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Era apenas una puntita verde que emergía de la tierra, pero sus ganas de vivir le hacían alzarse sobre sí
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misma,  estirarse, para procurar ver un poco más allá, le encantaba ese color indefinido del manto que se extendía sobre ella, cuyos colores variaban desde celestes, grises, hasta los violetas y naranjas, parecía que las tonalidades tenían que ver con la gran bola de fuego que se paseaba en aquel lienzo. Era tan feliz, disfrutaba de grandes placeres como ese aroma dulce y encantador que se percibía en aquel jardín y el arrullo del viento al pasar entre sus compañeras que orgullosas mostraban sus corolas encendidas y tersas, todo aquella sinfonía de olores, colores y sensaciones le llenaban de alegría.  Todo parecía tan perfecto, tan bello, lo tenía todo y sin embargo había algo que le hacía sentir cosquillitas  que le provocaban un temblor que le cimbraba el alma, ese hombre de aspecto sombrío, cuya mirada azotaba lo que veía, que irradiaba fuerza contenida, retenida, pero que a ratos languidecía, muchas veces lo vio asomarse desde el alto ventanal, mirando hacia el jardín como buscando un refugio, parecía sufrir, su soledad lo envolvía y le hacía víctima, la necesidad de afecto se hacía notar, lo veía venir, admirar las flores, las acariciaba, las aspiraba, si podía las arrancaba y las llevaba a ese lugar sombrío al otro lado del ventanal, ella se acostumbro a ver aquel ritual en el que la mirada dura se suavizaba un poco al encontrar una flor de su agrado, sus facciones se suavizaban y ella, estaba segura que el rigor de esos labios se transformaba en sonrisa, nunca lo vio sonreír, pues justo al cortar la flor daba la espalda, pero ella
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imaginaba que lo hacía. 

Cómo envidaba a sus hermanas que traspasaron el umbral del ventanal, quería crecer, para ser notada por el hombre de semblante sombrío, quería que sus pétalos tuvieran más color y que despidieran más fragancia, se estiraba... se estiraba, hasta el glorioso día que esos ojos la descubrieron, no podía creerlo, ¡por fin!, él la estaba mirando, su mirada se clavó en ella y sintió como se sonrojaba, por fortuna olía mejor que nunca, su perfume era embriagador, él se inclinó sobre ella que de emoción casi desmaya pero no podía darse ese lujo o él creería que era débil y escogería a otra, se mantuvo erguida, clamorosa y sintió como aquellas manos fuertes y grandes la toman y de un solo esfuerzo la separaron de sus raíces, fue doloroso, si, pero qué más da, ya iba en camino al misterioso sitio aquel ... era el momento, según sus cálculos era el momento de la "sonrisa", ese momento que nunca vio pero que presentía y asumía que sucedía después de que se apoderaba de una nueva flor. 

Per
Hombre Lobo
o aquel rostro no llegó nunca a esbozar expresión de alegría, a lo mucho un leve levantamiento de las comisuras de sus labios, pero la sonrisa nunca llegó hasta los ojos, la mirada seguía siendo de soledad, de tristeza, de aburrimiento. La pequeña flor se esforzó, vaya si lo hizo, a pesar de que su extremidad se desangraba por haber sido arrancada de sus raíces, sintió algo de alivio cuando fue depositada en el agua fresca del contenedor transparente, era su oportunidad de hacerle feliz, de provocar su sonrisa, de borrar las huellas de aburrimiento, cansancio, quizás dolor, pero él ni siquiera volteaba a verla, se paraba frente a la ventana con las manos en los bolsillos, mirando al vacío... 
El hombre

Ella se debilitaba, su tallo perdía fuerza, parecía doblarse, los pétalos ya no eran tersos, mostraban los efectos del tiempo desde que fue arrancada, cortada, sentía como su perfume era una especie de fantasma que se iba perdiendo en la nada... ¡ él volteo a verla ! si, volteo, que felicidad sintió nuevamente, reunió todas sus fuerzas para mostrar lo poco que quedaba de su belleza, él se acerca, su corazón late de prisa, parece que se le saldará del pecho, viene hacia ella, se estira para estar a su alcance, la toca... la toma y la arroja a un cesto oscuro frente a la ventana, flor no entiende que pasó, trata de incorporarse entre los desechos sobre los que reposa, alcanza a asomarse y ver hacia el exterior, él está en el jardín, ve como algunas de sus hermanas se estiran... suspiran, anhelan ser elegidas... cierra sus ojos, llora, llora no sólo por ella sino por las que hubo antes y las que abra después, que anhelan tener la oportunidad de hacerlo sonreír, pero ella sabe, bien que lo sabe, que ese hombre nunca sonrió...