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A mi querida hermana Karla:

Sé que probablemente no te llegará esta carta porque se pierda en el correo o porque no tendré suficiente tiempo para enviártela. Perdón si no describo todo de forma más profunda, pero eso tomaría más o menos más tiempo del que dispongo; debo apresurarme pues sé que está en camino y que llegará pronto. Empieza el relato.

Hace apenas media hora sucedió esto. Estaba viendo la televisión cuando recordé el cuaderno de campo de nuestra loca abuela Teresa, la que practicaba artes satánicas; para probar a su espíritu joven (ambos sabemos que murió a los veinticinco años por un supuesto demonio amigo suyo) que no existían tales cosas, agarré el cuaderno de la estantería y recolecté todos los materiales necesarios para el ritual de "invocación de los ancestros". Una vez trazado el círculo con tiza roja en el suelo, encendí las velas de alrededor y escribí en un papel arrugado el nombre de nuestra abuela. Lo repetí en voz alta y apagué las velas con un soplido; una vez hecho esto, la tiza roja comenzó a brillar intensamente, y entonces es cuando me asusté de verdad. Una voz que parecía provenir de todos los rincones del apartamento gruñó fuerte, y otras tres voces, entre ellas la tuya, hicieron exactamente lo mismo. Afónica, la primera voz dijo:

-¿Qué quieres de nosotros, humilde mortal?

Por el miedo de estar presenciando un acto satánico real, no respondí y me puse de espaldas a la televisión, que empezó a emitir estática aún desconectada. Desde detrás mío se oyó la misma voz distorsionada:

-¿Qué quieres de nosotros, humilde mortal?

Despacio, me di la vuelta a la pantalla y me quedé observando boquiabierto el rostro de una mujer joven, bella, de profundos ojos verdes y cabellera negra ondulada. Con su palidez mortuoria, su imagen imponía respeto. Unos balbuceos raros brotaron de mi boca, pero nuestra abuela Teresa no los entendió y empezó a mostrar los blancos dientes en una mueca de enfado; finalmente, aterrado por lo sucedido pero más aún con nuestro antepasado, hablé:

-Sólo d-d-d-desea-deseaba... c-c-conocer a mi querida a-a-a-abuela Teresa, que d-dedicó su vida a sus a-d-d-orados demonios...

-¿Así que soy tu abuela? Supongo que mi inútil hijo sí ha logrado algo en la vida. Aunque... fue una pena que no se dedicara a las hermosas artes de su madre.

-Sólo quería conocerla, señora, y...

-Señorita. Yo no estoy casada con nadie.

-Bueno, señorita...

En ese momento, mi mente estaba al borde del colapso y gritaría, no soportaba más esa visión. Entonces, explotó.

-¡Aaaaaaah! ¡Yo odio las artes satánicas! ¡Son artes malvadas y malditas!

Se frunció el ceño de la cara en la tele y se apagó sola, tal y como se prendió. Las luces se encendieron y el círculo se borró del piso; como si no hubiera pasado, pero no se había terminado. Las voces volvieron a resonar por la casa y me espanté como nunca antes.

-No te olvidaré... yo soy el espíritu que te acompaña por toda la eternidad. Prepárate para sufrir por haber insultado las artes sagradas del satanismo.

Quizá ya estoy loco, Karla, pero por alguna razón las palabras que escribo aún tienen sentido. Ella viene por mí, y lo sé, luego seguirás tú y finalmente los muertos dominarán la superficie; todos estamos destinados a perecer en manos de los que ya perecieron. Por favor, no te atrevas, pase lo que pase, a realizar el mismo ritual que yo.

En sus últimos momentos, tu hermano José.