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Los ojos iluminados

Soy Matías, tengo 19 años actualmente. Sin embargo, esta historia es de hace unos largos diez años. La mañana había empezado normalmente, fui al colegio, y regresé a casa. Mi padre se encontraba en el trabajo, y mi madre en la cocina, haciendo el almuerzo. Esperé a que me llamara para comer, para luego tomar una siesta. Aunque, no logró terminar la comida. Se tomó la cabeza, y perdió el equilibrio por unos momentos, intenté ayudarla dándole una pastilla, para que luego ella se fuera a dormir. Unas horas después, mi padre había llegado a casa.

—Mamá se siente mal, le di unas pastillas y luego se fue a dor…—no alcancé a terminar las palabras, mi padre fue a muy rápido a verla.

No sé muy bien qué pasó después, ya que fui a recostarme. Recuerdo haber escuchado repetidas veces ir y venir a mi padre por el pasillo, incluso maldiciendo entre dientes.

Los días pasaron, y la suerte no acompañaba a mi desdichada madre. Había perdido el habla, y solamente podía comunicarse escribiéndonos a través de un cuaderno.

A altas horas de la madrugada, me desperté para ir al baño. De regreso a mi cuarto, unos golpes suaves se escuchaban por el fondo del pasillo, aunque cada vez aumentaban más y más. Entré a mi habitación lo más rápido que pude. Por suerte, los ruidos solo aparecieron una vez esa noche.

Al próximo día, mi madre ahora había perdido la capacidad de escribir, solo podía dibujar. Y lo que ella mostraba en sus hojas, era perturbador, supuse que tendrían un mensaje oculto, pero en ese momento no conseguí descifrarlo. Pocos días después, ella falleció. Y mi padre se limitó a ignorarlo, pensé que él quería ser fuerte por mí. Aunque, quizás se estaba pasando…

Los días pasaron, ahora la casa estaba en su mayoría del tiempo sola. Con mi padre en el trabajo y yo en la escuela. Cuando regresé, lancé la mochila hacia un lado, el día había sido agotador. Di unos pocos pasos por el pasillo, cuando unos conocidos golpes hicieron aparición. Y venía del cuarto de mis padres. Sentí un escalofrío, y sentí que debía ignorarlo, empecé a mirar la TV. A medida que el tiempo pasaba, los golpes se hacían más y más fuertes. Tuve miedo. Mucho miedo.

Entré a la cocina, mi mano recorrió la mesada, en busca de algo para defenderme, cucharas, tablas de madera, cuchillos para untar mantequilla, pero no encontraba el de carnicero… Y allí estaba, en el medio, su gran filo parecía que me llamaba. Lo tomé, y caminé por el pasillo, los ruidos se habían detenido. Lancé una pregunta al aire.

—¿Quién anda ahí?— No hubo respuesta, y seguí avanzando. Se sentía más frío con cada paso que daba. Alguien o algo estaba cerca, y estaba viéndome. Cuando llegué a la puerta de la habitación, esta sensación había desaparecido. Miré por el cerrojo, y sin embargo, no veía nada.

Mi padre tuvo el mismo desgraciado destino que mi madre, y cayó en la misma enfermedad. Con él fui más precavido, y lo acompañé a un hospital. Lo visitaba todas las tardes, ya casi era rutina. En la noche, regresaba a mi casa. Estaba exhausto, le eché un vistazo al reloj que estaba en la mesa, vi que eran cerca de las tres y media. Pero recordé que estaba averiado, así que no le presté mucha atención.

Al día siguiente, se repitieron los hechos, cambiando que al llegar, el reloj no estaba en la mesa. Se encontraba en el medio del pasillo, y ahora estaba marcando las doce y veinte. Esto me inquietó bastante.

Lo regresé a la mesada, y dejé una cámara en frente de él, grabándolo toda la noche.

Ya al próximo día, el reloj se encontraba de nuevo en las escaleras. Al ver el vídeo, una especie de ente, movía el reloj hacia todas las direcciones, mientras las agujas se movían de forma irregular.

Estaba bastante intrigado por lo que podría pasar, además de que, si hay alguien o algo rondando por la casa... ¿Qué pasaría con mi padre?

Le ayudé a subir la pequeña escalerilla que teníamos en la fachada, que logró con dificultad.

—Hijo, perdona que te lo pida, pero… ¿Podrías dormir conmigo por algunos días? En el hospital me había asfixiado mientras lo hacía, y es mejor tener precaución…

Reloj viejo

Yo no tenía ningún problema con eso así que lo hice esa noche como a las 3:20 empezaron los ruidos tomé mi móvil comencé a grabar todo la puerta del armaria se comenzó a abrir y se vio un rostro raro eran unos ojos brillantes estatura mediana y todo negro mi padre al escuchar eso pregunto:

A mí no me molestaba, en realidad. De hecho, creo que sería mejor, así si algo pasara, podría estar con él.

De nuevo, a altas horas de la madrugada, empezaron ruidos. Eran las tres y veinte de la mañana. Tomé mi móvil, y encendí la linterna. Abrí la cámara, pero esta solo generaba estática. Me extrañó, es raro que un celular haga eso. Poco a poco empezó a divisarse la imagen de mi celular, el armario semi-abierto. Con unos grandes ojos rojos dentro, a la altura de mis hombros. Cerré las puertas del estante lo más rápido que pude. Me apoyé dándole la espalda, y sentía como rasguñaban la gruesa madera. Movía sus garras con desesperación, y cada vez más rápido.

Esto despertó a mi padre.

Casas abandono alrededor mundo38

—¿Quién anda ahí?— Cuando preguntó esto, dejó de atacar a la puerta. Esto se repitió varios días más. Hasta que mi padre se rindió, y nos fuimos de la casa. Cuando nos mudamos, la enfermedad de mi padre empeoró, yéndose a acompañar a mi madre.

Ya no puedo dormir sin escuchar ruidos extraños. Cada paso que doy, siento como si miles de miradas se me clavaran, recorrí todas las casas en las que estuve, y siempre hay alguien vigilándola. Pensé que sería problema de aquellos lugares, que estaban malditos. Pero no, es culpa mía.

El maldito soy yo.

Y yo no puedo abandonar mi cuerpo.

A menos que...