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El rey de la máscara de oro
El rey enmascarado de oro se alzó del negro trono en el que estaba sentado desde hacía horas y preguntó la causa del tumulto. Los guardias de las puertas habían cruzado las picas y se oía entrechocar el hierro. Alrededor del brasero de bronce también se alzaron los cincuenta sacerdotes situados a la derecha y los cincuenta bufones situados a la izquierda, y las mujeres agitaban las manos en semicírculo ante el rey. La llama rosa y púrpura que relumbraba en la alambrera de bronce del brasero hacía brillar las máscaras de los rostros. Imitando al descarnado rey, mujeres, bufones y sacerdotes llevaban inmutables caras de plata, cobre, madera y tela. Las máscaras de los bufones se abrían de risa mientras que las máscaras de los sacerdotes se oscurecían de preocupación. Cincuenta rostros sonrientes florecían a la izquierda y cincuenta rostros tristes fruncían el ceño a la derecha. No obstante, los claros tejidos que cubrían la cara de las mujeres imitaban rostros eternamente graciosos y animados por una sonrisa artificial. Pero la máscara de oro del rey era majestuosa, noble y verdaderamente real.

Ahora bien, el rey se mantenía silencioso y a causa de ese silencio se parecía a la raza de reyes de la cual era el último. En otro tiempo la ciudad estuvo gobernada por príncipes que llevaban la faz descubierta, pero largo tiempo atrás había surgido una amplia horda de reyes enmascarados. Ningún hombre había visto la cara de los reyes e incluso los sacerdotes ignoraban la razón. Pero en tiempos remotos se dio la orden de cubrir los rostros de todos los que acudían a la residencia real y aquella familia de reyes sólo conocía las máscaras de los hombres.

Mientras se estremecían los hierros de los guardias de la puerta y retumbaban sus sonoras armas, el rey preguntó con voz grave:

—¿Quién osa turbarme a la hora en la que me siento entre mis sacerdotes, mis bufones y mis mujeres?

Los guardias respondieron temblorosos:

—Muy absoluto rey, máscara de oro, es un hombre miserable vestido de larga túnica, parece uno de esos piadosos mendigos que vagan por la comarca y lleva la cara descubierta.

—Dejad entrar a ese mendigo—dijo el rey.

Entonces el sacerdote que llevaba la máscara más grave se volvió hacia el trono y se inclinó:

—¡Oh rey!—dijo—. Los oráculos han predicho que no es bueno para tu raza ver los rostros de los hombres.

El bufón cuya máscara estaba hendida por la risa más amplia volvió la espalda al trono y se inclinó:

—¡Oh mendigo —dijo— a quien no he visto aún! No hay duda de que eres más rey que el rey de la máscara de oro, puesto que a él le está prohibido mirarte.

La mujer cuya falsa cara tenía el vello más sedoso unió sus manos, las separó y las curvó como para asir los vasos de los sacrificios. El rey, dirigiendo los ojos a ella, temió la revelación de una faz desconocida.

Después, un mal deseo subió hasta su corazón.

—Dejad entrar a ese mendigo—dijo el rey de la máscara de oro.

A través del agitado bosque de picas entre las que brotaban espadas como hojas de resplandeciente acero salpicadas de oro verde y de oro rojo, un anciano de blanca barba erizada avanzó hasta el pie del trono y alzó hacia el rey una cara desnuda en la que vacilaban unos ojos inciertos.

—Habla—dijo el rey.

El mendigo replicó con voz fuerte:

—Si el que me dirige la palabra es el hombre enmascarado de oro, desde luego responderé; y creo que es él. ¿Quién se atrevería a levantar la voz en su presencia? Pero no puedo asegurarme por medio de la vista porque soy ciego. No obstante sé que en esta sala hay mujeres por el suave roce de sus manos en los hombros; hay bufones porque oigo risas y hay sacerdotes porque cuchichean gravemente. Ahora bien, los hombres de este país me han dicho que estabais enmascarados; y tú, rey de la máscara de oro, último de tu estirpe, no has contemplado nunca rostros de carne. Escucha: eres rey y no conoces al pueblo. Los de mi izquierda son los bufones, pues los oigo reír; los de mi derecha son los sacerdotes, pues los oigo llorar; y noto que los músculos de las caras de estas mujeres hacen muecas.

El rey se volvió hacia aquellos que el mendigo llamaba bufones y su mirada encontró las máscaras sombrías de preocupación de los sacerdotes; se volvió hacia los que el mendigo llamaba sacerdotes y su mirada encontró las máscaras florecidas de risa de los bufones, bajó los ojos hacia la media luna de sus mujeres sentadas y sus rostros le parecieron bellos.

