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Algo andaba mal, me sentía inquieta, no paraba de picarme el cuerpo, y el hambre… Había cenado más que ningún otro día pero el hambre no cesaba, me dolía la boca y la espalda. Decidí ir a urgencias.

El hambre

Cuando pisé la calle me sentí algo mejor, pero me molestaba mi abrigo, (hubiera jurado que hacía mucho más frío). Me lo quité y también el jersey de lana, así en camiseta se estaba de fábula. La poca gente que cruzaba me miraba extrañada, todo el mundo estaba tapado hasta las cejas pero yo seguía teniendo calor.

— Debo tener 40° de fiebre.

La luna era tan hermosa, no podía dejar de mirarla, resultó raro que no tropezara con algo. Un grupo de muchachos se acercó a pedirme fuego y a reírse de mí quizás…

— ¡Abuela! ¡Qué uñas más largas tienes!

— ¡Sí! ¿Son para rascarnos mejor? — Rieron todos.

—Abuelita… ¡Qué boca más grande tienes! ¿Es para besarnos mejor…? — Agregaron, aún riendo.

Después de algunas risas más me dejaron tranquila y se fueron…

No sé qué es lo que me hizo seguirles, pero incluso cuando los perdía de vista sabía exactamente por dónde se habían ido -creo que por su olor-. De pronto me sentí desfallecer -caí al suelo, creo-, no había nadie que pudiera ayudarme y yo… aullaba de dolor.

Me desperté en casa desnuda, sucia… pero sin hambre.

—Vaya, ahora soy sonámbula, debo haber vaciado la nevera….