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Gabriela es la monja mas jovial, joven y alegre del internado. Suele entretener mucho a los chicos en sus clases de teología, pues siempre suele sacar algún cuento entretenido con moraleja del cual ellos aprenden una valiosa lección. Realmente es la mas querida por todos los alumnos y a veces también les entretiene mucho cuando la ven tocando el antiguo piano que hay en la sala de música con ese aire tan  alegre que muestra al mover sus dedos por las teclas, sin embargo la madre superiora no ve con buenos ojos que se dedique tanto a este pasatiempo y deje de lado la parte espiritual. Es en una de esas tardes que la madre superiora entra a la sala de música donde se encuentra la hermana Gabriela tocando el piano frente a los chicos, se para en el umbral de la puerta y la joven monja advierte su presencia al instante por lo que concluye a la brevedad la pieza musical que interpretaba en el momento.

-Bueno, chicos…- Dice Gabriela con una sonrisa.- basta por hoy, deben ir a estudiar para el examen de mañana, no crean que se me ha olvidado.

Los muchachos entre protestas y lamentos van abandonando la sala uno por uno hasta que quedan ahí finalmente solas la madre superiora y Gabriela. Esta se acerca a la joven monja quien permanece sentada junto al piano.

-Hermana Gabriela… ¿le parece bien distraer a los chicos con la música cuando mañana hay examen?

-Solo fue por un breve momento, madre… – responde Gabriela.- no creí que fuera a entorpecer sus hábitos de estudio.

-Eso lo dirán los resultados del examen, ¿no le parece? ¿Ya se fijó en las calificaciones de la última vez?

-Sí, madre,… pero si me permite creo que no tiene relación con esto y no veo que tenga algo de malo que se distraigan de vez en cuando.

La madre superiora se queda un rato en silencio, pensativa hasta que finalmente abre la boca.

-Hermana Gabriela, hace mucho que usted prefiere venir acá a tocar el piano antes que hacer alguna labor relacionada con la comunidad. Deseo pedirle que vaya al confesionario hasta que el sol se oculte, escuchar las confesiones de los niños le hará bien tanto a ellos como a usted.

-Madre, con todo respeto…- replica Gabriela entendiendo que ella le había dado esa misión como una suerte de castigo.- creo que hoy le correspondía a la hermana Laura realizar esa labor, pero si es su voluntad… yo la acepto.

-Me alegro que acate órdenes sin objetar, sin embargo se lo pido porque la hermana Laura presentó un compromiso para esta tarde y le es imposible… o si no tenga por seguro que no la molestaría a usted…

-Entiendo, y acepto, madre.- contesta Gabriela bajando la vista.

Horas mas tarde, Gabriela se encuentra ya dentro del confesionario totalmente a oscuras y en silencio, sólo se oye el ruido de algunas aves que cantan afuera en el jardín donde poco a poco la tarde va cediendo al crepúsculo. Pasa largo rato hasta que unos pasos se oyen, lentamente se acercan pareciendo no llevar prisa y la joven monja advierte que alguien ha entrado a confesarse y se ha puesto de rodillas.

-En nombre del padre, del hijo y del espíritu santo…- dice la voz de un muchacho común del alumnado.

-Amén.- Responde Gabriela.

-Madre, he pecado…- comienza a decir el chico.- y no ha sido algo suave… tampoco es algo que me involucra solo a mí, sino también a algunos de mis compañeros.

-Adelante, hijo. Con confianza.

-Hace unas horas estábamos molestando a uno de nuestros hermanos en el patio, le hacíamos bromas y le provocábamos para ver que hacía… fue tanto nuestro abuso que él… comenzó a llorar.

-Hijo, a ti no te gustaría que te hicieran ese tipo de cosas ¿verdad? –  Pregunta Gabriela con bondad y ternura.- ¿Realmente estás arrepentido de corazón por haber obrado así?

-Sí.- contesta el muchacho.- pero ahí no acaba todo, madre… ¡por favor perdóneme!, ¡pero su llanto se hacía insufrible y no podíamos hacer que se callara!… entre todos lo arrojamos al suelo y uno de mis amigos le tapó el rostro con su abrigo, pero él se desesperaba mas y más, madre… no paraba de sacudirse y de dar patadas, comenzó a gritar, pero como su cabeza estaba tapada con el abrigo no se oía nada… finalmente no se movió más… lo matamos, madre…. Por favor… ¡perdóneme!

La joven monja quedó sin aliento, no daba crédito a la confesión del muchacho, hasta que recuperó el habla.

