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Un campesino regresaba una noche de vender su trigo en el gran mercado de Arras. Regresaba a pie porque le había dejado su caballo a su empleado que regresaría al día siguiente. Iba a llegar al pueblo cuando, al pasar cerca de un calvario situado en un cruce de caminos, se vio rodeado por miles de fantasmas vestidos con sus sudarios.

Los aparecidos se tomaron de la mano y se pusieron a bailar alrededor del campesino quien, más muerto que vivo, se había sentado en la piedra de la base de la cruz. El hombre distinguió con terror los espectros de su padre, de su abuelo y de uno de sus hermanos —muertos todos aquel mismo año— en medio de la banda numerosa de aparecidos que bailaba a su alrededor.

De repente, uno de los fantasmas se acercó al vivo y le pidió que lo condujera, junto con sus acompañantes, a la iglesia del pueblo y avisara al párroco para que aquella misma noche celebrara una misa por el descanso de sus almas.

—Todos los que estamos aquí —continuó el aparecido— somos aquellos por quienes no se ha celebrado la misa de difuntos que se les había prometido. Sin esa misa nos resulta imposible entrar en el cielo. Debemos esperar a que un vivo nos conduzca a la iglesia del pueblo para celebrar la misa y, aunque cada mes nos reunimos en esta encrucijada para encontrar a ese hombre, aún no hemos encontrado a ninguno que pueda hacernos ese favor. Tu padre te ha reconocido y nos ha dicho que tienes buen corazón. Apresúrate, pues, y llévanos a la iglesia.

Feliz de poder ayudar a todos aquellos difuntos y satisfecho al mismo tiempo por salir del aprieto tan fácilmente, el campesino se levantó, corrió hacia el presbiterio seguido por los fantasmas, que se separaron de él cerca de la iglesia para ir a ocupar su lugar en el coro.

El párroco no se hizo de rogar y fue a oficiar con el campesino como ayudante. Los aparecidos se habían colocado en buen orden en la iglesia, los ancianos delante, los jóvenes a la derecha y las mujeres a la izquierda de la entrada.

En el momento del Evangelio se levantaron todos produciendo un ruido de huesos golpeados, se santiguaron devotamente al comienzo y al final respondieron a coro un Amén tal que el párroco y el campesino no habían oído nunca otro semejante.

La misa continuó y cuando el sacerdote y el agricultor se volvieron para decir Ite missa est, los penitentes habían desaparecido; los fantasmas se habían liberado de sus sufrimientos y habían ido a tomar posesión del cielo.

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