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Bajo aquel antiguo inmueble, pasto de innumerables historias, donde el paso del tiempo ya había dejado su peculiar marca, se descubría un pequeño museo de estanterías ya ajadas, de estilo posiblemente barroco. Y digo barroco, porque su decoración era muy recargada, compleja, de madera muy oscura, donde cientos de linternas como las del siglo XIX colgaban de las paredes pareciendo luciérnagas y dando a la madera colindante un color muy peculiar; que bien de día era bello contemplarlas, pero de noche era aterrador pues los muebles y estanterías adoptaban un color pálido.

Sin embargo el recibidor no era si no elegante con bellas columnas a los laterales y con capiteles ornamentados con motivos florales, hecho que contrastaba con el interior del edificio.

Y bien os describo el lugar porque en su interior hechos insólitos ocurrían. Golpes, luces en medianoche, alarmas que saltaban sin motivo aparente eran sucesos que se daban lugar en este modesto museo de antigüedades del renacimiento y barroco. Pero a diferencia del resto de casas encantadas, estos sucesos no estaban ligados a fantasmas ni muertos de otra dimensión, si no a un misterioso teclado, concreta mente a un clavicordio francés de finales del siglo XVII, que estaba pendiente de restauración pero que no estaba expuesto. Aguardaba en un pequeño almacén lleno de polvo, quizás incluso con huellas todavía calientes de algún aristócrata del barroco francés que en un pasado no muy remoto ofrecía conciertos de cámara a sus amigos.

Si bien era bonito el paisaje de la cubierta del clave, no eran tan bonitos los hechos que tras el se ocultaban. Más de un vigilante asegura haber oído pasos en la habitación contigua al almacén, música e incluso gritos que erizaban los pelos. Pero ningún empleado nocturno a osado ni siquiera pisar el almacén, pese a que su condición física fuera excelente o su aparente psicología inamovible por cualquier falsa leyenda urbana. Lo más extraño a destacar sin embargo son aquellos dos incendios ficticios que han dado mucho material sensacionalista a la prensa, de posibles pirómanos invisibles a los ojos de una administración que no hace nada al respecto.

Para calmar tensiones, aunque se generase el efecto contrario, se dispuso de 4 cámaras en el almacenillo. Un equipo de vigilancia de red de circuito cerrado permanecía inmóvil atentos de cualquier elemento extraño y pendientes de la aparición de cualquier cosa que resultase de naturaleza sobrenatural. De hecho, los pirómanos hicieron esta vez de las suyas. Cuando uno de los vigilantes miraba una de las cámaras se percató de que de dentro del clave se estaba levantando una columna de humo muy denso que en un par de minutos hizo imposible la visibilidad de todas las cámaras, pero cuando los vigilantes iban avisar de lo que ocurría al vigilante de ronda se oyeron unos terroríficos gritos, de potencia descomunal que alertaron a todos los vecinos. Los vigilantes no lograban aguantar el dolor por el ruido y se tapaban los oídos como podían pero sus tímpanos cedían bruscamente y uno a uno fue quedándose sordo en menos de diez minutos. Cuando llegó la policía los ruidos cesaron de forma súbita, del clave apenas salia humo y el inmueble recobró la tranquilidad, pero los vecinos no.

Incidentes como este fueron cada vez más habituales, de forma que se tuvo que recurrir a un sacerdote para que bendeciese la casa, y más concreta mente el clave del almacenillo. Se le llamó un 23 de octubre, y el 25 ya estaba preparado en la sala principal para hacer su trabajo. Pasó durante un cuarto de hora por todo el museo, y ya era hora de entrar al temido almacenillo, pero cuando le tocaba entrar, abrió la puerta lentamente, asomando solo parte de su cabeza, y entró con mucha cautela, con conocimiento de lo que allí ocurría, y divisó al fondo de la sala el clave, que permanecía intacto. Cerró la puerta despacio, pero diez segundos después, se oyó un estrépito en el almacenillo y se vio al sacerdote huyendo despavorido del museo, cerrando tras sí, violentamente, todas las puertas como si algo le persiguiese.Y sin decir adiós desapareció para siempre y el almacenillo quedó sin bendecir.

Después de este incidente se contactó con un parapsicólogo que tuviese ánimos de realizar un trabajo más racional que el sacerdote y con la sangre fría suficiente como para entrar en el almacenillo. El parapsicólogo realizó su trabajo, que giró en torno al clave, y logró hallar un misterioso libro en un hueco entre la tapa del clave y las cuerdas, con apariencia informal y no muy extenso en número de páginas. Ante el asombro de todos el libro fue abierto y se encontraron escrituras en latín, al menos eso parecía, que por el desconocimiento de todos no pudo ser leído y se prestó a un estudioso de las lenguas para que lo tradujese correctamente.

Y bien que lo tradujo pues mostraba detalladamente como yo, en mi magnífica casa, tenía costumbre de introducir a mis sirvientes en el pequeño espacio que quedaba entre la tapa y las cuerdas y como yo había, ante el aburrimiento, ideado un mecanismo mediante el cual los martillos llevaban solapados unos pinchos metálicos, por lo que cada pulsación significaba un pinchazo profundo en alguna parte del cuerpo y un suplicio. Y mis victimas morían o desangradas o asfixiadas en el interior del clave entre gritos aterradores. ¿Nadie os ha dicho que el verdadero arte es sangre y sudor? Pues bien, yo hacia arte. Ahora tras el paso de los siglos mis victimas reviven una y otra vez sus suplicios, el pasado se conecta con el futuro y el futuro con el pasado. Ahora puedes ser tu la victima, la historia se repite y nunca, nunca bajes la guardia.

¿Quieres que hagamos arte?