-Hijo, quizás les estaba jugando una broma ¿Cómo puedes estar seguro de que falleció?

-Madre,… ya lo enterramos.- dijo el chico con una voz llena de culpa y desesperación.- no respiraba, así que por miedo llevamos el cadáver a un lugar y lo enterramos… hicimos un pacto de no hablar, pero… ¡oh, madre no podía mas con la culpa!, ¡por favor, perdóneme!, ¡no me importan los otros chicos, pero por favor perdóneme a mí!

-¿Cuál es tu nombre?, ¿Quién eres?- Preguntó la monja al no poder reconocerle a través de la rejilla que le cubría en el anonimato.

-No, madre… no le diré, solo perdóneme… se lo suplico… si quiere vaya a ver el cadáver… lo enterramos bajo el árbol que hay tras el huerto…

-¿Quién eres?, dime tu nombre.- Insistió la joven monja.

Mas en ese momento el muchacho presa del pánico se levantó y salió corriendo. Pasaron unos minutos y Gabriela permanecía ahí sentada aún, pensando en lo que acababa de oír… ¿debía decírselo a la madre superiora?, ¿o debía primero cerciorarse con sus propios ojos?, producto de la angustia que atormentaba a aquel muchacho optó por lo segundo.

Aquel internado contaba con grandes sitios eriazos y áreas verdes, un mini-bosque y un huerto de hace ya muchos años, tras él se encontraba un solitario sauce llorón. Gabriela llegó finalmente a éste, que era el lugar donde se encontraba el cadáver enterrado del otro desafortunado muchacho. La joven monja se fijó que a un costado del árbol se encontraba una pala sucia, herramienta probablemente usada por los chicos. Sacando fuerzas y valor de la fuente de su fe, cogió la pala y se dispuso a cavar en la tierra suelta que había junto al árbol, la tarea le llevó casi media hora de trabajo hasta que por fin bajo la tierra y el polvo vio un pedazo de tela correspondiente al uniforme de los alumnos. Se agachó y con sus manos comenzó a quitar la tierra de forma desesperada hasta que con una singular mezcla de confusión y de horror pudo comprobar que lo que estaba enterrado ahí no era un muchacho, si no un simple y sucio muñeco de género.

-¿Pero qué ocurre?…- Se preguntó la joven monja retrocediendo espantada y de pronto unas risitas llegaron a sus oídos.

Gabriela, profundamente afectada ante tal acontecimiento no oculta su asombro ante esta cruel broma de la que ha sido victima, ¿cómo un muchacho podía siquiera atreverse a llevarla a cabo? Una helada y fuerte brisa mueve la copa del árbol y levanta algunas hojas del suelo, la joven monja observa a su alrededor, sabe que no está sola, pues ha hace un momento logró oír unas risitas que se ahogaron rápidamente. Intentando controlar sus nervios deja la pala junto al árbol, se limpia las manos y vuelve a toda velocidad al internado. Una vez adentro, va directo al confesionario donde pide a Dios por el chico que le ha jugado aquella broma de mal gusto, terminada la oración se queda nuevamente en silencio esperando a que pase la tarde. No pasa mucho rato hasta que nuevamente alguien entra al confesionario y se arrodilla junto a ella.

-En nombre del padre, del hijo y del espíritu santo.- Dice la voz del mismo muchacho que momentos antes había ido a confesarse.

-Amén.- Responde Gabriela en medio de un suspiro, en su interior advierte que el chico viene a buscar perdón por la cruel broma.

-Madre, ya se qué ha pasado… fui a ver el lugar donde enterramos el cadáver de nuestro compañero y había un muñeco en su lugar, apuesto a que usted cree que la estoy engañando, ¿no es verdad?

-Dime quien eres…- contestó la joven monja de forma enérgica.- ¿Felipe?, ¿Roberto?

-Madre, le pido perdón por lo que ocurrió.- volvió a insistir el chico.- uno de mis amigos lo movió y puso al muñeco en su lugar, pues al parecer sospecha de que yo le estoy delatando, el cadáver lo han ocultado esta vez tras la pequeña cabaña del huerto, bajo una manta color azul.

-Dime quien eres… es la última vez que te lo digo…

-Madre, no puedo aún, por favor vaya, porque planean quemarlo… ¡por favor!, ¡se lo suplico!

Acto seguido el muchacho sale corriendo por segunda vez dejando a Gabriela abandonada por completo a la incertidumbre. Pasan unos instantes en que la joven monja reflexiona sobre lo que está ocurriendo y opta por ir a chequear nuevamente, si resulta ser falso, lo comunicará a la madre superiora.

