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La niebla era densa, muy fría y demasiado blanca, tan blanca que la cordillera se sentía celosa siendo ya invierno. Los primeros días de este invierno fueron atroces, los perros ladraban por el frío, aullaban y lloraban de dolor al sentir las heladas gotas, que de no ser por la inteligencia actual del ser humano todos hubieran pensado que eran bolas de fuego, bolas que acuchillan al valiente y feroz ente que se posara bajo el cielo gris. Julieta, una chica morena, de un hermoso y largo cabello ondulado, con los ojos azules como el cielo de otros días, sintió lástima ese 21 del mes sexto pues desde el balcón de su habitación pudo ver, a los pies de un gran roble que, para desgracia las personas que quisieran un poco de secado, no tenía hojas, un gato de pocos meses de vida que tarde o temprano esta chica albergaría en su casa. Su madre no estaba, así que el gato fue un secreto hasta altas horas de la noche que era cuando mamá llegaba del trabajo, al menos, para las amargas condiciones del día, era un trabajo muy bien pagado. La madre no le puso problema, de hecho le encantó el gato, lo encontró tierno y la cautivó ese pelaje negro que a pesar de su tono opaco, iluminaba toda la casa.

Pasaron 5 días, tormentosos, la ciudad se inundaba, era imposible caminar sin mojarse, no había ningún lugar que no estuviera empapado. Julieta, durante los 5 días lluviosos no pudo ir a clases, lo que para ella era una tristeza pues sus mejores amigos iban a su escuela, pero vivían muy lejos. Y un día dejó de llover, aunque parecía que volvería la tormenta en cualquier momento pues el aire era frío, se veían solo manchas negras a lo lejos y la niebla era muy densa, ese día al fin, Julieta pudo asistir a clases, el tramo desde su casa al colegio era largo, unos treinta minutos caminando y como ese día no pasaría el bus tuvo que tomar el camino difícil, el gato la siguió y fue el mismo gato quien a lo lejos, entre la niebla, vislumbró a un hombre, el único en metros a la redonda. Cuando se acercaron más a él, el gato se sintió triste y decaído, este traía un hermoso gorro negro entre sus manos, con lindos detalles plateados y cuando al fin Julieta y el hombre se vieron cara a cara, pudo distinguir como era, obviamente no tenía menos de 60, eso es lo que pensó, pero su edad no quitaba que fuera grande, muy grande, tenía unos dientes amarillentos y casi filosos, vestía completamente de negro y parecía estar ciego.

-Niña.

Julieta lo miró pasmada y sin decir ni una palabra, el señor le dio el gorro negro que llevaba pues decía que ya no lo necesitaba, Julieta, aparte de encontrar al gorro bellísimo y espectacular, no quería ser descortés ni falta de respeto, siendo una chica que la habían criado para que nadie dijese algo malo de ella, aceptó el gorro como su mamá había aceptado al gato en casa. El señor se fue, esta chica siguió su camino y guardó el gorro en su mochila.

Comentó esto con sus amigos al llegar al colegio, todos le dijeron que estaba muy bonito, nadie hizo bromas acerca del gorro, algo un poco raro para la edad de ellos y al parecer el gato se había devuelto a la casa. Cuando llegó a casa, solitaria y fría pues su madre trabajaba, vio al gato que iba corriendo hacia un parque probablemente a cazar ratones, luego se probó el gorro, le sentaba muy bien, se veía hermosísima con aquel sombrero negro, de alguna forma se sentía poderosa al colocarse el gorro, se sentía grande y con energía. Lo dejó de lado y fue a tomar una siesta, sin duda había sido muy agotadora la jornada escolar, se lanzó cual león a su presa hacia la cama y en diez segundos ya estaba dormida. todo oscurecía y por las paredes corría la sangre, sin duda era una pesadilla pero que pesadilla, miró sus manos y vio un gran cuchillo carnicero; afilado, plateado y largo, como el canino de un dientes de sable y de la punta al mango se veía que era nuevo, muy nuevo. Se sentía como si algo la controlara, pues tenía la necesidad de andar y se movían su pies y ella no los paraba aunque quisiera. Caminó, caminó y salió de su casa, ahora iba corriendo, la niebla estaba presente, y al fondo venían una pareja de ancianos, cada vez se sentía más decaída, triste pero iba fugaz, corrió hasta llegar a los ancianos y ahí mismo en la calle, sentía como levantaba el cuchillo, tomaba a la pareja y los empezaba a despellejar, los dos pobres y tiernos abuelos no podían hacer más que callar y ver como aquella chica que les estaba acabando la vida se tornaba de un color grisáceo y sus ojos se volvían rojos, lloraba sangre y soltaba risas descabelladas, pero Julieta no podía controlarse, era ella quien estaba teniendo el sueño, pero no era ella quien tomaba el control, algo la hacía pensar que habían dos personas en su cabeza, de pronto calló al piso y todo comenzó a hacerse oscuro, Julieta no veía nada más que un color negro por todas partes, ni siquiera podía pensar, todo era oscuro e irónicamente ella estaba en blanco.

