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Año 2017.

En la gran ciudad de Nueva York, lugar donde ellos han ganado más terreno, no queda una calle en la que no sea posible hallar cadáveres. Esos inmundos no muertos ya han manchado de sangre los callejones que se podrían encontrar en la urbe. Todos los días es fácil encontrar cuerpos inertes, mutilados, con el cuello desgarrado por una mordida.

Nuestro oficio no está en absoluto aprobado por la ley, aunque tampoco está aprobado que los vampiros maten. Los habitantes quieren que les libremos de esta plaga, pero ¿Cómo vamos a hacerlo si no nos dejan actuar? No obtenemos ni un centavo por arriesgar nuestras vidas dándoles caza, por lo que muchos cazadores somos pluriempleados de alguna profesión que no nos cueste dejar; porque cuando las leyes nos permitan realizar nuestra labor seremos ricos, pues será uno de los trabajo mejores pagados. Mientras tanto, esperamos ansiosos la legalización para cazar vampiros.

Yo no soy más que uno de los miles de personas que en el mundo se dedican a mantener a raya a estas oscuras criaturas. Mi nombre es “Smith” Anderson, un seudónimo que uso, ya que mi nombre real sólo es conocido por los que me han visto el DNI. Me crié en un orfanato, después de que mi familia fuera asesinada por vampiros cuando yo tenía seis años, aún no comprendo cómo sobreviví.

A mis 16 años decidí hacer algo respecto y comencé a cazar. Ahora soy un veterano en mi profesión, aunque quizá demasiado joven para estar en el negocio. Mi parte favorita de mi oficio es la innovación, sobre todo en el campo de las armas, he diseñado muchas de los modelos básicos para la cacería y algunas más complejas como el popular rifle de estacas, cruces de luz ultravioleta y perforadoras láser. Equipo que me ha costado un ojo de la cara y parte del otro sólo para conseguir materiales y poder fabricarlas, por lo que tengo numerosas deudas. El dinero que me pagan por las armas no me llega ni para cubrir gastos, ya que las vendo a menos del precio que me costó para hacerlas. 

No sé cuantos cazadores han muerto empuñando mis armas, pero sé que antes de ir al infierno se llevaron muchos vampiros con ellos. Ahora tengo 22 años, seis de los cuales he dedicado a matar no muertos y también a mejorar el equipo para que otros cazadores que tengan mayor facilidad para exterminarlos. Debo admitir que mis focos ultravioletas son capaces de eliminar masas enteras de vampiros en cuestión de segundos y son las armas anti vampiros más apreciadas de este mundo; su intensidad las hace letales, pero tienen el inconveniente de que consumen las baterías rápidamente.

Esta mañana me levanté de buen humor, era una de las pocas noches que me podía permitir dormirla entera y el tarro de pastillas de cafeína concentrada no se abrió la noche anterior. Me vestí a toda prisa y partí al taller sin desayunar. Tenía tres horas antes de ir a trabajar al restaurante para idear algo, algo grande, que ayudara a eliminar chupasangres.

Encendí la luz y me dirigí a la mesa en la que solía trabajar. Tenía de todo: miras telescópicas, motores eléctricos, tanques de combustible, tuberías de goma, cruces metálicas, etc.

Traté de perfeccionar un rifle de estacas, no se sabe por qué, pero las balas son incapaces de atravesar la piel de los vampiros; solo hacen heridas superficiales, pero no podemos hacer referencia a que el metal no puede atravesar su piel, ya que es habitual cortarlos con un machete; pero lo que de verdad hace alucinar en colores es que una estaca de madera puede hacerle “agujeritos” de 4 centímetros de diámetro. Le añado una mira telescópica, pero resultaba incomodo e innecesario, ya que el rifle tenía un alcance de 30 metros, logre que mis rifles dejasen atrás el mecanismo que utilizaba una bombona de dióxido de carbono para impulsar las estacas colocando un casquillo metálico, el cual al ser percutido por una pieza del disparador, lanzaba la estaca como si fuera una bala: ruidosamente y con una gran potencia; aunque esto dañaba la estaca, lo cual impedía poder volver a utilizarla sin antes recortarla.

Cuando quise darme cuenta eran las cuatro y media y yo a las cinco debía de estar en el restaurante “Rey de los Fogones” en el que trabajo como camarero. Me puse el uniforme y llegué al trabajo en 20 minutos.

Me faltaban 5 minutos para empezar el turno, pero como no había mucha gente no me importó empezar antes. Se notaba mucho que era fin de mes ya que apenas había clientes.

Me entretuve hablando de béisbol con John, el barman; me encanta el béisbol, es mi pasión después de las armas. Acabé mi turno a las nueve y media. En la calle ya había oscurecido, así que me tomé una pastilla de cafeína, cargué mi rifle de estacas y me adentré en un oscuro callejón.