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No sabría como caratular este manuscrito, ¿acaso es una nota? ¿Un diario o libro íntimo? No lo sé, pero lo que sí sé es que todo esto corresponde a los espeluznantes sucesos ocurridos recientemente en mi vida.

Jamás creí que los accidentes podrían convertir la vida de tantas personas en un horror y es que me encuentro aislado de todas las personas que conozco, mi familia, mis amigos y toda persona allegada a la mía. Tiembla mi mano, mis labios, de hecho todas las extremidades de mi cuerpo y alma al contar esta historia.

La demencia que me ha introducido el destino a conseguido superar los límites de mi conciencia en tan poco tiempo que ya no puede soportarse, no existe ni se lograría imaginar una desgracia más atroz con la que culmino mi gualicho, mal ojo o la sucesión de simples actos de mala suerte… ¿¿Simple?? ¡¡Falacia absoluta!! No hay nada de simple ni siquiera de real en el lado generador de penas y difuminador del sano juicio que me ha acompañado en las últimas horas.

Verán siempre fui una persona extrovertida y muy suelta socialmente, pocas veces me invadió la timidez o
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la vergüenza de expresar mis pensamientos ante alguien. Entre otras formas de mi ser esta sería la 2° más destacable y marcada.

La 1°, y la que más atañe a esta historia, es el escepticismo al que me he aferrado durante toda la vida, pues he oído millones de relatos y cuentos sobre fantasmas pero ni una sola vez siquiera se me presentó uno en ningún sentido, creo que se debe a eso que nunca le tuve miedo al ébano solitario que posaba en mi casa cuando de niño mis padres realizaban viajes de negocios y al no estar presente mi hermana tampoco (quien aún no había nacido) la única presencia que podía hallarse en ella era, además de la niñera, la mía.

La soledad en que me dejaban mis padres se desvaneció al nacer mi hermana Sofía. Mi madre abandonó su puesto de trabajo en la inmobiliaria y mi padre por su parte logró llevar sus viajes al mínimo. Cenábamos todos los días entre las 9 y las 10 y luego dormíamos en 2 habitaciones, en una mis padres y
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en la otra Sofía y yo.

Una tarde semanas después del 2° cumpleaños de Sofía y poco antes de la súbita muerte de mi padre a causa de una afección cardíaca, recuerdo el cuento de terror que más impacto género en mis sentidos… “El cuadro del diablo” como la tituló mi madre, quien sabía que las historias de terror me fascinaban a pesar de haber crecido como un obstinado escéptico. Recuerdo (ahora más que nunca) que esa noche llovía y particularmente en cada uno de los ventanales pedía verse una escena románticamente brillante: Infinitas cantidades de gotas se desplazan aleatoria y uniformemente por el vidrio.

El relato trataba brevemente sobre un niño que encuentra en el cordón de una vereda un cuadro precioso con la imagen de un niño de ojos celestes y cabellos blondos sosteniendo un terrier aun cachorro; el niño se apropia del retrato y lo lleva a su casa.

El asunto se tornaba fantástico en el momento en que este chico descubre que está maldito y que a las doce de la noche el cuadro se desfiguraba  mostrándose la figura del mismísimo lucifer en él. Lo aún peor era que al deshacerse del retrato caían sobre él maldiciones que conllevaban al brutal asesinato de toda su familia. “El cuadro del
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diablo” rompía cualquier barrera del horror.

Me fascinó la historia, por como había sido expuesto por mi madre, tanto fue la vehemencia de mi fascinación por ella que la conté millones de veces a toda persona que conocí en la infancia, con toda seguridad puedo decir que en esa época moría por ser escritor de novelas de terror hasta que mi vocación hacia el automovilismo y la mecánica terminó acarreándome a mi profesión actual.

Ya han pasado 20 años desde el fallecimiento de mi padre y tan sólo 1 mes desde el entierro de mi madre quien sucumbió a causa de una larga lucha contra la enfermedad del cáncer. Mi hermana se casó hace 2 años y tuvo un bebe hace 2 meses y medio con Gabriel, un empleado bancario y novio de ella desde casi media década. Gabriel invitó a Sofía a vivir en su casa desde el matrimonio quedando la casa únicamente habitada por mi madre y yo.

