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Año 1356. Inglaterra. Manicomio “Bethlem Royal Hospital”. Carta de Bryan Shegle a su mujer. Nunca llegó a recibirla.

Amada mía:

He sido condenado por el asesinato y brutal mutilación de dos de mis mejores amigos y camaradas. Mañana me atarán a un tronco, encima de una pila de madera y paja, y me quemarán vivo bajo la atenta y salvaje mirada del populacho. Ojalá, mi amor, recibas esta carta para saber la verdad y aliviar un poco el sufrimiento de tu corazón. Yo no maté a esa gente. Ya estaban muertos…

“Todo empezó cuando los puños de Bastian resonaron en la puerta de casa con fuertes golpes que me sacaron rápidamente del letargo del sueño. Era plena noche de invierno, en diciembre. Estaba todo el campo nevado y hacía un frío espectral. Tú estabas visitando a tu familia en Londres con los niños. Bajé pesadamente las escaleras hasta el umbral de la casa, intentando desperezarme de la somnolencia mientras Bastian gritaba mi nombre una y otra vez y seguía aporreando. Cuando abrí la puerta, Bastian me contó que Stephen y Carl estaban en la puerta del gran almacén de la mina de plata, donde trabajábamos. Su voz sonaba nerviosa e histérica. El terror en su cara iba apareciendo mientras sus palabras salían nerviosamente de su boca. Decía que dentro del almacén se oían ruidos horribles y gemidos espeluznantes. Algo se había colado dentro, y habían bloqueado la puerta por fuera por temor.

Lo primero que pensé fue en algún animal herido, quizás un lobo o un perro salvaje que había entrado en el almacén para refugiarse del terrible frío que hacía esa noche. Aunque me extrañaba el temor de Bastian por algo tan trivial, cogí mis mejores ropas de abrigo, la vieja espada larga de mi padre y nos encaminamos hacia el almacén. El frío era insoportable, empezaba a nevar con fuerza y aún tenía entumecidas las extremidades por el sueño. El repentino silencio total de Bastian no hacía más agradable el largo camino hacia el almacén.

Por fin llegamos al almacén y Stephen salió temeroso de entre unos arbustos. Estaba histérico y nos contó horrorizado que Carl había tenido un arranque de valor y, cogiendo un pico de minero como arma, había abierto la puerta y entrado al almacén. Al cabo de pocos segundos de agobiante expectación, escuchó el terrible grito de Carl, un fuerte golpe y un extraño sonido, como de algo despedazando y engullendo carne. Tras eso, había cerrado la puerta y se había escondido esperando temeroso nuestra llegada.

Intenté tranquilizarle, pero no surgió efecto, pues a los pocos segundos todos escuchamos ruidos al otro lado de la puerta. Stephen se puso tras de mí totalmente espantado, tan corpulento y fuerte como era, parecía un niño pequeño llorando en sus peores pesadillas. Desenvainé la espada y la agarré con fuerza, nervioso. Mis compañeros se pusieron detrás de mí, Stephen con un pequeño martillo y Bastian con un pico de minero. Me miraron estupefactos, sus ojos casi se salían de sus cuencas y temblaban. Suspiré profundamente y abrí la puerta. Todo estaba muy oscuro, apenas se veía dos metros más adelante. Encendí una antorcha y entramos lentamente, muy cautos.

Nos llegó con fuerza un hedor insoportable y repugnante que nos provocó nauseas al momento. Stephen empezó a vomitar de manera alarmante y cuando por fin empezó a recuperarse, del oscuro rincón cercano a la puerta emergió una alta figura con los brazos extendidos hacia Stephen, pillándolo desprevenido. Stephen emitió un chillido espeluznante cuando la figura consiguió morderle en el cuello. Reconocí al atacante de inmediato. Era Carl, nuestro compañero, que seguía mordiendo a Stephen sin piedad mientras oíamos sus terribles gritos. Cuando por fin reaccioné por lo que estaba viendo, ya fue demasiado tarde. El cuerpo sin vida de Stephen yacía en el suelo ensangrentado y mutilado.

Tras unos insoportables segundos de expectación, Carl se giró y avanzó lentamente hacia nosotros, cojeando. Tenía la cara ensangrentada y desgarrada. Le faltaba un trozo de carne en el pecho por donde se asomaban sus costillas. No sé que le habría pasado, pero debería estar muerto. Alcé la espada y le grité que parara, que se detuviera, que no quería hacerle daño, pero no hizo caso alguno. Siguió andando decidido hacia nosotros, con una expresión salvaje y brutal en su desfigurada cara. No me quedó más remedio que atravesarle el pecho con la espada, dos veces. No sé qué fuerza demoníaca se había apoderado de él, pero la espada no lo detuvo y siguió avanzando. Volví a cuchillarle varias veces, pero no logré mejor resultado. Incluso le desmembré el brazo izquierdo. Cuando apenas estaba a varios pasos de mí, yo ya veía mi final, de repente Bastian salió de entre las sombras, y profiriendo un terrible grito, hundió su pico de minero en la cabeza del demonio. Eso sí fue su final, pues Carl cayó desplomado al suelo.

Bastian me miró horrorizado. Estaba totalmente pálido y parecía que los ojos se le iban a salir de sus cuencas. Jamás había visto una expresión igual en una persona y su rostro me persiguió durante mis últimos días en el manicomio. Oímos un lamento y nos giramos lentamente hacia su posición. Era Stephen, que se estaba reincorporando con dificultad. Mis ojos no daban crédito a lo que veía. Había visto morir a mi amigo apenas unos segundos antes de una manera brutal, y ahora se levantaba como si nada hubiera pasado. Bastian corrió esperanzado hacia él para socorrerle. Extendió la mano y acto seguido emitió un grito de dolor. Le había mordido en la mano. Bastian gritó y salió despavorido hacia la salida. Fue la última vez que le vi.

Stephen se percató de mi presencia y avanzó a mí lentamente, como antes lo hizo Carl. Esta vez la adrenalina me despertó del estupor, pues sin pensármelo dos veces ataqué a mi amigo y le corté la cabeza de una fuerte cuchillada.

Creo que al final el terror pudo conmigo y me desmayé en el almacén, pues lo siguiente que recuerdo es a cuatro caballeros con armadura en círculo apuntándome con su espada mientras yo yacía entre cadáveres, sangre y miembros amputados llorando como un demente”.

Ojalá, mi amor, recibas esta carta para saber la verdad y aliviar un poco el sufrimiento de tu corazón. Yo no maté a esa gente. Ya estaban muertos…