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Estaba con un amigo cercano en mi casa. Le había dicho que tenía varios juegos en la azotea y que le regalaría unos que, aunque no jugaba, estaban casi nuevos para su Xbox 360, ya que un amigo mío trajo su otro Xbox a mi casa. Para alargar esto demasiado, buscábamos varios juegos, cuando encontré uno que no tenía imagen alguna. Tenía una etiqueta que ponía «Shrek y las almas muertas»: debía de ser una versión de Víspera de Todos los Santos.

Shrek es un ogro que conoce a un burro parlante, Burro, y rescata a una princesa, Fiona. Cuando hubimos puesto el juego en la consola, Joseph, mi amigo, dijo que no se sentía bien y vomitó un líquido verde. Luego, se sintió de lo mejor. Tras veinte minutos, jugamos.

El juego empezó en el pantano de Shrek. Yo controlaba a Shrek y Joseph a Burro. De la nada, mi personaje desapareció. Joseph me dio su control. Después de haber estado avanzando en el mapa por cinco minutos, la música se detuvo y Burro cesó de andar. Cuando estaba por reiniciar la consola, oí una voz similar a la de Shrek.

—Hola, ya me conocen, pero yo a ustedes no. ¿Por qué no jugamos un rato?

Comenzó el segundo nivel en el castillo de Fiona. Mientras jugaba, Joseph desapareció: se debía de haber ido al baño. Diez minutos después de haberme percatado de ello, entré a una ensangrentada sala; la dragona colgaba de sus intestinos. Grité: Joseph apareció dentro del juego. Tras él, Shrek. Lo mordió en la cintura. Sus gritos se oyeron en toda la casa. Cuando encontramos el disco, era de día. Tras haber estado jugando durante media hora, no obstante, se había hecho de noche.

Después de haberse Shrek comido a Joseph, vomité y lloré. Me enfurecí y seguí el juego para vengarlo. Empecé el tercer nivel. Era un combate entre Shrek y el resto de personajes. Lagrimeé durante el combate contra mi amigo más cercano. Shrek lo insultó. Me enojé y le grité. Mi personaje, sin embargo, se volteó: me hubo oído. Dejé de controlarlo y combatió solo contra los demás. Después de haber estado atacando y siendo atacado por un rato, el siguiente era Joseph. Supliqué que lo sacara del juego y Shrek aceptó.

—El día de mi llegada, tu piel se volverá verde.

Al día siguiente, Joseph apareció en la puerta. Decidimos no decírselo a nadie.

Habían pasado años y nos habíamos olvidado de todo eso. Un día, sin embargo, me sentí mal; mi piel se había puesto verde. Llamé a Joseph. Había salido con su familia a Yellowstone. Contestó otra persona. Colgué y volví a llamarlo. Contestó su esposa: una cosa verde se lo había llevado. Cuando me hubo dicho que su piel se había vuelto verde, llegó con Joseph. Tras habérselo comido, me miró y me olió.

—Qué bueno que estés aquí.

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