—Mientes, extranjero—dijo el rey—. Tú eres el sonriente, el lloroso y el gesticulador, pues tu horrible cara, incapaz de fijeza, se ha hecho móvil para disimular. Los que has señalado como bufones son mis sacerdotes y los que has señalado como sacerdotes son mis bufones. ¿Cómo podrías juzgar la belleza inmutable de mis mujeres si tu rostro se pliega con cada palabra?

—Ni la de ellas ni la tuya—dijo el mendigo en voz baja—porque no puedo saber nada, ya que soy ciego, pero tú mismo no sabes nada de los demás ni de tu propia persona. Yo soy superior a ti en esto: sé que no sé nada. Y puedo hacer conjeturas. Quizá los que te parecen bufones lloran bajo la máscara y es posible que los que te parecen sacerdotes tengan su verdadera cara retorcida por la alegría de poderte engañar; ignoras si las mejillas de tus mujeres son de color ceniza bajo la seda. Tú mismo, rey enmascarado de oro, ¿quién sabe si no eres horrible a pesar de tus adornos?

Entonces el bufón que tenía la boca más profundamente hendida de alegría lanzó una risotada que parecía un sollozo, el sacerdote que tenía la frente más sombría dijo una súplica parecida a una risa nerviosa y todas las máscaras de las mujeres se estremecieron.

El rey con cara de oro hizo un signo. Los guardias agarraron por los brazos al viejo de cara desnuda y lo arrojaron por la gran puerta de la sala.

Pasó la noche y el rey tuvo el sueño inquieto. Durante la mañana vagó por su palacio porque un nuevo deseo había subido hasta su corazón. Pero ni en los dormitorios ni en la alta sala embaldosada de los festines ni en los salones pintados y dorados para las fiestas encontró lo que buscaba. En toda la vasta residencia real no había ni un solo espejo. Así lo había establecido la orden de los oráculos y la ordenanza de los sacerdotes desde hacía largos años.

El rey, en su trono negro, no se divirtió con los bufones, no escuchó a los sacerdotes y no miró a sus mujeres: pensaba en su cara.

Cuando el sol poniente arrojó la luz de sus sangrantes matices hacia las ventanas del palacio, el rey abandonó la sala del brasero, apartó a los guardias, atravesó rápidamente los siete patios concéntricos cerrados por siete murallas resplandecientes y salió secretamente al campo por una poterna baja.

Iba temblando y con curiosidad. Sabía que en contraría otros rostros y, tal vez, el suyo. En el fondo de su alma quería estar seguro de su propia belleza. ¿Por qué el miserable mendigo había sembrado la duda en su pecho?

El rey de la máscara de oro llegó a los bosques que guardaban la orilla de un río. Los árboles vestían cortezas pulidas y rutilantes. Había ramas radiantes de blancura. El rey cortó algunos brotes. Unos sangraron por la cortadura un poco de savia espumosa mientras su interior quedaba salpicado de manchas oscuras. Otros revelaron podredumbres secretas y fisuras negras. La tierra era sombría y húmeda bajo el tapiz policromo de hierbas y florecitas. El rey dio la vuelta con el pie a un grueso bloque veteado de azul cuyas lentejuelas reflejaron los últimos rayos de luz; un sapo desinflado se escapó del escondrijo con un sobresalto de espanto.

En el lindero del bosque, coronado el ribazo, el rey se paró encantado saliendo de entre los árboles. Había una muchacha sentada en la hierba; el rey veía sus cabellos trenzados hacia arriba, su nuca graciosamente curvada, su cintura flexible que hacía ondular su cuerpo hasta los hombros; pues entre dos dedos de la mano izquierda daba vueltas a un huso repleto y el extremo de un grueso copo se deshilachaba junto a su mejilla.

Se levantó cohibida, mostró la cara, y en medio de su confusión cogió entre los labios las briznas del hilo que torcía. De esa manera sus mejillas parecían atravesadas por una cortadura de matiz más pálido.

Cuando el rey vio los negros ojos agitados, las palpitantes ventanillas de la nariz, el temblor de los labios y la suavidad de la barbilla, que descendía hacia la garganta acariciada por la luz rosa, se abalanzó entusiasmado hacia la muchacha y le cogió las manos.

—Por primera vez—dijo—quisiera adorar una cara desnuda, quisiera quitarme esta máscara de oro porque me separa del aire que besa tu piel y los dos iríamos maravillados a mirarnos en el río.

La muchacha, sorprendida, tocó con la punta de los dedos las láminas metálicas de la máscara real. Pero el rey soltó con impaciencia los cierres de oro; la máscara cayó en la hierba y la muchacha lanzó un grito de horror tapándose los ojos con las manos.

Al instante huyó por entre las sombras del bosque apretando contra el pecho el huso recubierto de cáñamo.