Cuando despertó, se sintió cansada de haber descansado, durmió solo 30 minutos, aún faltaba mucho para que su madre llegara así que tomó su teléfono celular, aquel que no soltaba casi nunca, el que era su compañero hacia cualquier lado que iba, llamó a Romina, quien también era su compañera de siempre, aunque ahora estaba haciendo un trabajo que le costaría dos notas en la escuela, no importa, Romina igual fue a la casa de Julieta. Romina era muy hermosa, tenía el pelo castaño y liso, unos ojos verdes muy cautivadores y unos labios pequeños pero acolchados y rojos, una voz angelical, sin duda preciosa. Cuando llegó a la casa de Julieta hicieron, al calor nostálgico de un microondas comprado hace muy poco, unas ricas palomitas de maíz y comenzaron a ver una película de terror, sobre tres asesinos amantes de la música. Ya eran las diez de la noche y aunque la casa de Romina quedaba a la vuelta de la esquina, ya tenía que irse, al salir de la casa justo venía entrando la mamá de Julieta, al irse Romina, Julieta y su mamá comieron algo de pan con jamón y queso, un queso bien derretido como le gustaba a Julieta.

Esa noche al igual que las anteriores fue fría, pero no tanto como el sueño que Julieta tendría al empezar a dormir y que la perturbaría durante todo el día siguiente. Se metió a la cama, trató de abrigarse pero no lograba el sueño, a su lado descansaba el gorro negro que tan lindo encontraba, se lo quiso probar una vez más y lo hizo, pero cuando lo hizo así como si nada, cayó rendida al profundo ocaso, comenzó a tener una visión, un sueño, sus manos se volvían negras y de dedos largos, puntiagudos y feos, sin duda se asustó, pero como en el sueño de la tarde no pudo hacer nada, alguien más estaba controlando su sueño, pero de ahí a saber quien era poco podía hacer, de hecho, nada podía hacer. En el sueño vio cómo se levantaba de la cama solo para bajar y salir de la casa, como en la pesadilla anterior sus ojos se tornaban rojos y su cuerpo gris, solo era una simple pesadilla, pensó que solo tendría que esperar a despertar, pero lo que creyó que serían cinco minutos o menos se transformaban en diez, treinta minutos, una hora corriendo por todo el barrio, caminando con el gran cuchillo carnicero en mano, Julieta ya estaba cansada y un poco asustada pues sabía, por los detalles del cuchillo, la sangre, sus ojos, que volvería a soñar lo mismo, ella, alguien y un asesinato. Y así llegó a una casa que le parecía muy familiar, entró por una ventana y subió a un segundo piso, quería detenerse para ver de quien era la casa pero no fue necesario ya que cuando entró a la primera habitación del segundo piso se dio cuenta que esta casa no era nada más ni nada menos que la casa de Romina, ella sabía que esto era un sueño pero de todas formas se sentía con miedo pues suponía que en esta pesadilla la que moriría sería Romina, y supuso bien. Romina se despertó en cuanto Julieta tomó su cara y le quitó los ojos, Julieta lloraba, pero lloraba sangre y mientras la chica gritaba:

-¡Julieta, no! ¡Julieta, no!

