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Kürten recibió miles de cartas, la mayoría llenas de insultos, pero otras eran de fervientes admiradores; incluso hubo mujeres que deseaban estar con él. Otros le enviaban ejemplares del libro sobre su caso para que los firmara.

Kürten fue sentenciado a muerte por decapitación. Tras enterarse, le confió al psiquiatra Karl Berg que su más grande ilusión sería “escuchar el torrente de mi propia sangre correr por mi cuello, partido en dos”.

En su libro Asesinos seriales. Grandes crímenes de la nota roja a la pantalla grande, Rafael Aviña narra las últimas horas de Peter Kürten:

“Kürten fija su vista en las rejas de su celda. Las sabe fuertes al igual que su obsesión por la sangre, y en ese instante extraña los gritos de sus víctimas, sus cuellos tasajeados por tijeras, o sus cráneos despedazados a golpes de martillo; sin embargo, a mitad de esa, su última cena, lo que más parece añorar es el espectáculo del fuego. Llamas impotentes, cálidas y amarillas que arrasaban con graneros, pajas de heno y sobre todo, con algunos vagabundos que creían encontrar ahí un refugio seguro. Cómo olvidarlo.

“Una emoción distante y entrañable recorre su cuerpo y Kürten piensa en los alaridos de aquel hombre envuelto en llamas, que años atrás le había causado una extraña sensación de placer. La visión de esa carne encendida y brillante consiguió que su corazón latiera más rápido, e incluso esa imagen aterradora le había provocado un potente orgasmo, ahí, de pie, frente a esas cálidas llamaradas que en unos cuantos minutos acabaron con habitaciones, hectáreas de terrenos, piel y órganos humanos.

“Kürten evoca esos momentos mientras se lleva a la boca una servilleta impecable mente blanca y bebe un sorbo del vino blanco que ha pedido para acompañar su salchichón con papas fritas. Es su último deseo, concedido a unas cuantas horas de probar el filo de la guillotina sobre su cuello. Piensa en la última cena de Cristo, la compara con la suya y sonríe con malicia, con esa misma sonrisa cínica y siniestra que mostró a niños y jovencitas minutos antes de mordisquear sus cuellos o sus genitales…”

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