuestra capacidad de explotar el universo tuvo su precio y ahora mi primogénito debería pagar por los errores de generaciones de sámaris que ni siquiera tendría la dicha de conocer en viajes ínterespaciales y temporales como el resto de nosotros. Su boleto de viaje al pasado era solo de ida.

Ese mismo día, luego de que me provocaran el coma farmacológico, alteraron el ADN de la criatura en mi vientre con sondas virtuales y demás instrumentos que desconozco, para crear un híbrido de sámari y humano, gracias a la recolección de ADN de una jovencita que Narhual había tomado en uno de sus viajes de investigación al planeta Tierra de antaño. Tan solo un cabello rubio que la niña había dejado caer mientras jugaba para que los Creadores Sámaris pudieran extraer cadenas y cadenas de ADN que completarían el de mi criatura para crear al ser supremo: un individuo de dos piernas, dos brazos y una cabeza proporcional pero, más importante de todo, un cerebro sámari y un sinfín de poderes de control mental, levitación y cientos de etcéteras. En el fondo me sorprendía que mi criatura fuera la primera en someterse al experimento.

-¿Han decidido el nombre? –nos preguntó el Jefe Mayor cuando desperté y me encontré con el vientre a punto de explotar y comprendí que había pasado mucho tiempo desde que había caído en coma.

-Leto –dije todavía dormida-, como mi padre.

-Leto será –concluyó Narhual y me acarició el rostro con los dos dedos de la mano. Yo sabía que tan sólo para eso me habían despertado y que la próxima vez que lo hicieran Leto ya no estaría conmigo. Ya no estaría entre los sámaris.

-Dile que… –pensé antes de volver a cerrar los ojos, pero comprendí que nada de lo que pudiera decir tendría sentido- Bésale la frente por mí, ¿de acuerdo?

Pasaron días sámaris hasta que desperté, pero más tarde Narhual me detalló la forma en que habían madurado el cuerpo de Leto con la Máquina de Crecimiento y que tendría unos veinte años humanos cuando lo enviaron a través del portal íntertemporal hacia los inicios del planeta Tierra. Los Técnicos Mentales le habían enseñado a manejar la teletransportación y la creación de elementos materiales básicos para que nunca le faltara nada. El resto dependía enteramente de su entrenamiento en la Tierra. Le habían tomado una muestra de ADN pero preferí no verla porque se me hacía muy difícil conocerle el rostro y no poder abrazarlo. Los sámaris podemos crear imágenes visuales casi reales al ver cadenas de ADN. Desde el principio fuimos creados para manipular las fuerzas de la naturaleza y mejorar la biología del hombre. Los más religiosos creen que los seres humanos nos crearon allá por el año seis mil para que salváramos su planeta del segundo Big Bang y nosotros nos marchamos a la primera oportunidad hacia este universo, conociendo de antemano la imposibilidad de la tarea. Pero yo no soy tan creyente. Tal vez los sámaris somos una combinación accidental de residuo celestial y bacterias crolombinas, como llamamos a los mínimos trozos de masa que quedaron a la deriva por el espacio luego de la segunda gran explosión.

Aunque cualquier religioso me llamaría hipócrita por enviar a mi único hijo, alterado genéticamente -es decir, creado por sámaris- a un pasado incierto para salvar un mundo desconocido. Tal vez ya hay algo de humano en nosotros, después de todo estamos repitiendo la historia casi catorce mil años después. Narhual dice que Leto se sentía seguro y esperanzado, de todas formas. Se repetía la meta final como un mantra a cada momento: guiar a las civilizaciones a través de los siglos. Lo que más le divertía era la cimentación de pirámides egipcias. Pero también estaban las construcciones mayas y aztecas con formas geométricas y de animales que sólo pudieran verse desde el aire, como las líneas de Nazca, y los moais y petroglifos de la Isla de Pascua. En general le entusiasmaba la idea de construir geoglifos. Aunque, definitivamente, lo más importante de todo era evitar que la Atlántida se hundiera.

Nuestra salvación depende de la Atlántida. Allí vivió una raza superior de seres traslúcidos, puros y clarividentes capaces de frenar el segundo Big Bang y, con él, el tercero –es decir, nuestro Big Bang. Aunque el éxito de su contienda suponga la desaparición de la raza sámari. Decisiones imposibles. Renunciar a nuestra existencia para salvar a una raza inferior que jamás sabrá lo que hicimos, que jamás sabrá de nuestro sacrificio final. Y mucho menos del primer sacrificio de todos, el mío: renunciar a Leto sin siquiera haberlo conocido y resistir a la tentación de ver su rostro tan diferente al mío, seguramente, mientras espero a desvanecerme y vivir como un recuerdo en su cabeza proporcional. Tal vez, si logra su cometido, pueda volver a crearnos junto con los habitantes de la Atlántida… aunque tal vez no sea necesario. Tal vez nuestra única razón de ser era crearlo a él.

Hay una sola cosa que me inquieta, aunque me sorprende que de todo este asunto sea una sola la que me da vueltas por el cerebro de punta a punta. Leto debe encargarse de que la historia de los seres humanos se lleve a cabo de la misma forma en que sucedió alguna vez, alterando solamente la supervivencia de la Atlántida. Una de nuestras reglas básicas es perturbar lo menos posible el pasado durante nuestros viajes. Y es por eso que debe encargarse de recrear todos los misterios del planeta Tierra, todo aquello que estimuló a los hombres a investigar y desarrollar su inteligencia. Pero si Leto debe encargarse de construir las pirámides y es la primera vez que los sámaris llevamos a cabo esta misión, entonces ¿quién las construyó la primera vez? ¿Quién es el responsable de todo aquello que Leto debe efectuar, ya que ningún humano común y corriente podría hacerlo? ¿Los habitantes de la Atlántida, acaso? ¿O será que ya ha existido otro Leto antes del nuestro? ¿Qué tal si esta es la segunda, tercera, cuarta vez que lo intentamos? ¿Qué tal si van cientos de intentos y siempre sucede lo mismo? ¿Qué tal si no importa lo que los sámaris o cualquier otra raza intente, los seres humanos están condenados por su propia soberbia y afán de poder? No me queda otra opción que confiar, confiar en un hombre que nunca conocí ni conoceré, un hombre mitad sámari, encargado de salvar a los que condenaron -¿y condenarán?- a su raza madre.