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Según cuenta una historia remota, por las calles de Once vaga un personaje de casi tres metros de altura que cuida a los habitantes de susodicho barrio. Este gigante "bonachón" ha salvado a víctimas de choques y ha espantado a más de un criminal, o al menos esto
Golem
es lo que narran los vecinos de Balvanera que confían en su presencia protectora.

Algunos afirman que este ser es el mismísimo Golem, un hombre artificial creado en el siglo XVI por un rabino de Praga, llamado Judah Loew Ben Bezabel. Si bien la historia oficial habla de un solo Golem, otros afirman que Bezabel creó trece de estos humanoides de arcilla y que uno de ellos llegó a Buenos Aires, de la mano de un rabino, con los inmigrantes judíos.

De allí en más, la historia se bifurca en varias versiones: algunos cuentan que antes de morir el rabino encerró al gigante en una habitación a la que nadie puede entrar, que estaría en el anexo de un hospital, en Caballito. Otros creen que vive en un callejón oculto, que podría ser el pasaje Colombo o el Victoria. De una u otra forma, hay vecinos que aseguran que el gigante le salvó la vida a más de uno.

Esta es la información que se puede encontrar en la Red, empero yo, impelido por esos rumores, y siendo mi trabajo el de un investigador a fondo de misterios y enigmas complejos, me aventuré en la región mencionada. Consideré idóneo esperar a que cerrara la noche, lo cual sucedió en un par de horas.

Vigilante, recorrí las aceras desiertas de la calle. En una de las esquinas estaba reposando un mendigo. Lo intervine al acto, preguntándole por la actividad nocturna del lugar, dejándole algunas monedas en el recipiente mohoso que ofrecía a sus pies. Él sonrió. Me dijo que sabía por qué estaba aquí. Me negué, fingiendo desconcierto. Pero él me aseguró que otros ya habían intentado lo mismo.

"Vuelva por donde vino. O lo lamentará. Él no tiene misericordia con los extraños."

"Pero de qué habla."

El mendigo levantó la mirada: "Demasiado tarde".

Crecían las sombras en torno a mí. El viento azotó las copas de los árboles con un rumor escalofriante. También yo elevé la mirada: una mano descomunal atravesaba el espacio.

¡De modo que era cierto! ¡La criatura existía! ¡Y quién sabe si no era el único ejemplar, tal como suponían otras vertientes de la leyenda! Pero no pude hilar más ideas. Me aparté violentamente, evitando la enorme mano que pretendía aplastarme, la que golpeó el suelo con fuerza vibrante. Alta era la figura, y su rostro oculto por las tinieblas, pero podía percibir sus dientes apretados en hilera blanca y centelleante.

El medigo había desaparecido. Corrí alocadamente, portando la cámara fotográfica, que había tomado algunas imágenes al azar. Al dar la vuelta, el monstruo humanoide, tal y como surgió de la nada, se había esfumado al igual que el mendigo. He caminado algo agotado, arrastrando los pies, sintiéndome a salvo. Pero por mucho que he andado, sé que estoy dando círculos. Aparecen sombras concretas, semejantes a casa y edificos en cuanto al tamaño, donde no había nada. Creo que ellos están aguardando a que me descuide para aniquilarme, me están cercando cada vez más. El espacio se reduce continuamente.

He vuelto a ver el medigo hace unos minutos, al doblar la esquina. Me hizo unas señas, sonriendo de oreja a oreja.

"Te dije que otros ya lo habían intentado".