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Hace unos años atrás, en un pequeño pueblo llamado Sengaball, habitaba una numerosa familia la cual hace dos meses había perdido al menor de todos los hermanos a causa de una terrible neumonía que no se logro detectar a tiempo.

El más afectado fue Martín, quién en el momento del velatorio, se marchó en su bicicleta al centro de la urbe porque no toleraba el hecho de que su hermano no estuviese con él. Angustiados, no tardaron en encontrarlo gracias a las marcas de fango que las ruedas de su bicicleta dejaron por la fría y húmeda carretera.

"Cariño, sé que estás triste por lo de tu hermano pero... créeme que saldremos adelante, no te preocupes." - dijo su madre con el típico tono maternal mientras lo abrazaba.

Pasó un tiempo desde la pérdida de la familia Evans en donde todo volvió a estar en serenidad. A las 12:00 a.m, Martín estaba a punto de acostarse, pero se detuvo al oír un llanto afuera de su habitación, el cual era proveniente del pasillo. Él no le dio importancia pues podría haber sido cualquiera de sus hermanos pequeños.

No pasaron muchos minutos para que percibiera otro lloriqueo derivado desde la habitación de al lado, la cual, había sido la pieza del menor de los hermanos, del hermano fallecido.

Le resultó extraño, ¿habrá entrado Lucas? Ese pequeño siempre hacía de las suyas con tal de tener algo a cambio pero, ¿porqué lloraba?

De pronto, ya no se escucharon más gemidos; Se encaminó a la habitación y por cada paso que daba, escuchaba lo que sería una conversación, pero sólo logró escuchar pequeñas frases: - "¿Te dolió mucho?", - "No, casi ni sentí".

Al abrir la puerta, contempló a Lucas hablándole a la cuna de su hermanito difunto, entonces fue ahí en donde todo ya le resultaba de por sí, extraño. Si él no era el que estaba llorando, ¿quién fue?.

"Lucas, ¿con quién estabas hablando?" - dijo Martín, frunciendo el ceño ligeramente.

"Con él, ¡está aquí!" - susurró el niño para no despertar a sus padres.

"¿Quién..." - fue interrumpido, a causa de un escalofrío que sintió en su nuca.

Volteo lentamente, el corazón le latía mucho, frente a sus ojos... estaba él.

"Hola Martín, ¿me extrañaste?" - sonrió el pequeño.
Llanto