Wiki Creepypasta
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Muchas veces las personas pasan por situaciones que hacen que su vida cambie completamente. Situaciones que hacen que todo lo que sabían y conocían hasta ahora como correcto, se den vuelta, den un giro repentino y su realidad se desmorone, creando así una nueva manera de ver las cosas.

Yo conozco muchas personas a las cuales les ha pasado esto, pero lo que no me esperaba era que algún día me sucediera a mí. Esta es mi historia, el impacto más profundo en mis días, un suceso que ocupará mis pesadillas hasta que algún día las garras de la muerte me acojan entre sombras, y me lleven a algún lugar desconocido por todo ser humano que habita sobre la Tierra.

Mi nombre es Joel, y tenía apenas unos doce años cuando todo esto ocurrió. Yo estaba de vacaciones en la casa de mis abuelos Marta y Pedro, que vivían en un pequeño campo alejado de la ciudad, en una zona rural muy peculiar debido a la presencia de un bosque enorme y vasto, que se extendía desde el borde de la carretera hasta las orillas de un río muy caudaloso, el cual solía desbordarse unas cinco o seis veces al año, debido a las lluvias torrenciales que se presentaban en verano.

No recuerdo muy bien la fecha, pero si no me equivoco estábamos a mediados de enero. Había sido un largo día para mí, y yo estaba exhausto después de una extensa jornada de actividades campestres. Esa mañana la habíamos aprovechado en su totalidad para hacer cosas que en nuestra ciudad no podríamos, como por ejemplo pescar, andar a caballo, recolectar de la huerta, alimentar a los animales del establo y, obviamente, hacer recorridos por el bosque de día.

Desde que yo era pequeño, siempre me había gustado estar en ese lugar, porque era mi escape de la tan pesada rutina de todos los días, sobre todo en vacaciones, cuando nos quedábamos allí

aproximadamente unas dos semanas de corrido. Yo adoraba el campo, y desde siempre me había parecido un lugar maravilloso y genial, porque allí yo me sentía a gusto, entre toda la vida salvaje, por así decirlo, y porque me gustaba mucho jugar a que tenía aventuras de supervivencia. Con mis primos, el mayor, Juan, de dieciséis años, y Daniel, el más pequeño, de diez, siempre nos las arreglábamos para encontrar una nueva historia para jugar.

A veces a los piratas, exploradores, y también a los nativos. Pero el juego que más me gustaba era el que hacíamos sin falta el último día de esas dos semanas de descanso, el de los cazadores. ¿Y saben por qué? Porque en ese momento, nuestros abuelos nos daban a los tres un único rifle para compartir, con la condición de que tengamos cuidado, y de que les traigamos algo para almorzar al otro día, como una liebre, por ejemplo.

Para mí este era el mejor juego de todos, porque me hacía sentir como todo un superviviente, en busca de su alimento, acompañado solamente de sus dos compañeros de aventuras. Lo genial de esto era además que, no solamente salíamos solos, sino que lo hacíamos de noche, y luego de terminar, acampábamos a la orilla del río o en algún lugar del bosque.

Ya al atardecer, como siempre, yo estaba muy emocionado. El único pensamiento que rondaba por mi cabeza era el de estar una noche en el bosque a la luz de la luna, como todo un hombre de riesgo. Mi abuela nos dio algunos bocadillos para el camino, insecticida y una cálida despedida, y mi abuelo nos entregó la carpa, algunas que otras cosas más, y lo más importante, el rifle. Salimos de la casa a eso de las siete de la tarde, cuando todavía había algo de luz, y nos dirigimos directamente al bosque.

Lo primero que hicimos allí fue decidir un lugar en donde establecer el campamento, que cada año era en una zona diferente. Pero eso sí. Nunca nos alejábamos demasiado de la casa. Nuestro límite eran unas vallas que indicaban el fin de la zona del bosque con claros, en donde se iniciaba la parte más espesa y profunda, la cual era demasiado peligrosa para entrar, además de muy difícil para abrirse paso debido a todos los arbustos, raíces y espinas del camino.

Con mis primos, luego de algunos minutos discutiendo, decidimos que haríamos el campamento al pie de un enorme árbol, cuyas raíces estaban expuestas, y ocupaban una zona bastante amplia, como unos cuatro metros alrededor de este. Armamos la carpa, acomodamos nuestras cosas, y encendimos una fogata. Después nos dispusimos a salir a cazar.

