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- ¿Qué no los asustan ni un poco los cuentos de terror? -Les dije a mis dos invitados. Estábamos en la sala de mi casa, disfrutando de una reunión de amigos.

- A mí no; la paso mirando películas de terror y por eso, los cuentos no me producen nada -Dijo uno de ellos.

- A mí menos, Daniel. Tal vez, si fuéramos niños… Pero no me entiendas mal, la historia era buena y narras bien, con sus correctas pausas y todo -Aclaró el otro.

- Está bien… ¿Que no se asustan? Bien, vamos a ver... -Decía levantándome y rebuscando entre los papeles de una mesita- Esto que les voy a contar ahora es real; es algo que me pasó y son los primeros en escucharlo -Terminé, encontrando la hoja en donde lo tenía escrito. Regresé a mi puesto y comencé mi relato:

El cura de la Iglesia fue a mi casa a pedirme un favor, cosa que me sorprendió. Sin salir de mi sorpresa pero disimulándola muy bien, enseguida acepté sin pensar en qué sería. Me dejó con unos datos y una dirección escrita en un papel, y en otro que más parecía cartón, algo escrito en latín. El favor consistía en que fuera a reparar el vidrio roto de una ventana. De quién era la casa no me dijo, sólo que era de una familia que por el momento no podía pagarle a alguien.

Aquello me pareció extraño, sobre todo porque hacía muchos años que no iba a la Iglesia. Supuse que no debía tener a nadie más con mis conocimientos.

Un par de horas después, fui a la vivienda mencionada.

El cura me había pedido que fuera al otro día por la mañana o temprano por la tarde, pero consideré mejor repararla antes de la noche aunque ya no me quedaba mucho tiempo.

Tenía las medidas del vidrio, y aquel pedido bastante raro en el papel donde también estaba la dirección. La casa se hallaba considerablemente apartada de la calle, y sólo pude ver una parte de ella asomando tras un tupido jardín descuidado.

Según el cura allí no había nadie, sólo debía empujar el portón y pasar. Por las dudas igual golpeé este con ambas manos, pero nadie respondió.

El jardín estaba ensombrecido.

En sus buenos tiempos tal vez fue hermoso, pero en ese atardecer lucía como un bosque embrujado y al atravesarlo me pareció que oscurecía más rápido allí. Llevaba envuelto cuidadosamente en diarios el vidrio que debía poner en la ventana, y siguiendo las instrucciones del cura le había pegado el material acartonado.

Inevitablemente pensé que debía tratarse de gente muy religiosa, y también muy supersticiosa. Sin dudas lo escrito en el cartón era una especie de protección.

Tal vez si viviera en un lugar con un jardín así yo también haría lo mismo... Además de lo rápido que oscurecía allí, el sendero que atravesaba el lugar era mucho más largo de lo que supuse.

Todavía faltaba para llegar a la casa cuando se me escapó el vidrio de las manos. Lo dejé caer; un susto repentino me petrificó.

Entre la maraña oscurecida de las plantas apareció una cara blanca, casi sin rasgos que me miraba sonriente, pero aquello era una sonrisa terrible... No sé cuánto rato demoré en darme cuenta que lo que veía era una estatua de yeso.

Suspiré hondo y sentí mi corazón golpeando fuerte contra mi pecho.

El vidrio no resistió la caída; se hizo pedazos. ¿Qué haría entonces? Creí que por lo menos, debía ver la ventana; al otro día traería un nuevo vidrio. Aquel favor ya me estaba saliendo caro...

La ventana era baja y daba a la calle; era de suponer que fue rota de una pedrada. Sólo algunos vidrios puntiagudos sobresalían del marco, y lo que había adentro era un misterio porque estaba todo oscuro. Cuando giré para irme, me llamaron por mi nombre desde adentro.

No creo que sean muchos los humanos que han escuchado una voz así, tan terrorífica; tratar de describirla sería inútil, pero diré que era susurrante, llena de malicia y sentí que sonaba tanto en la casa como en mi cabeza

- ¡Daniel… Daniel!


- ¿Quién es? -Pregunté con cierto miedo, volteando con rapidez.

- Soy el que te vio arrojar a tu amigo por una barranca. Sonreíste al verlo todo torcido allá abajo. ¿Recuerdas lo que sentiste en el hombro? -Hubo una pausa- Fue mi mano.

Y en ese momento recordé (o quizás me hizo ver) a mi amigo muerto en el fondo de la barranca. Al sentir un peso en el hombro, noté que era una mano renegrida y enorme de enormes garras la que se posaba en él.


Pero todavía no terminaba el terror.

Por la ventana asomó un ser pesadillesco, algo como un jabalí deforme y sin vellos. El grito que emitió fue espantoso... Luego se retrajo hacia la oscuridad.

Huí con todas mis fuerzas; al desandar el sendero la estatua apareció detrás de mí y me persiguió largo trecho mientras arañaba el aire con manotazos. Con aquella situaciíon y los pensamientos aflorando en mi mente enloquecí, y ahora soy un sirviente del Diablo... En la casa habían realizado un exorcismo, y se hallaba deshabitada y a cargo de la Iglesia porque el mal no se había retirado de ella.

Los que conocían la historia no se atrevían a ir, y por eso el cura me lo pidió a mí.


- ¿Y? ¿Qué les pareció? -Les pregunté, sonriendo ante sus expresiones.

- Este sí me asustó -Reconoció uno de mis invitados. - A mí también... Pero, Daniel; un amigo tuyo murió en una barranca, ¿no? - Así es -Respondí con seriedad, dejando los papeles en la mesa auxiliar a mi lado- Les dije que realmente me pasó. Ahora, soy un sirviente del Diablo.

Tras decir eso me levanté con paso lento, cerré la puerta con llave, la guardé en mi bolsillo y volteé manteniendo la seriedad hacia ellos. Me miraron con los ojos muy abiertos, y los vi palidecer.

Después de unos segundos empecé a reírme, y ellos parecieron librarse de un gran peso y rieron también.

- Nos convenciste por un rato ¡Jaja!

- Buena esa, pusiste una mirada fatal, ¡pufff…! ¡Vaya susto!

- ¿Vieron cómo sí se puede asustar con cuentos? -Comenté entre risas, dando por terminada la reunión. Tomé las llaves de mi bolsillo y abrí la puerta.

Me despedí de ellos y los dejé ir; la voz me dijo que aún no les llegaba la hora.