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En los costados de la ruta se congregaban las tinieblas. Damián conducía su vehículo por esas soledades. Por momentos, la luna apartaba las nubes, y gran parte de la desolación del paisaje se mostraba, y las sombras huían hacia los árboles, o quedaban tras rocas inmensas. Pero la luz triunfaba poco tiempo, y las sombras se apresuraban para cubrir todo.

Frente al vehículo se extendía monótonamente la ruta iluminada por los faros, se sucedían carteles indicadores, mojones, y las interminables líneas blancas.

Repentinamente Damián pisó el freno a fondo, se fue hacia adelante bruscamente y casi se golpeó la cabeza con el volante. En esa acción cerró los ojos un instante, y al mirar hacia adelante nuevamente, lo que lo hizo detenerse ya no iba por el costado de la ruta. Había visto caminando por el borde a un niño muy pequeño, a un bebé, pero, ¿dónde estaba ahora? ¿Realmente lo vio? Como iba en su misma dirección no logró ver su rostro, pero con aquel tamaño solo podía ser un niño pequeño.

Damián después pensó que no podía ser, ¿qué iba a estar haciendo un niño solitario en un lugar como aquel? Pero al pensar que por allí podría haber algún auto siniestrado, se bajó con una linterna y comenzó a buscar. Iluminando los pastos buscó largo rato, pero no halló nada.

No quería marcharse, “Y si realmente es un bebé”, pensó, mas al hacerlo surgió la otra posibilidad: “¿Y si era una aparición o algo peor?”

Volvió a su vehículo y siguió conduciendo. Un poco más adelante creyó escuchar una risita apagada, en el asiento de atrás. Al acomodar el retrovisor le tembló la mano. No logró ver nada, solo el asiento vacío.

Ahora Damián deseaba llegar cuanto antes a algún lugar. Ya pensaba detenerse y esperar el amanecer fuera del auto cuando vio que otro vehículo se le acercaba por detrás.

Por lo menos ahora no estaba del todo solo. Las luces del otro auto inundaban la parte trasera del suyo. Tras unos kilómetros, en una recta el otro se abrió hacia la izquierda, lo iba a sobrepasar. Al pasar frente a él vio que el otro conductor le hacía señas para que bajara la ventanilla. La bajó y el otro le gritó:

-¡Señor! ¡Su hijo va parado en el asiento de atrás! -y aceleró y lo pasó.

Damián quedó lleno de terror. Había algo detrás de él y no era un niño. Ya no podía conducir así.

Quiso bajarse sin mirar el retrovisor, pero fue inevitable, y allí estaba, un ser pequeño y horrible de cara avejentada y sonrisa maligna.

Salió del auto lo más rápido que pudo. Se mantuvo como a cincuenta metros del auto hasta que amaneció. Con el sol ya pegando fuerte en la ruta se acercó a examinar. Estaba vacío.

Supuso que aquello se había retirado al amanecer.

Finalmente llegó a su casa y se acostó a dormir, rendido de sueño. Durmió toda la tarde. Despertó cuando ya estaba de noche.

Cuando se encontraba pensando en levantarse para comer algo, de repente escuchó una risita apagada. Su terror fue aún mayor que en la ruta. Mas un instante después se dio cuenta de que venía de afuera.

Al escuchar que su vecina llamaba a sus hijos para cenar, suspiró hondo y se sonrió. Seguramente la risa era de uno de los niños de al lado.