Con el atardecer de fondo, se puede apreciar la figura de Gabriela caminando por sobre los montículos de tierra que hay en aquel huerto, a la distancia puede comprobar que se encuentra la cabaña donde se guardan las distintas herramientas de jardinería, y tras ella seguramente el cadáver de uno de los alumnos de aquel internado. La joven monja rodea la cabaña hasta llegar a la parte trasera y al instante divisa una gran manta azul que cubre un bulto. Lentamente Gabriela se aproxima a un extremo de la manta hasta arrodillarse junto a ella, la fría brisa golpea esta vez con más fuerzas como si intentara detener su mano que se aproxima para descubrir lo que hay debajo.

La joven monja siente náuseas y se aparta, el cadáver del perro degollado que hay bajo la manta azul debe tener ya sus buenas horas, así lo sugieren la multitud de gusanos que se daban un festín en su vientre. Horrorizada, Gabriela retrocede unos pasos sin comprender aún el grado de atrevimiento de este chico por jugarle esta clase de bromas, sin duda merece expulsión. En ese instante unas risitas llegan a sus oídos.

-¡Han sobrepasado los limites!.- Dice Gabriela haciéndose oír antes los chicos que según ella podían estar escondidos cerca.- ¡esto es expulsión directa!… ¡yo nunca les he hecho nada a ustedes!, ¿porqué?, ¿porqué me hacen esto a mí?

De sus ojos brotan unas lágrimas producidas por el dolor que siente su corazón, ella siempre ha procurado enseñarles bien a los alumnos y ganarse la simpatía de todos ellos, ¿por qué le hacen esto entonces?, llora por la crueldad de mentes tan infantiles aún y que la hieren de forma tan injusta. Ya casi está anocheciendo y Gabriela vuelve al internado caminando a toda velocidad mientras limpia sus ojos, una vez adentro oye que una voz le llama:

-¡Madre!…- le dice Roberto, uno de sus alumnos quien la esperaba en una de las bancas.

-Voy donde la madre superiora, has pasado todo límite…

-¡No, madre! ¡Escúcheme! – Le ruega el muchacho casi arrojándose sobre ella para tomarla de sus vestidos.- ¡Le han llevado a la sala de música, para quemarle en la antigua chimenea!, ¡debemos impedirlo!

-No te creo nada.- Contesta Gabriela entre sollozos.- déjame pasar que voy donde la madre superiora.

-¡Por favor, madre!, ¡debe creerme! – dice Roberto nuevamente.- ya saben que les estoy delatando y van a quemar el cuerpo, ¡no hay tiempo, debemos detenerles!

La joven monja y Roberto bajan hacia las lúgubres instalaciones ubicadas en el subterráneo del internado, lugar en el que se encuentran distintos cuartos llenos de muebles y cosas ya antiguas, y también donde está el cuarto de música con el gran piano. A medida que caminan por el pasillo, Roberto se va retrasando cada vez más en sus pasos dejando que Gabriela avance y se adelante. La joven monja abre la puerta del cuarto de música lentamente a la vez que observa al muchacho, quien se muestra un poco nervioso apoyado mas atrás en una pared del pasillo.

-Debe estar ahí… – dice Roberto tragando saliva.-… el cadáver…

Gabriela termina de abrir la puerta por completo y no ve nada fuera de lo normal, adentro está el enorme piano antiguo como siempre, los viejos cuadros apoyados en una de las paredes, la enorme chimenea que por lo que se ve nadie a encendido al menos desde el invierno pasado, todo tal cual siempre ha estado. La religiosa retrocede por sus pasos y sale nuevamente al pasillo, ahí observa nuevamente hacia donde estaba Roberto, pero esta vez comprueba que se le han sumado tres muchachos más. En sus manos traen cuerdas y uno de ellos dos enormes cuchillos.

-Bueno, hermana – dijo uno de ellos adelantándose un paso.- el juego ha terminado, nadie la oirá desde aquí, así que ¿Por qué no es buena y nos enseña esas cosas que a los chicos nos encanta?

Gabriela retrocede bastante asustada, no desea perder el control para no parecer débil, pero esta muy asustada.

-Si se retiran en este instante…. Estoy dispuesta a olvidar todo esto que han hecho.- dice Gabriela.

-Mmm… ¿y si nos quedamos? – vuelve a preguntar el muchacho levantando uno de los enormes cuchillos.

-Jovencitos… – vuelve a decir la joven monja intentando con mucho esfuerzo que su voz no se quiebre.-… están a punto de meterse en un lío muy serio…

En ese instante los chicos avanzan unos pasos hacia ella quedando a menos de dos metros de distancia.