El grito de la muchacha resonó dolorosamente en el corazón del rey. Corrió por la orilla, se inclinó hacia el agua del río y un ronco gemido brotó de sus propios labios. En el mismo momento en el que el sol desaparecía al otro lado de las sombrías colinas azules del horizonte, percibió una faz blancuzca, tumefacta, cubierta de escamas, con la piel levantada por espantosas hinchazones y, recordando los libros, se dio cuenta inmediatamente de que era un leproso.

La luna subía por encima de los árboles como una aérea máscara amarilla. A veces se oía un batir de alas mojadas en medio de los arbustos.

A lo largo del río flotaba un rastro de bruma. La reverberación del agua se prolongaba a gran distancia y se perdía en la profundidad azulada. Pájaros de cabeza escarlata rozaban la corriente en círculos que se disipaban poco a poco.

El rey, de pie, tenía los brazos separados del cuerpo como si le diera asco tocarse.

Recogió la máscara y se la colocó en la cara. Se dirigió al palacio como si caminara en sueños.

En la puerta de la primera muralla golpeó el gong y los guardias salieron agolpados con sus antorchas. Iluminaron su rostro de oro, el rey tenía el corazón sobrecogido de angustia creyendo que los guardias veían escamas blancas sobre el metal. Atravesó el patio bañado por la luna. Siete veces se le encogió el corazón con la misma angustia en las siete puertas cuando los guardias dirigieron las rojas antorchas hacia su máscara de oro.

Mas la pena crecía en él al mismo tiempo que la rabia, como una planta negra rodeada por una planta leonada. Los sombríos y turbios frutos de la pena y la rabia llegaron a sus labios y él probó el amargo zumo.

Entró en el palacio y el guardia de su izquierda giró sobre la punta de un pie con la otra pierna extendida e hizo un luminoso molinete con el sable; el guardia de su derecha giró sobre la punta del pie contrario extendiendo la pierna opuesta y dibujó sobre sí una resplandeciente pirámide con rápidos revoleos de su maza llena de diamantes.

El rey ni siquiera se acordó de que éstas eran las ceremonias nocturnas; pasó, estremecido, imaginándose que los hombres de armas querían derribar o partir su repugnante cara inflamada.

Las salas del palacio estaban desiertas. Algunas antorchas solitarias a medio consumir ardían en sus hacheros. Otras se habían apagado y lloraban con frías lágrimas de resina.

El rey atravesó las salas de festejos donde aún estaban esparcidos los cojines bordados con rojos tulipanes y amarillos crisantemos junto a mecedoras de marfil y sombríos asientos de ébano adornados con estrellas de oro. Celajes encolados y pintados con pájaros de patas esmaltadas y pico de plata colgaban del techo en el que se incrustaban cabezas de animales en madera coloreada. Había lámparas de verdoso bronce hechas de una sola pieza y con prodigiosos agujeros abiertos y lacados de rojo por los que pasaba una mecha de seda retorcida hasta el centro de las arandelas empapadas de un negro aceitoso. Había sillones largos, bajos y combados, en los que al sentarse la cintura quedaba sujeta como por unas manos. Había jarrones fundidos en metales casi transparentes que sonaban agudamente bajo los dedos como si los hubieran herido.

En un extremo de la sala el rey cogió un hachero de bronce que clavaba sus lenguas rosadas en las tinieblas. Gotitas de llameante resina cayeron crepitando en sus mangas de seda. Pero el rey no se dio cuenta. Se dirigió a una alta galería oscura en la que dejó un rastro perfumado de resina. Allí, en las paredes cortadas por diagonales cruzadas, se veían retratos brillantes y misteriosos, pues las pinturas estaban enmascaradas y coronadas con tiaras. Sólo el retrato más antiguo, separado de los otros, representaba a un muchacho pálido, con ojos dilatados de espanto y la parte baja de la cara escondida entre adornos reales. El rey se detuvo ante el retrato y lo alumbró elevando el hachero. Después gimió y dijo: «¡Oh primero de mi estirpe, hermano mío cuán dignos de lástima somos!» Y besó los ojos del retrato.

El rey se detuvo ante la segunda cara pintada, que estaba enmascarada, y desgarró la tela de la máscara diciendo: «Esto es lo que había que hacer, padre mío, segundo de mi estirpe.» De la misma forma desgarró las máscaras de todos los de su estirpe hasta llegar a su propio retrato. Bajo las caretas arrancadas se vio la sombría desnudez de la muralla.

Después fue a la sala de los festines donde aún estaban puestas las brillantes mesas. Elevó el hachero por encima de su cabeza y líneas púrpuras se precipitaron hacia los rincones. En medio de las mesas había un trono con patas de león sobre las que caía una piel moteada, las cristalerías aparecían amontonadas en las esquinas junto a piezas de plata pulida y tapaderas perforadas de oro ahumado. Algunos frascos reflejaban luces violeta, otros estaban chapados por dentro con delgadas láminas traslúcidas de metal precioso. Un destello del hachero hizo relumbrar, como una terrible indicación sangrienta, una copa oblonga tallada en un granate, en la que los coperos tenían la costumbre de escanciar el vino de los reyes. El oro de la luz acarició también una cesta de plata trenzada en la que había panes redondos de sana corteza.