Si algo salía mal, siempre llevábamos dos silbatos con nosotros. El primero emitía un sonido como los que usan los profesores de educación física, el cual era un silbido no tan agudo, pero sí estridente. Este servía para avisar a los demás que encontramos algo en caso de estar separados, señal de que había que investigar alguna que otra cosa nueva.

El segundo silbato era una señal de alerta, una advertencia de peligro. Emitía un sonido muy agudo y fuerte, similar a los que se usan para entrenar perros, pero aún más alto. Si llegáremos a oír este, lo que debíamos hacer era primero correr al lugar a ver qué ocurría, y luego buscar ayuda o bien regresar al campamento o a casa. Terminamos de alistarnos, y entonces la cacería empezó.

Al principio, los tres nos mantuvimos juntos y unidos, porque eso dicen, que la unión hace la fuerza. Lamentablemente, parecía que eso no se aplicaba a la cacería, porque anduvimos durante más de cuatro horas recorriendo aquél interminable bosque, alumbrando con linternas cada tanto para pasar desapercibidos y no espantar a los animales, pero nada. Ni siquiera una mísera liebre. Luego de tanto tiempo, ya estábamos algo cansados y bastante frustrados a decir verdad.

La mayoría de las veces, siempre encontrábamos alguna presa a eso de la hora y media de haber empezado, pero ahora ya eran como las once de la noche, y todavía no habíamos siquiera visto algún animal. Luego de pensarlo un poco, eso me resultó bastante extraño, ya que en este momento del año siempre habían muchos recorriendo el bosque por las noches.

En fin, los tres ya estábamos hartos de tanto andar sin haber logrado nada. Entonces, Juan propuso que nos separáramos, que Daniel y yo fuéramos por la derecha, que él se iría por el sendero de la izquierda. A Daniel y a mí no nos pareció mala idea, y acordamos en hacerlo. Desde ahí, los dos seguimos camino en dirección al río, mientras que nuestro primo mayor iba hacia la parte donde estaban las vallas que marcaban el límite.

Así anduvimos durante mas o menos media hora, costeando la orilla para ver si algún animal se había asomado a tomar agua, pero lo único que encontramos fueron los restos de un pez el cual había sido destripado por algún depredador de la zona, y más adelante, las cenizas de una fogata que parecía haber sido apagada hace ya varios días atrás.

En eso, cuando creíamos que ya no había esperanza de encontrar algo, de pronto oímos entre la espesura el silbato de aviso de Juan. Ni bien lo escuchamos, corrimos hacia allá para ver qué era lo que había hallado. Unos minutos más tarde, ya nos hallábamos en el borde del límite de las vallas, pero no encontramos a nuestro primo.

Estuvimos dando vueltas por el lugar durante algunos segundos más, y de repente oímos nuevamente su silbato. El sonido parecía provenir del otro lado de la valla, de la zona que teníamos prohibido ingresar. Pero aún sí, con la emoción de que al fin hubiéramos encontrado algo para casar, pasamos por debajo de dicha valla y nos adentramos en la parte profunda del bosque.

Después de haber recorrido unos cuatrocientos metros aproximadamente, al fin hallamos a Juan, el que nos estaba esperando sentado sobre un tronco caído, el que bloqueaba el paso. Cuando llegamos, le preguntamos qué había pasado, y él, con una voz muy baja y seria, nos dijo. Tienen que ver esto.

Entonces, movió el tronco que bloqueaba en sendero, y nos mostró algo que nos dejó perplejos a Daniel y a mí. En medio de un pequeño claro, había una pequeña choza, en parte de cemento y en parte de madera, cuya puerta de metal oxidado estaba bloqueada con algunas estacas y alambres. Sobre ella, había un letrero muy gastado y viejo, en las cuales estaba escrito con pintura roja la frase: Prohibido abrir, peligro.

Obviamente, esto sólo podía significar una cosa. Había algo adentro que alguien estaba ocultando. Y como éramos personas muy obedientes, lo primero que se nos vino a la mente fue la idea de entrar allí. Nos dimos una mirada en busca de aprobación entre los tres, y asentimos con la cabeza.

Al principio, Daniel dudó un poco, y admitió que sentía miedo de ese lugar, que algo le decía que no deberíamos abrir aquella puerta, pero como ya habíamos decidido hacerlo, y ninguno quería retroceder y quedar ante los otros como un cobarde, le dijimos que no pasaría nada, que no fuera un miedoso y que nos ayudara a abrirla.

