Mansión Foster para amigos imaginarios cerró. No solo cerró; dejó de existir, y con ella, se fueron para siempre las tortuosas jornadas en las que debía limpiar, cocinar y preocuparme de que nadie se lastimara por correr por aquellos largos pasillos que se borraron. Pero también se fueron para siempre las risas y aventuras que de vez en cuando me hacían darme cuenta de que no todo era malo en ese trabajo.
Mansión Foster para amigos imaginarios cerró. No solo cerró; dejó de existir.
Si alguna vez te pasaste por la mansión, ya sea para dejar o adoptar a algunos de nuestros residentes, de seguro te preguntaste cómo le hacía para soportar tantos seres alocados y que tan solo un niño podría dejar pasar como algo mundano. De seguro te preguntaste cómo seguía trabajando y por qué nunca pensé en dejar tan tedioso sufrimiento de ser la única que podía mantener la mansión con los pies sobre la tierra.
Esto es algo que generalmente no le cuento a nadie, posiblemente porque a nadie le importa la razón por la que hago las cosas. Mi abuela tenía un amigo imaginario, de los últimos que quedaron en el mundo. Es un conejo gigante y refinado, siendo la antítesis de mi abuela, quien es la viva imagen del desorden. Cuando era niña, y vi lo felices que eran mi abuela y los demás niños del barrio, yo también desee tener un amigo imaginario. Mi propio amigo imaginario. Mi complemento.
¿Cómo era él? Ni yo lo recuerdo con claridad. Solo sé que era gigante, de metal y su pelaje era rojo. Su nombre era Friday, quizás porque lo imaginé un viernes. Es muy difícil de explicar; las imágenes residuales que quedan en mi mente no son de gran ayuda, y a eso hay que sumarle que no hay limites a la hora de crear a un amigo imaginario. Podría haber tenido cualquier forma, no sé. Lo que sí recuerdo, son los hermosos tres días que estuvo a mi lado. Sí, tres días. Tan corto como un sueño. Quien me terminó despertando fue mi padre, quien no quería ningún amigo imaginario en la casa. Realmente nunca supe el por qué. Los amigos imaginarios son el reflejo de la inocencia y creatividad de los niños, el tener uno no era un privilegio, en un mundo tan bello e infantil, era la norma. Pero, por alguna razón, a mi papá no le agradaban. Sospecho que los odiaba. Nunca supe la razón. Lo único que hizo fue regañarme de forma acalorada por atreverme a imaginar uno.
"Ni pienses que vas a darnos esta carga. Me voy a deshacer de él", recuerdo que me gritó cuando lo descubrió.
Mi papá odiaba a los amigos imaginarios. Le rogué, pero no hubo solución. Mi padre me obligó a deshacerme de él. Esa es de las cosas que uno no dimensiona cuando es infante, pero una vez crece, se da cuenta de lo cruel que es este mundo. ¿Cómo se te ocurre tirar a la calle a un ser vivo? Y no hablo de una mascota cualquiera. De por sí abandonar a un perro es algo cruel, ahora piensa en los amigos imaginarios. Los amigos imaginarios son seres vivos, pero no vivos al nivel de un perrito, son seres vivos racionales capaces de tomar decisiones, comunicarse y experimentar un sin fin de sentimientos, con una capacidad mental similar a la de un niño de primaria. Sin embargo, apenas los niños que los crearon crecen o sus padre se lo piden, estos los abandonan en la calle. Nunca entendí la razón. Es tan horrible. Y eso es lo que mi papá hizo con mi amigo imaginario, Friday. O bueno, eso creo...
Crecí en un mundo que no entendía a estos seres, un mundo donde criaturas que tienen la inteligencia de un niño en edad escolar, eran creados y luego desechados como si fuesen ropa vieja. Por eso nació Mansión Foster. En todo el mundo, parecía que solo yo y mi abuela nos compadecíamos de estos seres. Quería ayudar, de verdad quería. Pero la razón principal por la que nunca dejé la mansión, la razón por la que mi estabilidad emocional no se rompió, fue porque quería volver a ver a mi amigo imaginario. Quería volver a ver a Friday. Pusimos anuncios en todos lados, incluida la televisión y la radio, y pegamos pancartas por toda la ciudad. Rápidamente la mansión se llenó. Cómo no hacerlo, si era el único lugar donde los amigos imaginarios podían descansar y tener una vida similar a la que tuvieron antes de ser desechados. Pero la razón principal por la que hice esto, jamás se completó.
