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Una de tantas noches vacías como ya es común los primeros días de la semana, un caminante recorría las viejas calles iluminadas por las tenues luces de los postes cercanos, porque la luz de la luna era sofocada por extensas nubes de una tormenta cercana. Aunque las luces de ese bar llaman la atención a la distancia, pareció no importarle.

—Buenas noches, necesitó el trago más fuerte que tengas... ―dijo el hombre apenas pasando la puerta de aquel bar.

― A la orden ― respondió el cantinero, sin perder oportunidad de servir el más caro de la carta.

Luego de tomárselo de un solo sorbo ―quiero otro ― dijo el hombre de la capucha negra, mientras ponía el vaso en la barra. 

—Tranquilo amigo, las decepciones de amor no se arreglan de esa forma — dijo el cantinero, mientras serbia una nueva copa dibujando una sonrisa sarcástica en sus labios.

A pesar de ver ese sarcasmo en el cantinero el joven vestido de negro se quitó la capucha y empezó a reír a carcajadas — idiota, sería bueno que fuera por eso— dijo el joven, que tomaba de un solo sorbo nuevo vaso.

— Entonces, ¿cuál es tu dilema?— respondió mientras le servía la siguiente copa.

—Soy atormentado, por una de tantas que tuve entre mis brazos... —respondió, el joven mientras seguía tomando.

—Quemas deseas, se ve que tienes suerte a pesar de esos ojos rojos.

— ¿¡suerte!? ¡Maldigo a mi suerte! — dijo el joven alterado, cogiendo la copa y luego la lanzaría contra un vidrio pegado en una de las paredes.

― ¿Qué caraj….? ― Dijo dejando incompleta la frase al ver el espejo, porque el miedo lo consumido más rápidamente que la ira; con la mirada clavada en los restos del espejo pegados aun en la pared, dichos restos le mostraban al cantinero a la espectral sombra de la mujer que atormentaba a su cliente.