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Maldigo el día en que lo tuve que convencer…

Era el 19 de agosto en una tarde nublada, estaba muy feliz porque al fin me había comprometido con mi amado esposo Antonio, después de la gran velada lo había convencido de mudarnos a una vieja mansión a las afueras de una ciudad donde Antonio consiguió un buen trabajo.

Ya es de noche y apenas terminamos de empacar las cosas, será mejor ir a dormir así que iré a preparar la cena y luego a tomar un baño.

-Qué cansancio tengo – Me dije a mí misma, mañana será un día agitado.

Al día siguiente Antonio y yo salimos a la nueva casa, cuando por fin llegamos no era lo que me imaginaba, la reja de la mansión estaba llena de plantas viejas y secas y con la pintura ya desgastada, llegamos a la sala principal y sentí un gran escalofrío al ver las pinturas de la habitación, la pared estaba llena de cuadros con gente gritando y niños llorando y uno que otro normal con gente posando y vistiendo ropa clásica.

Antonio y yo no dudamos en quitar los cuadros, cuando por fin nos instalamos en nuestra habitación, Antonio se fue a dormir y yo no pude, así que sólo me recosté.

Un fuerte escalofrío me inundó, y por el pasillo se escuchó una voz de un hombre “Vete, apresúrate” me decía, estaba intentando advertirme de algo, pensé que ya había perdido la cabeza y lo ignoré (mala idea)… esa voz se repitió toda la noche hasta que pude dormir.

Al día siguiente Antonio no aparecía, no se encontraba en ninguna parte, en la cocina sólo apareció su desayuno a medio comer. Pensé que se había ido a trabajar, pero él no iba a iniciar hasta la siguiente semana.

Busqué a Antonio por toda la casa y cuando fui a la sala de regreso, entre lamentos y muchas lágrimas escuché un golpeteo detrás de la pared, no dude en arrancar el desgastado papel tapiz y romper la pared con todo lo que encontraba, sabía que del otro lado estaba mi querido esposo y le están haciendo daño, cuando por fin tire la pared corrí con gran rapidez por el pasillo lleno de telarañas y musgo, me tropecé y caí desmayada.

Al levantarme una luz como el sol me cegaba, estaba en el jardín de la mansión y todas mis cosas estaban regadas por el piso. Me levanté y entré corriendo a la casa al llegar a la sala, regresaron los cuadros y retratos y ahora había uno más, las lagrimas inundaron a mis ojos al ver el retrato de Antonio pasmado en la pared con una mirada de miedo gritando y llorando.

Y volví a escuchar esa misma voz diciéndome “Sal de aquí o tú seguirás” no tuve remedio, salí corriendo de la habitación, salí de la casa y tomé mis cosas, subí al auto con lágrimas en los ojos, conduje y me fui de esa vieja mansión por siempre.

Intenté contarle esta historia a mi madre y amigos, todos me tomaron por loca, intenté regresar a la mansión pero todo seguía igual, sólo que ya no encontraba el cuadro de Antonio. Y por eso maldigo el día en el que lo tuve que convencer.

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