Mansión Foster para amigos imaginarios cerró. No solo cerró; dejó de existir.
Trabajé como una bestia durante años, suporté tanto solo porque tenía la esperanza de que algún día mi amigo imaginario vería uno de los anuncios y vendría. Aquel amigo que mi papá me quitó sin otro motivo más que odio. Esperé tanto, esperé tanto, pero mi amigo nunca llegó. Quizás, solo quizás, porque dejó de existir... y pensar en eso me hace temblar. Quizás, solo quizás, mi amigo dejó de existir tal como lo hizo la mansión. Así es, un amigo imaginario sí puede desaparecer, desimaginarse... ¿Morir? Sí, un amigo imaginario puede morir. Así como pueden llorar, sentir dolor y desaparecer, pueden morir.
No quiero pensar en lo peor, pero existe una pequeña, pequeña probabilidad de que mi papá se haya desecho de mi amigo imaginario acabando con él. Esa sería la razón por la que nunca vino a la mansión. Suena horrible, sí. Pero en un mundo donde estos seres son imaginados, usados y abandonados como juguetes, ¿qué tan difícil sería para alguien terminar con la vida de uno? Para muchos no se sentiría diferente a aplastar un muñeco de plástico con el pie.
Pensar en eso es horrible, pero es verdad.
Estoy segura que a este punto te preguntas cómo la Mansión Foster, el lugar de asilo que tantos amigos abandonados buscaban, dejó de existir. Es simple. Aunque fatal, por mucho tiempo ignoramos que existía otra forma de acabar con los amigos imaginarios que no consiste en hacerles daño físicamente, y es, en mi opinión, la peor forma, pues lo viví en carne propia. La otra forma de matar a un amigo imaginario es simplemente no creer más en ellos. Los amigos imaginarios son el reflejo de la inocencia, la creatividad y la pureza de los niños. Solo la inocencia puede crear amigos imaginarios, por eso los adultos no pueden hacerlo. Y en un mundo tan horrible como el nuestro, el cual empezaba a abrirle las puertas a cosas cada vez más horribles, fue solo cuestión de tiempo para que la magia, la inocencia y la pureza, se fueran perdiendo.
Con el pasar de las décadas, tuve que ver con mis propios ojos cómo iban desapareciendo amigos imaginarios casi diariamente y a una velocidad alarmante. Muchos se fueron cuando sus dueños murieron. Si el dueño deja este mundo, el amigo imaginario también. Es por esto que el amigo imaginario de mi abuela, el señor conejo gigante, tuvo que desaparecer tras un tiempo. De esa forma, uno por uno fueron dejando este mundo. Aquellos seres unidimensionales, artificiales, pero que me dieron tantas alegrías y penumbras, pero que al final daban paso a grandes y hermosos días. Todos se fueron yendo.
No obstante, algo no iba bien. De un día a otro, fueron desapareciendo amigos cada vez más rápido. El horror fue inminente. Cualquiera podía ser el próximo. Todo se convirtió en una gran ruleta rusa de la cual nadie podía salir. Y solo hacía falta sintonizar las noticias para ver la razón. El mundo ciego, colorido y casi caricaturesco en el que crecí, ya no existía. ¿Nadie se dio cuenta? ¿hubo tanta gente ciega? ¿Cómo es posible que mataran la esperanza de millones? Ellos mataron la imaginación.
Mansión Foster para amigos imaginarios cerró. No solo cerró; dejó de existir.
"El día que Mansión Foster cerró", escrito por Craig McCracken en 2009. Se trata de la última nota que dejó sobre el tablero de ideas tras la cancelación del programa.