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Puede que muchos de ustedes me recuerden por haberles avisado hace poco más de un año aproximadamente sobre los Reyes Mago, los auténticos Reyes Magos. Como ya dije era imposible escapar de ellos…, hasta ahora. Les contaré lo acontecido desde que se aparecieron en mi casa aquella noche.

Tras terminar de narrar mi historia frente al ordenador, estaba aterrado. Lo había encendido nada más desapareciesen esos demonios, y me había puesto a contarlo todo desde el principio, con el propósito de avisar a la gente sobre los Reyes Magos, esperando que me creyesen.

Era muy tarde, no podía conciliar el sueño. Estaba muy asustado, y la oscuridad de mi cuarto era absoluta. No se oía ningún murmullo, tan solo el fuerte viento que sonaba fuera, en la calle. De repente, oí algo cerca de mí, algo semejante a un murmullo, un murmullo apagado.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, y se me erizaron todos los pelos de mi cuerpo. Sentía la presencia de alguien en mi cuarto, o de algo… Mis dos hermanos dormían conmigo en mi cuarto, seguro que serían ellos, que estaban despiertos e intenté relajarme, pero lo volví a oír. Esta vez eran… ¿tres murmullos? Sonaban demasiado cerca de mí. Eran los Reyes. ¡Habían vuelto!

Me levanté de la cama de un salto, arrojando mi almohada donde había creído oír los murmullos y la oí chocar. Encendí la luz. Mi almohada yacía en el suelo junto a mi armario, y mis hermanos, en la cama-litera del otro lado de mi cuarto, dormían tranquilamente. Y a excepción de ellos y yo, no había nadie más en la habitación. Esta vez oí una risas en mi cabeza, y noté el frío y putrefacto aliento de alguien tras de mí.

- No te creas que te has librado de nosotros chaval… Volveremos…

Y otra vez la profunda y demoníaca risa.

Desperté bañado en sudor. Todo había sido un mal sueño, una pesadilla. Aquello me indicó que los Reyes Magos volverían por mí. No estaba seguro de cuando, pero suponía que me quedaba un año hasta que regresasen, el próximo 5 de enero.

A los dos días siguientes empezaron de nuevo las clases, el segundo trimestre… Volví a ver a todos mis compañeros, mis amigos, mi novia… Volver a verles a todos me reconfortó, pero no podía dejar de pensar que me quedaba únicamente un año de vida… Un año en el que tendría que hacer todo lo que no haría… Pasé el resto del día sumido en una profunda tristeza. Todo el mundo me preguntaba que me ocurría. Les decía que no era nada, pero no me creían e insistían. No quería que se preocupasen.

Todos los días me parecían iguales. Me levantaba siempre bruscamente, aterrado por una sensación inhumana de ser constantemente observado por esos seres, que una y otra vez me recordaban que mi hora llegaría dentro de poco, el mismo día de reyes, que era cuando yo suponía que atacaban. Me matarían, a no ser que lo hiciese yo antes.

No soportaba la terrible sensación de levantarme todos y cada uno de los días bañado en sudor y con un miedo a atroz a quedarme dormido y a lo que en mis sueños pudiese acontecer. Me acostaba siempre con una luz encendida, y permanecía en un estado de vigilia, entre el sueño y la vida.

Mis padres me llevaban al psicólogo todos los días, pero nada se podía hacer. Mis amigos me encontraban raro últimamente. Mi actual novia, Sara estaba muy preocupada por mí, pero como ya he dicho, nada se podía hacer…

Todos y cada uno de los días que me despertaba de una pesadilla, me planteaba la idea de acabar con todo de una vez por todas, de coger un cuchillo y clavármelo en un sitio mortal que me produjese una muere rápida e indolora, u otras cosas mucho peores, pero al final, todas las ideas las descartaba, no solo por la infinita tristeza que sentirían mis padres, mis amigos, Sara y también porque habría dejado que los reyes ganasen.

No podía dejar que eso ocurriese… Tenía que haber alguna manera de detenerlos. Y fue entonces, después de hablar con el psicólogo y de estar con Sara, una idea fue tomando forma en mi cabeza. Recordé algo de lo que me dijeron, una pregunta que me hicieron repetidas veces, tanto Sara como el psicólogo más de una vez, pero que me pareció una tontería: ¿Ha habido alguna cosa, por mínima que fuese, que se haya repetido durante todos los años?

Siempre respondía que no, pero recordé, recordé algo: todos y cada uno de los días de reyes siempre había un regalo que llegaba un poco más tarde, que me encontraba siempre encima de mi cama por las noches, que mis padres parecía ignorar por alguna extraña razón. Un carísimo regalo, que siempre había querido y que mis padres no me compraban por falta de dinero.