Luego de su muerte me dediqué a acomodar las pertenencias de quien dio luz a mi vida en el ático en cajas junto con las de mi padre y no fue ni hace unas horas en que la nostalgia manifestada por su ausencia me hizo revisar las pertenencias de ambos, observando fotos que hacia décadas no veía y demás cosas.

De alguna manera logré conmocionarme ante estos recuerdos y lloré como un niño malcriado al que lo comienzan a castigar, lloré desconsoladamente (mientras miraba estos viejos recuerdos) hasta llegar a la última de las cajas que pertenecían a las de mi padre la cual se encontraba en el rincón más lejano del ático y en el fondo de ella se veía el marco de un cuadro dado vuelta, lo tomé y al darlo vuelta sentí esa sensación de escalofrío que todavía siento.

En el cuadro se representaba la imagen de un niño rubio de ojos marrones y sollozos quien sostenía con sus brazos a un gato negro de manchas blancas y en el piso se encontraba un anciano en pose difunta, lo cual demostraba la causa del llanto del niño. Mientras lloraba yo también, pensé en el
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peculiar parecido que había en mi imagen con la del niño sufriendo, la pérdida y esa sensación que me dejaba el retrato evitó seguir fluyendo el océano de lágrimas que nacían de mi plañir.

Al mismo momento en que me puse de pie sujetando el marco la puerta del ático se cerro y comencé a sentir miedo, no estaba oscuro y ni siquiera en la penumbra más tenebrosa y siendo un niño había sentido un pavor de tales dimensiones, al instante utilice mi razón para culpar al viento del hecho y volví la mirada hacia el cuadro, lo observé unos segundos y vino a mi la tenebrosa idea de aquel viejo cuento que encantó prácticamente toda mi infancia… EL CUADRO DEL DIABLO.

Intenté reírme de mi propio pensamiento, pero la risa no me salía, simplemente no podía sonreír aunque quería hacerlo y recordé un detalle de aquel relato: el retrato del diablo no podía mantenerse boca arriba.

Si uno lo dejaba con la imagen puesta arriba al desviar la vista aunque fuera por unos segundos el cuadro permanecía siempre boca bajo, de hecho como yo lo había encontrado en la caja. Proseguí entonces a realizar la prueba.

Salí del ático y me dirigí a la cocina, lo apoyé sobre la mesa y lo coloqué mostrando la triste imagen hacia arriba, desvié la vista durante un instante y cuando volví seguía ahí, igual que antes, sin cambiar de posición ni nada de lo que lucía la historia, recordé entonces la otra gran regla a las doce de la noche la pintura se difamaba y se realzaba en ella la imagen de Satán, comencé a titiritar conmigo mismo sabiendo que eran cerca de las doce. Fui hasta mi habitación y observé que en el reloj figuraban las 11:40.

En ese instante mi corazón se disparó. Volví corriendo a tomar el cuadro y cuando llegué a la cocina nuevamente me quedé estupefacto, ¡¡la pintura se encontraba con la imagen hacia abajo!! El cuadro ocultaba el saturnino y bruno escénico contra la mesa.

Casi me desmayo del choque que generó la epifanía. Por primera vez en mi vida veía algo sobrenatural y no podía haber entrado alguien ni nada por el estilo ya que no había transcurrido ni un minuto desde que lo dejé hasta que volví.

Intenté la prueba nuevamente, casi sin tocar el retrato (temblando susurrándome que no podía ser), lo di vuelta. Me dirigí hacia la habitación. Conté hasta diez y al volver ahí estaba otra vez, ¡se había dado vuelta solo! Sucumbió en mí el pavor que en toda mi incrédula y escéptica vida había sentido, se endureció mi cuerpo como si estuviera totalmente encadenado, me mantuve así durante unos minutos los cuales me duraron eternidades.

