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Mía tía lo había comprado, apenas lo miró en aquel bazar, la invadió una gran angustia por adquirirlo, una locura que no la hizo parar hasta que el espejo estuvo en su habitación.

El espejo era grande, creo que muy grande para un espejo, mi tío que era muy alto y robusto cabía holgadamente en el.

El marco macizo de madera fina con ribetes dorados en forma de plumaje que destellaban a la menor huella de luz lo hacían lucir elegante, pero la cabeza de buitre que lo adornaba y las cuatro patas con forma de ave de rapiña lo hacían lucir amenazador; cuando lo vi entrar por la puerta de esta casa el corazón se me estrujo y el estómago se me descompuso como cuando me subieron de pura maldad a ese juego mecánico que daba de vueltas; mas lo peor fue verme reflejado de cuerpo completo, creí que el maldito espejo me robaría el alma, entonces sí que la resistencia me abandonó y caí desmayada.

A partir de entonces decidí no acercármele , la buena suerte para mí fue que mi tía ordenó que fuera directo a su habitación, estaba ansiosa por mirarse, admirando ese cuerpo, esa cara que descomponía a los hombres cuando la veían pasar. Dicen que mi tía era muy delgada y poco agraciada, que muy joven se había casado, pero que apenas lo hizo ganó talla y carne de tal forma y en tales lugares que quedó hecha una verdadera prenda. Por eso una de sus satisfacciones mayores era mirarse, más que mirarse, admirarse de la belleza ganada y que careció cuando jovencita.

Mi tía siempre fue extraña, sobretodo no veía con malos ojos la admiración que causaba en los hombres; cuando mi tío salió de viaje, ella los pasaba a platicar a su habitación y por el ruido que hacían se notaba que se divertían mucho. Ella no se cuidaba mucho de mí, apenas notaba mi presencia, siempre arrinconada en algún lugar de la casa, lo que ella no sabía, lo que nadie sabía es que yo oía y sabía todo lo que sucedía en esta casa; por eso nadie como yo empezó a darse cuenta que las visitas de mi tía escaseaban y que por días enteros no salía de su habitación.

Una tarde sin poder contener mi curiosidad y venciendo mi miedo me asomé a la habitación. Mi tía estaba desnuda acariciándose frente al espejo, la oí ronronear de placer cuando del espejo se extendieron negras alas que la fundieron en un abrazo sofocante y caliente.

Cuando mi tía murió fue necesario derribar la puerta, yacía desnuda con los ojos abiertos alegres de placer, había perdido la carne y la grasa que la hicieron bella, estaba flaca como en sus peores años y el espejo más robusto y brillante, nadie más que yo sabía lo que había ocurrido, el maldito espejo había devorado su alma y su cuerpo.
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