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Imagina mi sorpresa cuando entré en la oficina de Bérenger el viernes por la tarde para nuestra reunión semanal y vi girar su enorme silla de cuero, como hacía cada vez, sólo para descubrir que no estaba él sentado en ella.

El mismo traje inmaculado, la misma corbata azul de corazones, los mismos gemelos de oro, pero en el lugar de mi jefe, el traje estaba siendo usado por alguien diferente.

El Diablo.

Sabía que era él, como cuando conoces en sueños a alguien que nunca has visto antes. Era hermoso; su piel era perfecta debajo de la sombra de las 17:00 y me sonrió mostrando una hilera de dientes blancos increíblemente perfectos. Yo estaba completamente encantado y completamente aterrorizado.

“No tengas miedo.” Dijo, poniendo las manos sobre la caoba del escritorio de Berenger. “No estoy aquí para hacerte daño.”

“¿Qué… qué… qué… quieres?” Era todo lo que podía tartamudear.

“No se trata de lo que quiero.” Dijo Satanás, con su voz suave como la seda. “Es lo que tu quieres y que yo se que quieres.”

Tragué. “¿Lo sabes?”

“Quieres que muera, ¿no es así? Desearías que estuviera muerta, lo sé, lo has deseado desde esa semana que pasasteis juntos en Cuba por tu cumpleaños. Bueno, amigo mío, puedo hacerlo ¿Quieres que suceda? ¿Estás listo para hacer un trato con el Diablo?“ Se rió de su propia broma y sonrió.

Era hermoso.

"¿Cuál es el truco?” Dije. “Tiene que haber una trampa.”

“Tienes que mirar.” Dijo, aun sonriendo. “Ese es el problema.”

Tragué otra vez, pensando en ello. “Vale.” Dije. “Acepto.”

“¿Tenemos un trato?” Dijo Lucifer extendiendo su mano.

“Si.” Asentí. Su mano era tan suave como la piel de un bebé y más cálida de lo que debería estar una mano.

Sabía que habría una trampa. No debería haber hecho nunca un trato con el Diablo. Está muerta… esa perra… es lo que siempre quise, y ahora al fin soy libre. Pero tuve que verla morir. Todos los días la veo morir. Cada vez que duermo. Cada vez que cierro los ojos, incluso por un segundo, veo su cara aterrorizada y la sangre corriendo y sus ojos abiertos y gritando:

“¿POR QUÉ?”

Cuando regresé al despacho de Bérenger el lunes, estaba vacío.