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Extraños días en que tomé un minibús para llegar a la universidad me hicieron testigo del lodo y las raíces. Desde la ventana empañada podía ver niebla desgarrada, tierra húmeda, y sólo cuando fijé la vista lo suficiente, eso que a mis ojos lucía como un tronco deforme. Pálido y retorcido. Pensé en el tipo de plantas atroces que la lluvia debe crear, en raíces retorcidas curvándose y enterrándose.  Tomé dos pastillas en lugar de la solitaria cotidiana.

En la universidad la imagen volvía a mi cabeza mientras el catedrático trazaba líneas o formas que no recordaría. Acostumbraba dibujar en el cuaderno de apuntes; rostros mirando hacia la nada, criaturas deformes llenas de tentáculos y carentes de rostro. El trazo del bolígrafo comenzó a ralear y me percaté del espesor de lo que había venido ilustrando. Un promontorio negruzco del que sobresalían manos trémulas, pálidas aún sobre el cuadriculado.

La niebla no se disipó y parece que no va a desaparecer nunca. Caminar era una secuencia de tropezones y pisadas falsas, hasta que pude identificar la pared de tierra húmeda. Creí que al verlas de cerca, las raíces se me harían más familiares. En cambio su palidez y su textura porosa me estremecieron. Formaban una red de la que veía (esto era evidente) sólo una parte mínima. Hasta donde alcanzaba mi vista, no llegaba a percibir planta alguna siendo alimentada por estos retazos. Eso explicaría su color y textura. ¿Cuánto tiempo resistirían sin morir? Mi mano se entumeció al tomar uno de los trozos más sobresalientes. Se quebró con facilidad y sin sonido. Lo llevé en el fondo de mi mochila, no soportaría portarlo en mi mano.

En casa tenía bastante espacio libre. Eran dos pisos que me dejaron mis padres. Sólo utilizaba uno, y no por completo. Hace tiempo supuse que estaría bien alquilar ese lugar, pero viendo el escaso dinero que utilizaba desistí. Reuní algo de tierra contenida por unos cuantos ladrillos en la enorme soledad de esas paredes. Nunca terminamos la construcción de ese piso y el ladrillo visto incrementaba la sensación de frío y de ahogo. Un hábitat perfecto para mi nuevo compañero. Llevé el reproductor de música abandonado al polvo tiempo atrás y escuché algo de Xasthur  y de Leviathan para acompañarnos. Dejé la raíz semienterrada en la noche. Parte del efecto de los medicamentos era un sueño pesado, en el cual la temperatura podía fácilmente hacer estragos con mi salud.  Además, no quería cerrar mis ojos junto a esa cosa por mucho tiempo.

Tres días después. El frasco de pastillas está languideciendo. Después de clases debo tomar un desvío hacia una farmacia.

El aire aséptico me incomoda. Quiero terminar la transacción lo antes posible, pero en mi prisa no encuentro la receta. El nombre del medicamento es muy largo y me sé incapaz de recordarlo. En mi nerviosismo noto que mi brazo experimenta una oleada de frío punzante. Lanzo hálito cálido hacia mi palma abierta y escucho el grito apenas contenido de la farmacéutica. Cuando corre hacia mí y cubre mi mano con gasa, comprendo su impresión. Siguió sangrando minutos después, un fluido oscuro y pegajoso que bajaba por mi palma calentándola.  La farmacéutica puso mi dedo en una bolsa de plástico y llamó a una ambulancia.

Escapé. La herida dejó de doler rápido y no quería que nadie viera mi dedo así, desprendido. La vergüenza me embargó al pensar en la cara que pondría el enfermero al atenderme. Supe que no podría soportarlo y a mi llegada a casa me alegré de que el único testigo de mi mutilación fuera la rama muerta.

Conseguí los medicamentos al día siguiente. La mano vendada no estorbaba en mis funciones y la vergüenza fue reemplazada por una cómoda indiferencia. Nadie notó en clases la ausencia de mi meñique y me sentí poseedor de un secreto. O de dos. La rama cada día adquiría más color y había visto un brote de algo de color parduzco, un grano o una costra diríase. Lo veía con gusto por las tardes al declinar el sol. Dibujaba el nudo desgastado, dibujaba el muñón pleno de sangre seca.

No me sorprendió la mañana en que amanecí sintiendo más frío que de costumbre, y al remover mis sábanas me topé con mi mano arrancada en su integridad. O al menos, lo que quedaba de mi mano. Cuatro dedos y un montón de sangre. Me atraqué de pastillas, recordando que mis padres decían que me traerían a la realidad en ocasiones. Como siempre, me sentí terrible después de tomarlas, y mi mano no volvió a su lugar. Intenté llamar a emergencias, pero el teléfono replicó que el servicio había sido interrumpido. Debía ir a algún sitio donde pudieran darme ayuda, así que vendé mi mano lo mejor que pude y me expuse al exterior.

Mis zapatos han dejado que algo de la humedad penetre a mis pies. Temo a esta sensación que puede significar la pérdida de otra parte de mi cuerpo, pero ningún minibús se ha detenido para ayudarme y el camino no parece tener fin. No sé hace cuándo comenzó el promontorio donde encontré la raíz, pasando esto a motor son unos minutos, caminando es una eternidad. Evito mirar hacia las formaciones retorcidas y grises, no sé cuándo me toparé con alguna que se mueva, que me recuerde a la mano que llevo en mi mochila. Enfoco mi vista hacia el panorama pálido que desemboca hacia mí, hasta que unas escaleras de cemento húmedo interrumpen la cortina neblinosa. Las conozco bien, son la ruta que lleva a la casa donde mis padres me dejaron.

Carezco de energía para reemprender el camino. Mis pies tiemblan al punto de incapacitarme más allá de los movimientos más básicos. Reposo junto al montón de tierra donde la raíz muestra un bulbo en formación que semeja fractales retorcidos. Llevo conmigo la bolsa donde está mi dedo. Me extraña, pensé que su putrefacción se asemejaría a una hinchazón oscura poblada de vida repugnante. En su lugar la bolsa está llena de un polvillo blancuzco que apenas si pesa y se derrama de a poco cada vez que lo muevo.

Hablo entonces con la planta. Ya no es una mera raíz y creo que por fin puede oírme. Le narro lo poco que recuerdo de papá y mamá. Sus palabras llenas de conmiseración y de asco. Sus consejos. Su lejanía. Creo que estoy llorando cuando percibo que la bolsa está vacía y el nudo se ha desarrollado como una rama múltiple, que intenta abrazar el poco cobijo que el frío y la humedad pueden darnos.

He perdido todo interés en mi medicación. Me siento un poco menos solo pensando que la planta puede oírme. En cierta manera creo que las píldoras la matan un poco. No las volveré a tomar. La rama está desarrollándose bien y casi ha adoptado la forma que tenía mi mano cuando pertenecía a mi cuerpo.