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Dragón de cristal

Hacia mucho tiempo atrás, en una pequeña casa, habitaba un tallador de gemas preciosas quien no hacía alarde alguno de sus creaciones. Vivía solo pero muy contento con sus trabajos.

Las piedras que tallaba provenían de una montaña muy lejos del pueblito donde vivía. Todos los fines de semana, el tallador, de mediana edad, viajaba hasta la desolada montaña para recoger los materiales necesarios. Era muy devoto a su trabajo y siempre se encontraba creando una nueva escultura para sumarla a su colección. 

Personajes de todo el mundo se detenían en aquella villa para admirar sus trabajos y, generalmente, comprar alguno a un modesto precio. A pesar de ser conocido por todo los alrededores, el tallador no tenía amigos ni familia.

Los rumores de los más ancianos decían que antes vivía en esa casa con su padre, quién había muerto por causas naturales hacia algo de tiempo. Su cuerpo estaba enterrado debajo de una cruz echa de rubí enmarcada en madera, la cual estaba situada en su patio.

Todos podían ver la cruz roja, y era por ella que los extraños ubicaban al tallador. La intriga mas profunda de está cruz era por qué nadie se atrevía a robarla.

Unos creían respeto, otros opinaban algún extraño artilugio. De todas maneras, todos los días por la mañana, la cruz envolvía la calle en un baño rojizo muy hermoso junto con los primeros rayos del sol. 

Un buen día, un monarca muy rico se detuvo a visitar al famoso tallador.

-Buenos días, señoría. Usted dirá a que se debe su visita –Dijo el tallador mientras lo recibía en su casa.

-Desearía llevarme uno de tus trabajos a mi castillo. Este dragón por ejemplo: ¿De que material está hecho?

-Está hecho de cristal puro, su señoría. Es la única de mis creaciones realizada en cristal y con soplete. Lamentablemente no está a la venta. La hice en memoria de mi difunto padre.

El monarca se enfado por la respuesta del tallador. Amenazó con llevárselo al calabozo si es que no fijaba un precio pronto. Ante la nueva negativa del tallador, el monarca mandó apresarlo y llevárselo prisionero.

El tallador, muy asustado por la reacción del monarca, le suplicó misericordia y le dijo que podía llevarse cualquier cosa a excepción del dragón. El monarca era muy engreído y no quería cambiar su decisión. El dragón, de todas maneras, era muy hermoso y podría ser la envidia de cualquier visitante al castillo.

Algo apiadado por la desesperación del tallador, el monarca sacó un saco lleno de monedas y lo tiró a los pies del tallador. Tomó el dragón, el cual tenía una coloración entre el azul y lo transparente, y se despidió, dejando al pobre tallador en el suelo, con la mirada decepcionada y clavada en la obra de cristal.

Al llegar a su castillo, el monarca colocó su nueva adquisición sobre la chimenea. La imagen era poderosa y delicada al mismo tiempo. La mirada del dragón parecía fría y calculadora. Sus garras estaban cuidadosamente pulidas y la cola tenía unas curvaturas casi imposibles de lograr por su finura y dedicación.

Varios días después el monarca recibió la visita de un importante duque de la zona. Lo primero que saltó a su vista fue la grandiosa escultura azulada por el que traspasaban los escasos ases de luz que se colaban por las cortinas. El duque se acercó y la analizó:

-Hermosa escultura de una lagartija –Le dijo mientras pulía su monóculo.

El monarca pareció ofendido con la crítica. Se acercó y le recalcó que no era una lagartija, sino un fiero dragón.

-Eso fue lo que pensé al comienzo, pero le faltan las alas –Respondió el duque -.Así que esto no es un dragón, sino un reptil muy bien realizado.

El monarca se puso furioso al comienzo, pero recordó su visita y se dispuso a despacharlo lo más pronto que la etiqueta le permitiría.

Al día siguiente, lo primero que hizo el monarca fue hacerle una pequeña visita al tallador.

Ubicó rápidamente la casa de este gracias al fulgor de la lustrosa cruz de rubí. Entró casi de abrupto, antes de que el tallador advirtiera su presencia. Con ayuda de un par de soldados, el monarca apresó al tallador y lo encerró en uno de los cuartos de la cabaña.

El monarca le gritó por la pequeña abertura que tenía la puerta:

-Te soltaré si estás dispuesto a terminar el dragón que me vendiste.

El tallador ya no estaba tan asustado. Lo miró a los ojos y asintió.

Los guardias se quedaron escoltando la entrada de la puerta mientras el monarca descansaba en un cómodo sillón de la sala.

El monarca, cada cierto tiempo, tocaba la puerta para preguntar su avance. El tallador nunca respondía, pero el golpe del cincel lo advertía que el trabajo aún no estaba terminado.

Unas horas después, los golpes cesaron y el tallador se hecho a descansar. El monarca entró sin pedir permiso, muy emocionado por ver la obra finalizada. Grande fue su desilusión al encontrar solamente 2 alas ideales para la escultura, pero hechas de rubí.

El monarca le mandó una mirada llena de ira al tallador mientras se acercaba a él. Éste no se intimidó y le preguntó:

-¿Está completamente seguro que desea que termine por completo?

El monarca solo se limitó a asentir con la cabeza. El tallador, entonces, cerró la puerta dejando a los guardias tras ella. Se acercó al monarca, algo impactado por la acción, y sacó un enorme cuchillo cóncavo en el filo, el mango transparente y, al parecer, hueco.

Se abalanzó sobre el monarca y se lo clavó en el corazón aun estando de pie. El calido líquido rojo se deslizó por la extraña herramienta hasta inundar el mango de ésta. El monarca hizo un leve forcejeo por quitarse el cuchillo del pecho, creando con uno de sus anillos una pequeña fisura en la uña de la escultura.

-La piedra favorita de mi padre era el rubí y quería que esta escultura lo fuera, pero no sabe que complicado es encontrar rubí estos días. Solo encontré lo suficiente para hacer una cruz digna y un par de alas. 

El monarca, debido a su herida, no podía mencionar palabra o grito alguno. Escuchaba silenciosamente las palabras del tallador con la boca abierta por el dolor y la sorpresa.

Su sangre quedó atrapada en el recipiente que servía de mango para la terrible herramienta. Cayó pesadamente al suelo mientras veía con lo poco que le quedaba de vida como el líquido era introducido por unos agujeros en la espalda de la escultura y como esta adquiría un tono rojizo único. Sin embargo, la sangre se filtraba por la pequeña fisura de la uña, lo que desesperó al muchacho. 

-¡¡No!! ¡¡Debo terminar el dragón, en nombre de mi padre!!

El grito aumentó la desesperación de los guardias, quienes ya intentaban abrir la puerta de cualquier manera. Al poder abrirla, se quedaron atónitos al ver el cadáver del monarca desangrado; el tallador y la escultura se habían esfumado. Solo quedaron las 2 alas de rubí en la mesa, las cuales fueron enterradas justo debajo de la cruz, pensando los soldados que podían estar malditas.

El pueblo fue victima del tiempo, pero el tallador no se fue del todo.

En aquel pueblo, en donde se puede encontrar una cruz de rubí entre las casas derruidas, para aquel aventurado que intente removerla del suelo y revele el par de alas a los ojos del sol, le espera el tallador oculto en algún lugar, con su terrible herramienta en una mano y el dragón de cristal en la otra.

No parará de recolectar sangre hasta que su escultura sea, como se lo prometió a su padre, tan roja y hermosa como si estuviera hecha de rubí puro. Empresa imposible por la fisura que no puede reparar hasta ahora.

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