Entonces, unos segundos más tarde, Juan removió con sus manos las estacas que estaban algo flojas, y cortó los alambres con unas pinzas que llevaba con él. Luego, lentamente y con mucho cuidado, empujó hacia adelante aquella gastada y oxidada puerta de metal. Encendió su linterna y, una vez abierta, con mucha cautela y sigilo entramos allí.

Pensamos que ese podría ser también un excelente refugio para los animales salvajes, que hacer su guarida allí, ya que dentro de este pequeño y comprimido lugar, que parecía ser un depósito abandonado, había un olor muy fuerte y nauseabundo, similar al que hay en las cuevas de algunos animales que se alimentan de carne muerta.

La humedad era impresionante, y el musgo y los hongos cubrían gran parte de las paredes, además de que las telarañas inundaban las esquinas del techo. Pisábamos con mucho cuidado, ya que cada paso podría ser el último, si es que nos topábamos con alguna serpiente o araña venenosa.

De pronto, Juan, quien estaba adelante de Dani y yo, se detuvo en seco, apagó su linterna y extendió sus brazos hacia los costados, para que dejáramos de avanzar. Ambos quedamos muy extrañados, y le preguntamos en voz baja qué sucedía.

Juan no respondió, y simplemente se quedó paralizado en el lugar. Un sudor frío empezó a correr por su rostro, y sus dilatadas pupilas no hacían más que mirar a un punto fijo en medio de la oscuridad de ese tenebroso lugar. Yo no entendía nada, y mi pequeño primo Daniel tampoco, hasta que finalmente mi vista se adaptó completamente a la oscuridad, y lo pude ver. El horror me consumió totalmente, y un escalofrío recorrió toda mi espalda.

Justo allí, frente a nosotros, en una esquina a unos cuatro metros de donde estábamos, había una criatura recostada contra la pared. Medía aproximadamente unos dos metros de largo, y un metro de alto.

Tenía una cabeza enorme, y unas mandíbulas que parecían la mezcla entre la de un perro y un jabalí, pero totalmente desencajadas y con los colmillos disparejos sobresaliendo de su boca. Su cuerpo estaba cubierto totalmente por un pelo marrón grisáceo oscuro, lleno de moho y barro, al igual que el lecho donde se encontraba.

Sus patas delanteras estaban llenas de heridas y sangre, infectadas y llenas de pus, y en ellas habían enormes garras negras y curvas, como de unos diez centímetros de largo. Sus patas traseras no se podían ver, ya que estaban totalmente recubiertas de suciedad y sangre seca. Tenía dos enormes orejas en punta, y su columna estaba arqueada como si le hubiera chocado un camión, y se hubiera desfigurado totalmente.

Pero lo peor de todo era su estómago. Estaba completamente abierto, y sus intestinos colgaban de manera grotesca y repugnante.

Al ver eso, unas terribles ganas de vomitar y gritar me invadieron, pero no lo hice porque eso sólo lo despertaría. Entonces, lentamente, empecé a retroceder, y tomé a Daniel de la mano para que hiciera lo mismo.

Con sigilo extremo, ambos salimos de aquél endemoniado lugar, y estábamos dispuestos a irnos corriendo de allí. Pero Juan aún estaba adentro, y no podíamos dejarlo sólo. Entonces, le dije a Daniel que se fuera de allí, y que se ocultara en algún árbol en la costa del río, que luego yo iría por él, y así lo hizo.

Con la cabeza a punto de estallar por los nervios, entré nuevamente a buscar a Juan, el cual seguía inmóvil en el lugar donde se había quedado. Lentamente, lo tomé por el hombro y le dije en vos baja: Juan, hay que irnos. Él apenas si reaccionó y salió de su estado de shock, y temblando como nunca empezó a caminar hacia afuera. Entonces, cuando estábamos a punto de cruzar la puerta, la tragedia ocurrió súbitamente.

Juan tropezó con una de las estacas que habían quedado en el suelo, haciéndolo caer e impactarse contra una botella de vidrio que había allí, haciendo que se rompa con un gran estruendo. La criatura levantó sus orejas y abrió sus enormes ojos que brillaron de verde con la luz del ambiente.

