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Abrí la puerta y, supuesto que no vi a nadie, grité. Necesitaba ser atendido, pero mis gritos hacían eco y dejaban silencio. Las bombillas estaban apagadas. Según parecía, habían reventado.

Pensándomelo dos veces, comencé a correr por un pasillo, ya que, al fin y al cabo, tenía que ser atendido. Los pasillos se curvaban, subdividían y estrechaban. No obstante, todos eran muy similares. Probaba suerte con todas las puertas que veía intentando abrirlas, pero todas estaban cerradas con llave.

Me empezaba a cansar de correr. La luminosidad descendía cada vez más. De un momento a otro, no pude más. He perdido tanta sangre que ahora solamente puedo gritar y esperar que alguien me rescate de la oscuridad de este pasillo de hospital.

Pasillo 3