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En el 2007 me invita una buena amiga a su casa para platicar, ella estaba recién divorciada y tenía dos hijos, Erick de ocho años y Luis de seis. La propiedad está ubicada en la colonia Agua Azul, cerca de una rotonda. Por cuestiones de identidad solo mencionaré el primer nombre de los dos hijos.

Ese mismo día la noté algo incómoda y al parecer acababa de regañar a su hijo mayor. En fin, no le tomé importancia ya que no acostumbro a opinar sobre la vida familiar de la gente. Le pido agua y me indica que la acompañe a la cocina, me siento a un lado de ella, y noto un rasguño grande en su brazo.

Al querer cuestionarla por eso, me interrumpe y me dice que tiene que contarme algo, que no la juzgue de loca y que le ayude. Su hijo más pequeño se acerca muy contento y agitado a pedirle leche, sin voltear a verlo se lo da, y Luis se retira. Por fin nos quedamos solas en el comedor, ya sentadas y yo con la expectativa de lo que quería decirme.

Ésta es la historia relatada por ella:

Hace tres días me encontraba preparando la comida, desde aquí (el comedor) puedo ver el patio para estar al tanto de mis hijos cuando juegan. No me gusta estar gritando que vengan a comer, pero Luis a veces se tarda mucho en sentarse. Yo veía a Luis jugando con alguien a la pelota en el patio y supuse que era Erick. ¿Por qué supuse?, porque Luis pateaba la pelota y sin moverse alguien se la regresaba, pero a ese alguien podía verle.

Entonces le grito una segunda vez, Luis voltea y me dice “–Ya vamos –“. Mi duda estaba aclarada, era Erick quien se encontraba con él. Lo extraño era que Erick venía del baño con las manos lavadas y dispuesto a sentarse en el comedor. Me enojó, sobre todo porque mis hijos no tienen permitido meter a nadie a la casa sin mi permiso. Apenas iba a gritarle a Luis, cuando entra del patio.


Sumamente molesta le pregunto -¿qué hacías?-

Él me responde –Estaba jugando con mi amigo-

Mi duda creció -¿Cuál amigo? Ya sabes que no puedes meter a nadie sin permiso… –

-No mamá, mi amigo bajó del árbol… a él le gusta volar…