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Supongo que todo el mundo ha recibido la ya clásica broma de la chica de “El exorcista”. Para quienes no la conocen, se trata de un juego que el bromista nos envía por email, en el cual hay que acercarse a la pantalla con la excusa de ver un punto rojo que es difícil de percibir a simple vista. Entonces, cuando quedamos con la nariz casi pegada al monitor de la pantalla, aparece el horrendo rostro maquillado de Linda Blair, acompañado de una música estridente que nos sobresalta hasta límites inconcebibles. Como todo el mundo, yo recibí esa broma y me dio un susto de los mil demonios.

Pero a la noche no pude dormir muy bien, y cuando desperté al día siguiente me llevé la primera sorpresa. Al mirar la hora en el celular, descubrí que el fondo de pantalla del aparato había cambiado y ahora mostraba aquella cara demoníaca, que me miraba con los ojos en blanco. Solté una maldición y por poco no dejé caer el aparato. “Maldito Gutierrez”, pensé. Era él quien me había enviado el email con aquella estúpida broma. Era un compañero de oficina y nunca paraba de hacer esa clase de chistes.

Cambié el fondo de pantalla por el anterior, que mostraba una isla paradisíaca, y luego me dirigí a la oficina. Tenía pensado decirle un par de cosas a Gutierrez, pero misteriosamente ese día faltó al trabajo y pese a que lo llamaron en varias ocasiones, nunca atendió el teléfono. 

Me dispuse a iniciar las tareas del día. Abrí la notebook, mientras me tomaba el primer café, y entonces otra vez, el rostro endemoniado de Linda Blair me sonrió desde la pantalla de quince pulgadas. Salté de la silla y algunos compañeros se rieron, pero yo a esas alturas estaba completamente furioso. Apenas terminó la jornada laboral, a las seis, me dirigí a la casa de Gutiérrez. Vivía solo, al igual que yo, aunque él se había casado y luego la mujer lo había dejado por el profesor de gimnasia de los chicos.  Golpeé la puerta pero nadie me atendió. La casa era sencilla, de tejas rojas y grandes ventanales que daban al Porsche. Estaba por retirarme cuando vi que algo se movía detrás de los cortinados blancos.

Retrocedí sobre mis pasos y traté de mirar hacia el interior, pero el reflejo del vidrio me impedía ver nada. Así que me hice sombra con ambas manos y pegué mi nariz al vidrio, y entonces fue que un rostro maligno y verde apareció del otro lado, emitiendo horribles sonidos y echando una especie de baba negra por la boca. Los ojos de aquella cosa eran del tamaño de dos pelotas de tenis y ocupaban la mayor parte de su cara. Sacó la lengua, que era tan larga como un brazo, y la pasó a lo largo del vidrio, primero hacia arriba y después hacia abajo, y luego su boca regurgitó una cantidad demencial de esa sustancia negra que casi parecía sangre coagulada o podrida. 


Se vieron unos brazos que sujetaban aquella aparición y por un momento entreví el rostro de Gutiérrez, que trataba de alejar a su hija de la ventana. Gutierrez, ya lo he dicho, era un tipo jovial que aún no había cumplido los cuarenta, pero ahora parecía un anciano decrépito a punto de morir. Retrocedí dos o tres pasos, en dirección a la calle, y me tropecé con un hombre que se había parado frente a la casa de mi compañero de oficina.

Volví para mirarlo, y vi que era un sacerdote joven, con un maletín en la mano y una cara de susto que debía lucir igual a la mía.  Salí corriendo de allí, y nunca más volví a saber de Gutierrez, aunque a veces, sobre todo en la noche, recibo un mensaje en el celular y cuando lo agarro para leerlo, me doy cuenta de que el fondo de pantalla ha cambiado de nuevo.