Cuando pude hacer uso de mi propia anatomía observé el cuadro minuciosamente meditando la probabilidad de que ya eran las doce y esperando que ocurriera el tan temido acto de aparición diabólica. Ya seguro que no me encontraba en una pesadilla, perplejo, inmóvil, con la pintura posada en mis manos sucedió… ¡La tenebrosa pintura cobraba vida!

Los ojos sollozos del niño comenzaron a crear una metamorfosis horrible en la imagen, sus lágrimas casi imperceptibles por el transparente y acuo contorno que poseían empezaron a tornarse lenta e igneamente a un fuego poderosamente siniestro.

El gato, bellaco, consiguió la parte más espeluznante y terrorífica de la pintura. Se le dibujó una sonrisa macabra y de aspecto fatal (trayendo a mi mente el recuerdo de una morbosa película en la que el asesino, lleno de total y abrumadora demencia, apuñalaba a su víctima número diecisiete posándosele a éste la misma espectral, siniestra y enajenada sonrisa de placer) y sus ojos se abrieron como los de un búho, en la solemne y azabache oscuridad nocturna, moviéndose de un lado a otro con velocidad lenta y constante. Ante un colapso nervioso mi corazón sufría en sus latidos convulsionados un espanto perturbador de magnitudes inexpresables.

Solté el cuadro y éste cayó al piso, miré la imagen y ésta se desvanecía. Todos los tintes de la misma se difuminaban y desde el centro de la misma apareció un torbellino cuyo vórtice succionaba la coloración de ésta y al detenerse el endemoniado tornado ahí estaba la figura del príncipe de las tinieblas, dentro de un arco de fuego vivo aduciendo a lava que ocupaba todo.

En la pintura se observaba su ovalada cara completamente roja escarlata y con la cuenca de los ojos estiradas tan horizontalmente que parecía que provenían desde su nuca y sus pupilas, finas, verticales, casi las del felino, eran celestes y posaban la vista sobre mí.

No tenía nariz, ni orejas, ni boca, solamente lo que describo es lo que había en el cuadro del diablo.

Aterrorizado, poseído del miedo mismo que me provocaba. Salí corriendo a la calle en total estado de shock y cuando me retiraba a toda prisa escuché un grito horrible de un niño que parecía tener el pulmón de un atleta de 20 años. Al girar pude comprobar que dichos gritos provenían del mismo cuadro y éste comenzó a girar a toda velocidad como un tornado sobre el suelo, no dudé en voltear y seguir mi despavorido exilio. Marché a toda prisa durante un tiempo que no fui capaz de contar hasta que al llegar a una esquina en la calamidad del trayecto, reconocí esta inmediatamente. Me hallaba a pocos metros de la nueva casa de mi querida hermana Sofía.

Al encontrarnos en la puerta su aspecto de serenidad armoniosa se tornó en menos de un segundo por otra, mucho más adecuada a la mía, de profunda sorpresa y susto.

No me atrevía a contar los alucinantes acontecimientos y me vi inducido a decirle que acababa de tener una disputa en la calle, lo cual no pareció creerse. Luego de calmarme evité darle detalles de mi reciente calumnia y me quedé desplomado en el salón de estar.

Sin dormirme en absoluto, me postré durante varios minutos mientras ella atendía a Pablito, mi recién nacido sobrino primerizo, y cuando mis nervios incitaban a calmarse en una insignificante medida al menos, sin poder serenarse nunca más por completo, bajó ella de las escaleras con niño en mano y me comentó que en la casa nos hallábamos solos (su marido acababa de salir hacía un rato, el cual no volvería hasta el otro día).

Entonces procuré ocultar lo máximo posible mis agitaciones mentales mostrándome falsamente sereno en el semblante. A todo esto ella estaba a las corridas con la cena y el niño pidiéndome que le sirva de ayuda, dudé un instante, pero accedí al pedido.

En la medida que comencé a troquelar en pedazos una zanahoria recordé cuan estúpido y vulgar es mi “talento cocinero” y me sonreí por primera vez desde la terrible visión. Mi hermana a todo esto se contentó muchísimo, pues notó que todavía no había aparecido en mi rostro risa alguna esa noche, y me lo hizo saber pidiéndome que sostenga a Pablito.

