FANDOM


Los-fantasmas
¿Conocen el canal de Villa Regina, en Río Negro? ¿Conocen su puente? ¿Nunca les ha dado curiosidad de husmear por la casa abandonada que hay debajo del puente? Bien, la historia a continuación narra una experiencia en dicho lugar.

Ezequiel le había preguntado a su padre si consentía en que fuese de campamento con unos amigos. El padre accedió con la condición de que regresara al día siguiente, alrededor de las 12:00. El muchacho, emocionado, realizó los preparativos para su corta excursión y se reunió con sus amigos en una colina para iniciar la aventura.

A mitad del camino experimentó un escalofrío... Sus amigos aparecían a lo lejos, pero la imagen dichosa que ellos le permitían disfrutar se heló al sentirse agobiado por la fría corriente de aire repentina, pesada. Cuando abrazó a sus amigos y emprendieron la marcha, aún tuvo un mal presentimiento, pero cuando se estacionaron frente a la orilla del río y dispusieron las carpas sus ojos se nublaron, amenazados por la súbita y familiar corriente de aire frío, tan abrupta en su ida y venida.

La noche cayó con el paso de las horas. Asaron chorizos al ardor de la fogata y cantaron entre risas y bromas. El animado griterío se interrumpió brutalmente cuando oyeron al unísono el llanto de un bebé... La niebla danzaba sobre la superficie de las aguas. El sonido palpitaba, extendiéndose desde debajo del viejo puente, naciendo en la casa desierta y antigua.

- ¡¿Qué demonios fue eso?!

Los muchachos armaron un gran jaleo, pero cuando lograron calmarse, uno de ellos propuso una estupidez que a todos agradó, menos a Ezequiel:

- Vayamos a investigar la casa.

Ezequiel tenía miedo. No lo dijo por temor a quedar en ridículo, pero tampoco se quedó de brazos cruzados cuando sus amigos le tildaron de niña y marica. Presionado y casi a regañadientes se unió al grupo valeroso. El camino bordeando la orilla se realizó en silencio fúnebre y sin decir esta boca es mía. Ezequiel volvió a ser atormentado por una frialdad retorcida y detestable en la piel.

Frente a la puerta desvencijada del umbral se detuvieron y bromearon un poco para apagar el sentimiento de ahogo. Al fin, el grupo entero hizo lo imposible por ingresar sin separarse, como sardinas, señalando con las linternas y murmurando asombrados mientras el haz de luz iluminaba retratos de personas desconocidas. Mientras el piso crujía bajo sus pies, Ezequiel creyó ver una silueta negra y transparente que sobrevolaba la oscuridad y se disipaba. Un murmullo creciente de maldiciones fue agolpándose en los rincones de la casa, como uñas arañando la pizarra. Presos del pánico, los amigos se lanzaron en pos de la puerta, aplastándose entre sí, gimiendo y llorando...

Horas después, la policía, tras el rastro de los niños desaparecidos, dio con la vieja casa abandonada. En su interior descubrieron los retratos de los antiguos dueños del lugar; pero mayor sorpresa, y lo que llevó a archivar el caso sin resolver, constituyó el sorprender a los presuntos desaparecidos entre los retratos, con gestos terroríficamente tranquilos y una leve sonrisa burlona entre labios.