Julieta no pudo hacer nada por sí misma, con las manos largas y negras la tomó del cuello y la empezó a ahorcar mientras que con el afilado cuchillo la destripaba. Cuando acabó con Romina e hizo añicos cada parte de su cuerpo, volvió a su casa y se tumbó en la cama con una gran sonrisa roja por la sangre de Romina, ahí fue cuando Julieta despertó, sudando, tiritando y llorando, el sueño había sido demasiado real, pero solo era eso un sueño, una simple y tonta pesadilla. Cuando despertó ya eran las 6, así que se levantó y se vistió para ir al colegio, llamó a Romina para saber cómo estaba, pero no contestó, y no podría saber nada de ella hasta la tarde si no contestaba ahora, pues Romina, para desgracia de Julieta , no iba en su mismo colegio. Así que solo partió al colegio en su bicicleta, pues para este día ya casi no había charcos así que podía ir tranquila sin riesgos de empaparse.

Fue un largo día en la escuela, lo mismo de siempre, matematicas ¡aburridas! ciencias ¡aburridas! pero por fin llegó a casa, en las televisión la noticia de una pareja desaparecida y en los diarios el crucigrama marcado en la sección ‘’ocio’’ dónde Julieta iba solo por aburrimiento. Ya se estaba haciendo de noche y Julieta estaba muy enojada pues la noche anterior su amiga Romina dijo que la pasaría a buscar este día, pero lo que pasaban eran las horas, hasta que llegó su madre.

La madre de Julieta había tenido un día agotador en el trabajo, estaba ansiosa por llegara su casa y abrazar a su hija, pero cuando llegó a la casa, se le quitaron de inmediato aquellas ganas, pues visualizó encima de la cabeza de su hija, un objeto muy familiar. La madre miró como con desgarro aquel gorro de la pequeña Julieta, lo miró y lo volvió a mirar, y le dijo:

-Hija, acércate.

Resulta que, cuando Julieta tenía no más de un año de vida, su mamá que en ese entonces aún estaba con José, el padre de Julieta, la madre encontró exactamente el mismo gorro en una tienda de antigüedades, el dueño de aquel local la vio tan entusiasmada, se lo regaló , ella no lo podía creer, era un gorro bellísimo en una tienda normal le costaría mucho dinero, se quedó con el gorro, pero algo tenía tal, ella supuso que era algo tenía porque desde que lo consiguió no paraba de tener pesadillas, pesadillas constantes sobre que asesinaba gente, ella, se veía matando personas, tomó coraje y por muy lindo que fuera este sombrero se dispuso a tirarlo, no aguantaba las pesadillas, no podía más, pero justo cuando se fue a botar el gorro, ya era muy tarde, con ojos llorosos y manos ensangrentadas se dio cuenta que no eran pesadillas, exactamente como hizo Julieta ella mató gente y pudo comprobarlo cuando en el living de la casa vio tirado a José, oh su amado José, lo había matado. Se alteró, lloraba y lloraba, no sabía qué hacer y la pequeña Julieta la miraba y no entendía qué pasaba. Pero tuvo una idea, sabía que la iban a atrapar, pero aún había tiempo, así que tomo a la pequeña bebé, arrancó el auto y se fue, lo más lejos posible al sur, rehízo su vida y se olvidó, del suceso, no de todo pero si de lo mayoritariamente sanguinario, pero ella no contaba con el hecho de que 15 años después, la historia se repetiría, esta vez con su hija.

-¡Ahora! ¡Ahora!

Gritos desesperados se escucharon afuera, era el hombre, el dueño de la tienda y ser que le regaló el gorro, a la madre y a su hija. La madre miró y no lo pudo creer, sintió rabia, desesperación y un sentimiento de amargura indescriptible. No alcanzó a ver a su hija otra vez pues en cuanto giró la vista hacia el lugar donde estaba sentada Julieta, ya no estaba, si, estaba detrás, Julieta agarró a su madre y lentamente, con un cuchillo helado, blanco por el frío, la empezó a degollar, la mamá solo lloraba, sus lágrimas saladas caían al piso con un tono amargo, no podía moverse, el gorro le había dado a Julieta la fuerza suficiente para mantenerla quieta. Y así, inmóvil, se apagaron las luces de sus ojos, cayó al piso para quedarse allí por mucho tiempo. Julieta, con un paso lento, caminó hacia el hombre que aún estaba fuera, y que fue el único testigo de lo que había pasado. Él miró a Julieta y le puso la mano en el hombro, su sonrisa apareció de repente, de oreja a oreja, se acercó y le susurró al oído:

-Ve por más.