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Dicen que el infierno es algo terrible, pero muchos desconocen los inframundos en los que se divide este: aquellos que llevan la sangre y el dolor a un nivel más allá del conocimiento humano. Adrián, protagonista de esta historia, nunca pensó en esto. Él era un joven como los que todos conocemos: divertido, carismático y un tanto enojón. Pero lo que pocos sabían de él era su gran problema: celos enfermizos.

Asesinato

Tenía una novia llamada Viridiana. Ambos eran una pareja feliz, envidiable, pero... todo cambiaría. Un día, ella lo engañó con un hombre del que poco se sabe ahora. Adrián se enteró por sus propios medios y sin medir las consecuencias, tomó un cuchillo y tomó rumbo en su auto a la casa de su amada...

Al llegar, Viridiana actuó como se le era costumbre, recibiendo a su novio con emoción sin saber que sería la última vez que vería la luz del día. Él hizo algo diferente. Mostró sus cuchillo junto a sus lágrimas teñidas de rojo por la ira, por el engaño; ella no entendía lo que pasaba, pero supo que debía correr. Huyó mientras los sollozos descontrolados y desgarradores de su amor la perseguían, hasta quedar acorralada por cometer el error de esconderse en su habitación. Entre la oscuridad, él habló:

- Las hojas de los árboles se han marchitado ya; ¿es esto indicio de que he perdido el cielo?

Ella no entendió el porqué de esta frase, y tampoco le dio tiempo de entender. Adrián degolló a la chica instantes después de hablar, y no sólo eso; con la idea de cometer un crimen perfecto, procedió a cortar el cuerpo en pedazos, lo más reducidos posibles. Metió los restos en una bolsa de basura y llevó todo en su auto hasta el basurero, pensando que así, el olor del cadáver al pudrirse se confundiría con el e la basura.

Al regresar a su casa, el ahora asesino no dejaba de oír la cantarina voz de su amada en sus mejores momentos; el remordimiento le atacó apenas la ira fue disipada con aquel acto irreversible. Destrozado, arrepentido, buscó entre sus pensamientos la solución de los cobardes como él: el suicidio.

Así fue como se cortó las venas con el mismo cuchillo que usó para dar fin a su amada, esperando una muerte lenta y dolorosa que de hecho, no tardó en llegar.

Pero fue su muerte, no su fin. Abrió los ojos de nuevo. Estaba en un lugar horrible, con el sufrimiento como oxígeno en el aire, con el dolor como gritos en el viento. Delante de él, un río enorme del que venía un canto cansado y viejo, viajando en una balsa. El balsero se detuvo ante él, exigiéndole una moneda para llevarlo al otro lado. "Estoy muerto, no tengo nada" fue la respuesta de Adrián. El viejo soltó una suave risa, y le dijo:

Es este el río Estigia, aquel de las almas suicidas y avaras. He de suponer que eres uno de ellos, muchacho, pues sino, ¿por qué no traes la moneda que Dios da a los bienhechores para que crucen el río y lleguen al cielo o a los campos elíseos? Moriste joven, escogiendo para mi lástima el camino del sufrimiento eterno. Me voy, pues no tengo qué hacer contigo. Tu destino es revolcarte en el fondo de ese río por el resto de esta eternidad y de las que le siguen, desollado por las aguas una y otra vez...

Al oír su cruel condena, Adrián rogó por una última oportunidad para escapar del sufrimiento; estaba arrepentido, decía, por lo que el balsero le dijo que había una solución, pero que dudaba que sirviera. Adrián accedió a hacerlo que fuese, por lo que el viejo acercó su mano a su pecho y sin previo aviso, arrancó su corazón.

Si tu corazón pesa lo mismo que una pluma, será sinónimo de pureza y arrepentimiento; te llevaré conmigo entonces. Si no es así, sufrirás por tu castigo.

Y así, el corazón fue pesado. Adrián sintió la alegría invadir su cuerpo mientras la balanza se mantenía igual, y sus lágrimas de arrepentimiento se secaron mientras un destello de burla sobresalía de sus labios por haber superado la condena más grande y salirse con la suya.

Pero fue ese pensamiento el que movió la balanza ante el peso de su pecado. Ocasionó una mirada severa de parte del balsero, quien momentos después mantuvo su ceño imperturbable mientras el joven se retorcía entre los demás culpables en las aguas del Estigia, gritando ahogado entre su sangre, sus lágrimas y las aguas que rasgaban su piel.