Y siempre, siempre había una nota que decía: “Disfrútalo… Mientras puedas…”. Ahora sé que era de los Reyes, pues me recordaba a la primera nota que me encontré cuando era niño, la noche en la que tuve mi primera pesadilla con ellos, pues estaba escrita con la misma caligrafía perfecta. Y entonces pensé: "los Reyes Magos siempre me han traído lo que yo quería, para que lo disfrutase el poco tiempo de vida que me quedaba".

Podía parecer una idea estúpida, pero que podría resultar, y la puse a prueba nada más llegar a casa. Cogí un folio en blanco y comencé a escribir la carta a los Reyes Magos:

Queridos Reyes Magos

Habéis estado torturándome durante mucho tiempo. Ha llegado el final. Cuando llegue el día de reyes, como último deseo, quiero que desaparezcáis.

La carta era un poco escueta, pero dejaba claro lo que quería. Si todo iba como yo pensaba, los Reyes obedecerían… Lo malo empezaría, si mi plan no funcionaba. Entonces sí que no habría escapatoria posible.

Los días fueron pasando, y llegó fin de año, y empezó mejor de lo que me esperaba. Los Reyes no habían vuelto a dar señales de vida. Eso podría considerarlo un buen augurio o… que podría ser la calma que precede a la tempestad. Solo faltaba esperar, y esa noche llegó antes de lo que me esperaba, pero estaba preparado.

Cuando mis padres se acostaron me levanté, ya de madrugada y me dirigí hacia el salón y me senté junto al árbol de navidad y encendí sus luces. Y allí volvía a estar yo, como hace un año, solo que esta vez estaba preparado para lo que se me viniese encima, allí, sentado en el suelo, completamente a oscuras, exceptuando las raquíticas luces del árbol, pero mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y podía vislumbrar el salón. Me proponía pasar allí el tiempo que fuese necesario. Y esperé… y esperé.

La espera se me hizo larga, y ya cuando estaba a punto de caer dormido, parpadeé… solo fue una milésima de segundo y allí volvían a estar. Esos Reyes Malditos que no paraban de torturarme. Al verles me invadió una oleada de terror, pero intenté calmarme, y les miré a la cara. Esta vez no tenían su inusual sonrisa. Me miraban con odio. Podía leérselo en el rostro. Reuní el valor suficiente para decirles:

- Si recibisteis mi carta, creo que he dejado claro mi último deseo.

No dijeron nada. Seguían callados, mirándome fijamente. Seguí hablando: "Desde que aparecisteis por primera vez, siempre me habéis traído lo mejor para que disfrutase el tiempo que me quedaba. Ahora, como último regalo antes de morir, quiero que desaparezcáis".

- Es cierto, chico… Estamos obligados a obedecer. Has sido una espina clavada en nuestro costado durante mucho tiempo ya.

Fue entonces cuando ocurrió. Los Reyes Magos levantaron sus brazos al mismo tiempo hacia arriba y un fogonazo de luz iluminó todo el salón. Me tapé los ojos, y todo se volvió negro.

Desperté en mi cama. Me dolía un poco la cabeza, y al incorporarme recordé todo lo que había pasado en la noche anterior. No estaba muerto. Estaba vivo. Ya no tenía esa sensación de terror que constantemente me acosaba.

Me levanté de la cama con una sonrisa y me dirigí hacía el salón. Había regalos bajo el árbol, y sus luces seguían encendidas, como las dejé yo anoche. Esos regalos eran sin duda de mis padres, los auténticos Reyes Magos.

Han pasado ya dos semanas desde aquella noche, y por primera vez desde hace mucho tiempo me siento a salvo, y ahora mismo me arrepiento de haber dicho que no había forma de librarse de los Reyes Magos, cuando sí que hay una, que es la que acabo de narrar y...


A la mañana siguiente, llegó la ambulancia, las autoridades y algunos detectives a aquel piso en el que vivía una familia compuesta por unos padres normales, con unos hijos, dos niños y un adolescente, aunque a ese pobre joven se lo encontraron muerto en su cuarto. La causa aun es desconocida, y aunque estaba ahorcado en su misma habitación, no se trataba de un vulgar suicidio, sino que era lo más parecido a un homicidio.

Tenía un corte brutal en el vientre por donde se dejaban entrever sus entrañas. En el suelo, debajo de donde yacía ahorcado el joven, había un charco de sangre con algunas vísceras a su alrededor. Lo realmente aterrador era que este joven estaba ahorcado con sus propias tripas. Las autoridades encontraron en la zona del crimen una nota escrita con una caligrafía perfecta que decía:

Él desobedeció nuestras normas. Ahora nosotros hemos desobedecido las suyas.

Atentamente RM