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Mi madre nos arropó a mí y a mis hermanos. Dos horas después, oímos gritos de su habitación; hubo muerto. Me desperté; había estado durmiendo con mis hijos.

Se oyeron ruidos. Me armé de valor y vi qué era; un ente negro encorvado sin ojos.

—¿Qué haces en mi casa? ¡Vete!

No me respondió. Llevé a mis hijos a dormir al ático. A mitad de la noche, la portilla se abrió con lentitud y nos escondimos en las profundidades de la habitación.

—Dame al más pequeño de tus hijos y no te lastimaré.

—¿Para qué lo quieres?

—Dámelo o mato a toda tu familia.

Se lo entregué y desperté; mis hijos habían tenido el mismo sueño.