-Hermana, todos fantaseamos con usted… sea buena y enséñenos, ¿quiere?

Acto seguido los tres muchachos se arrojan sobre ella, pero Gabriela retrocede rápidamente y se encierra en el cuarto de música. Los tres adolescentes intentan entrar dando golpes y patadas, pero la joven monja no cede y presiona con fuerza la perilla de la puerta para que esta no gire y permita el acceso de quienes desean abusar de ella. Luego, apoyando su espalda en la puerta intenta estirarse hasta  alcanzar un mueble lleno de libros que arrastra hasta posicionarlo contra ella. La barrera funciona, pero quizá no por mucho tiempo por lo que se dirige hasta un enorme y pesado ropero antiguo ubicado en un rincón para arrastrarlo y ubicarlo tras el mueble.

Los muchachos comienzan a desistir de sus intentos por entrar al cuarto.

-Roberto… ¿Qué haces allá acurrucado? ¡Ven a ayudarnos! – dice uno de los adolescentes a Roberto quien permanecía lejos del ajetreo, visiblemente arrepentido y afectado por haber participado en esta emboscada.

-Me voy… no seguiré con esto.- dice el muchacho poniéndose de pié.

-¿Eh?, ¿de que hablas?… ¡tú también fantaseabas con ella, así que no te hagas el tonto!

-Pero, Felipe… ¿no te das cuenta?… ¡es la hermana Gabriela!, ¡la única que nos enseñaba cosas buenas y del corazón en este internado!- explica Roberto con mucha angustia.- siempre se preocupaba por nosotros, de que nos entregaran nuestros libros en la biblioteca… a ti, Felipe que hasta te enseñó a tocar el piano ¿ya no recuerdas lo buena que ha sido con nosotros?

Felipe se queda en silencio por un instante, reflexionando, y finalmente cae en cuenta de lo que ha hecho. Luego observa a los otros dos muchachos que le secundaban y les hace un gesto de “se acabó”.

-Bueno, creo que ya estamos fuera de este internado… nos expulsarán y nuestros adinerados padres nos reubicarán en otro lugar tanto o mas cómodo que el que hoy abandonamos… -Dice Felipe emprendiendo el regreso a la parte superior del internado.

Roberto observa a Felipe con mucha rabia, sin comprender la falta total de humanidad que hay en este último, mas guarda silencio y les acompaña a esperar en sus habitaciones a que Gabriela luego salga de aquel cuarto de música y cuente todo lo ocurrido.

Pero el destino es extraño…, vaya que sí lo es.

La joven monja, ajena a la conversación del pasillo se encontraba sentada en el piano, aguardando en silencio, reflexionando sobre cómo lidiar ante la horrible situación hasta que finalmente optó por esperar. Sin embargo como el pánico ante lo vivido le impedía siquiera asomarse al pasillo, el sueño y el cansancio fueron ganando terreno en su organismo, a medida que avanzaba el tiempo finalmente Gabriela se durmió. Al cabo de unos minutos la enorme tapa del piano antiguo se vino abajo… decapitándola.

La conmoción en el internado fue enorme, una tragedia que a primeras luces se vio como un fatal accidente, pero habían dudas sobre el porqué de la puerta obstruida por los muebles, por lo que las autoridades optaron por investigar el caso a fondo. Los adolescentes, incluido Roberto, acordaron guardar silencio pues la oportunidad de salir ilesos de todo este terrible embrollo irónicamente pareció “venida del cielo”. Pero, Roberto, el más sensible de todas las almas de aquel internado, fue poco a poco consumiéndose en su propia culpa. El muchacho, enamorado de la joven monja vagaba de un lado a otro, a veces también se perdía y se iba lejos a llorar amargamente, sus calificaciones bajaron de forma considerable y en su cuaderno solo escribía el nombre de la religiosa fallecida, parecía que no había remedio alguno, así que luego de haber intentado ayudarle con los medios psicopedagógicos propios del establecimiento, decidieron llamar a sus padres.

Fue por aquellos días que el adolescente terminó por volverse loco, una tarde en la que mientras vagaba por  los lúgubres pasillos del internado oyó a Felipe tocar la melodía que Gabriela gustaba de tocar desde la sala de música, pero cuando fue a verle, se encontró con la horrible sorpresa de que no era su compañero de clases, sino la siniestra aparición de una monja sin cabeza que tocaba el antiguo y enorme piano a la luz del fuego de la chimenea.


Autor: Marcelo Carter
Fuente: HistoriasTenebrosas.com | El misterio del internado