Al vernos abrió su descomunal mandíbula, exhibiendo tres hileras de afiladísimos colmillos en su interior, y emitió un ensordecedor rugido, que parecía la mezcla entre el gruñido de un perro y el chillido de un cerdo.

Con el corazón en la boca, tomé a Juan por el brazo y empezamos a correr por nuestras vidas. Salimos en picada de aquél lugar, dejando atrás todas las cosas que teníamos para poder escapar. Cuando lo hicimos, la criatura empezó a perseguirnos, pero al pasar por la puerta de metal uno de sus intestinos se enganchó con los alambres cortados, dándonos así un poco más de tiempo para huir.

Pero no tardó mucho tiempo en liberarse, haciendo que sus tripas se desparramaran por todo su alrededor, salpicando con sangre las paredes del depósito y el suelo.

Dando grandes zancadas e hiriéndonos con las espinas que tenían los árboles, atravesamos el claro y corrimos lo más rápido que pudimos por el angostísimo sendero de tierra, mientras la salvaje criatura que habitaba ese depósito nos perseguía, con sus intestinos colgando y dejando un rastro de sangre por donde pasaba, y seguía rugiendo y gruñendo a apenas unos metros detrás nuestro.

Corrimos a más no poder, lo más rápido que nuestras cansadas piernas nos permitían, hasta que finalmente lo perdimos de vista. Sólo entonces nos detuvimos a descansar.

Exhaustos, nos dejamos caer sobre el suelo de hojas secas, y retomamos la respiración. Yo estaba muerto de miedo, y Juan simplemente aterrado. Sus ojos estaban más abiertos que nunca, y se asustaba por cualquier sonido que escuchaba, aunque fuese causado por la simple brisa de la noche.

Justo cuando creíamos que estaríamos a salvo y tranquilos al fin, de pronto oímos un sonido espeluznante. Era el silbato de Daniel, el que advertía peligro, y sonó tan fuerte que tuvimos que cubrir nuestros oídos para que no nos destrozara los tímpanos. Al cabo de unos segundos, se oyó un grito, y luego nada.

Aunque estábamos al borde del paro cardíaco, decidimos que debíamos ir a ayudar a nuestro pequeño primo, y entonces empezamos a correr en dirección al silbido, que provenía de la orilla del río.

Al llegar a la costa, lo único que se podía escuchar eran las olas sobre la arena y la brisa en la vegetación. A lo largo de la playa no se veía nada más que arena, agua y arbustos.

Entonces empezamos a caminar, cuidando de no hacer ruido o pisar alguna rama. Recorrimos aproximadamente unos doscientos metros en línea recta, y nada. Seguimos entonces, y pasamos al lado de los restos de la fogata cuyas cenizas que yacían sobre la arena se esfumaban con el viento.

De repente, oímos un crujido de ramas detrás de nosotros. Llenos de pánico, volteamos rápidamente, sólo para ver una liebre que saltaba entre los pastizales. Creímos que eso era todo, y nos sentimos algo aliviados, pero no por mucho.

Oímos otro sonido de ramas quebrándose entre las hojas de un antiguo árbol de mangle. Alertas y aún asustados, giramos lentamente hacia esa dirección, sólo para ver como la linterna de Daniel caía rodando entre las raíces del árbol. Muy despacio miramos hacia arriba, mientras unas pequeñas gotas de sangre espesa y negra caían sobre nuestros aterrados rostros.

Allí, entre el follaje, se podía apreciar la tierna e infantil mirada de nuestro primo menor, cosa que nos hubiera alegrado un montón de ver si no fuera por el hecho de que estaba toda magullada, destrozada, llena de mordidas y desfigurada, y porque lo único que restaba de él era su pequeña y redonda cabeza de niño, mientras sus intestinos colgaban entre las ramas de aquél árbol que se había ahora trasformado en su lecho de muerte.

Repentinamente, una cálida y húmeda respiración sobre mi nuca hizo que los cabellos y la piel se me erizaran, un agudo dolor me invadió al sentir tres hileras de afiladísimos colmillos en mi hombro derecho, y luego de eso, sentí como mi cuerpo se paralizaba de a poco, como si con su descomunal mordida me hubiera inyectado un anestésico que consumía mi energía, haciéndome caer en un sueño muy profundo. Mi vista comenzó a nublarse, y todo se volvió más lento.

Lo último que pude ver fueron dos enormes ojos amarillo verdoso que me acechaban desde las sombras.

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