Lo dudé un instante, pero acepté cordialmente y como el lúgubre final que sigue he de contar en este breve estado de cordura que lo lamento. ¡¡Totalmente!! Debería haberme suicidado en el momento de la aparición del demonio, pero este fue mi destino. Mi sobrino se durmió al minuto en que lo sostuve entre mis brazos y cuando subía las escaleras para llevarlo a la habitación en la que se encontraba su cuna sentí que cada peldaño, cada escalón se hacía más grande que el anterior y me sometí al llegar al penúltimo a una nueva alucinación la cual me llevaría a caer al azabache y profundo abismo que es la hoguera del remordimiento.

El mismo diabólico cuadro posaba en la pared que enfrentaba al final de la escalera ¡Me petrifiqué! PETRIFICADO cual inocente y aterrorizada presa de su salvaje cazador, entré en un pánico inimaginable y sentí que una fuerza sobrenatural congelaba mis músculos. Perdí total dominio de éstos. Sentí como un choque eléctrico en mi columna vertebral que me derribó por completo y con el niño en mis brazos caí.

Al cabo de unos segundos recobré mi consciencia por los alaridos de mi hermana. El niño, mi sobrino se hallaba muerto en el piso y Sofía no soportó el desgraciado infortunio y se desmayó apagando el horror de sus gritos.

¿Y que podría hacer yo? La maldición del cuadro me seguía adonde quiera que vaya la desgracia y el infortunio me acorazaban, me acechaban, la tranquilidad propia de una vida rutinaria culminaría y nada volvería a ser igual para el maldito (o sea, para mí).

Miré hacia el cuadro que ya no se encontraba y volví de nuevo a mi casa corriendo a toda prisa horrorizado con mil lágrimas en mi rostro y al entrar en mi casa me di cuenta que no había luz, estaba la casa a oscuras, a pesar de que había dejado las luces prendidas y las puertas sin llave al huir despavorido en la 1° alucinación.

Entré entonces en la cocina y absorto vi el cuadro, pero ¿Cómo podía verlo? ¿Si no había luces? Si todo estaba en plena oscuridad en la cual no podía ver ni la palma de mi mano. Pues el hecho era que el cuadro brillaba. Así es, “even in the darkness” se apreciaban los ojos del demonio y el rostro del mismo. Me alejé de la habitación y me dirigí al baño decidido a suicidarme.

Prendí la luz y miré mi rostro demacrado por las lágrimas en el espejo y una penúltima visión me produjo el pavor más grande que la que me habían dado las anteriores: la imagen en el espejo no correspondía a la mía, yo lo sé y ahora estoy seguro, solo era mi figura, pero la persona que reflejaba era… No era una persona, era lucifer mismo aunque con mi rostro.

La imagen no respondía a mis movimientos, era independiente de mis acciones y me miraba con los ojos sin ninguna pena, sino que repletos de odio y de una seriedad abrumadora, pero fue transformando ese aspecto en la misma medida en que aumentaba mi mortificación y pánico. Su cara, bah, mi cara en el espejo empezó a dibujar una sonrisa horriblemente maquiavélica; no tuve duda alguna que era la misma que tenía el gato del cuadro y terminó riéndose a carcajadas de mis desgracias.

Rompí el espejo de un puñetazo, tomé uno de los fragmentos del mismo y me dirigí al maldito ático en donde todo comenzó. Logré calmarme para poder escribir esto con total cordura y consciencia y al terminar destruir mis venas con el mismo fragmento.

Pero no pude aguantar... Hace ya varios párrafos mis venas empezaron a desangrar y ahora sé cómo describir eso... Es mi nota de suicido.

Con decoro y soledad todo termina, ojalá mañana despierte y me dé cuenta de que solo es una horrible pesadilla. Pero no lo creo, porque ahí lo veo, está a mi lado la imagen del monstruo, está a unos metros de mí y se acerca, no camina ni se arrastra, pero parece cada vez a menor distancia. Viene y se acerca, en busca de mi alma.