El rey atravesó las salas de los festines volviendo la cabeza a otro lado. «No les ha dado vergüenza —dijo— morder el vigoroso pan debajo de la máscara y tocar el rojo vino con sus labios blancos. ¿Quién fue aquel que conociendo su enfermedad prohibió los espejos en su casa? Es uno de aquellos a los que he arrancado la falsa cara: y he comido el pan de su cesta y he bebido el vino de su copa…»

Por una estrecha galería pavimentada de mosaico se llegaba a los dormitorios, y el rey se deslizó por ella llevando ante sí su antorcha sangrienta. Un guardia avanzó lleno de inquietud y su cinturón de gruesos aros llameó sobre la blanca túnica; después reconoció el rostro de oro del rey y se prosternó ante él.

La pálida luz de una lámpara de bronce suspendida en el centro alumbraba una doble fila de lechos mortuorios, las mantas de seda estaban tejidas con hilos de viejos colores. Un caño de ónice dejaba caer monótonas gotas en un sillón de piedra pulida.

El rey revisó en primer lugar el departamento de los sacerdotes; las máscaras graves de los hombres acostados se parecían durante el sueño y la inmovilidad. En el departamento de los bufones la risa de sus bocas dormidas tenía exactamente la misma amplitud. La inmutable belleza del rostro de las mujeres no se había alterado durante el reposo; tenían los brazos cruzados bajo la garganta o una mano en la cabeza, y no parecían darse cuenta de que su sonrisa era graciosa aunque ellas la ignoraran.

Al fondo de la última sala se extendía un lecho de bronce con altorrelieves de mujeres inclinadas y flores gigantes. Los cojines amarillos conservaban la huella de un cuerpo agitado. Allí hubiera debido reposar el rey de la máscara de oro a estas horas de la noche y allí habían dormido sus antepasados a lo largo de los años.

El rey apartó la vista de su lecho: «Han podido dormir—dijo—con su secreto sobre la cara y el sueño ha venido a besarles la frente. Como a mí. Y no han arrojado su máscara a la negra faz del sueño para espantarlo a perpetuidad. Y yo he rozado este bronce y he tocado estos cojines en los que yacieron en otro tiempo los miembros de aquellos sinvergüenzas…»

El rey entró en la habitación del brasero, donde aún danzaban las llamas rosa y púrpura tendiendo sus rápidos brazos hacia los muros. Dio un golpe tan sonoro en el gran gong de cobre que a su alrededor vibraron todos los objetos metálicos. Los guardias, espantados, se precipitaron medio desnudos llevando sus hachas y sus mazas de acero erizadas de púas; los sacerdotes aparecieron dormidos y arrastrando sus túnicas, los bufones olvidaron los saltos sacramentales de entrada y las mujeres asomaron por las jambas de las puertas sus rostros sonrientes.

El rey subió al negro trono y ordenó:

—He tocado el gong con el fin de reuniros para una cosa importante. El mendigo ha dicho la verdad. Todos me engañáis aquí. Quitaos las máscaras.

Se oyó un estremecimiento de los miembros, los vestidos y las armas. Después lentamente, todos los que estaban allí se decidieron y descubrieron sus caras.

Entonces el rey de la máscara de oro se volvió a los sacerdotes y examinó cincuenta gruesas rostros sonrientes con los ojillos cerrados por el sueño; volviéndose a los bufones examinó cincuenta rostros macilentas minadas por la tristeza y con ojos sanguinolentos de insomnio; e inclinándose hacia la media luna de sus mujeres sentadas rió pues sus rostros estaban llenos de aburrimiento y fealdad y cubiertos de estupidez.

—Así—dijo el rey—me habéis engañado durante tantos años acerca de vosotros mismos y de todo el mundo. Los que yo creía serios y me daban consejos sobre las cosas divinas y humanas parecen odres inflados de viento o de vino; los que me divertían con su constante alegría estaban tristes hasta el fondo del corazón; y vuestra sonrisa de esfinge ¡oh mujeres! no significaba absolutamente nada. Sois unos miserables, pero yo soy aún más miserable que todos vosotros. Soy rey y mi rostro parece real. Pero ved la realidad: el más infeliz de mi reino no tiene nada que envidiarme.

El rey se quitó la máscara de oro. Un grito se alzó de las gargantas de quienes lo veían pues la llama rosa del brasero iluminaba sus blancas escamas de leproso.

—Son ellos los que me han engañado—gritó el rey—, quiero decir mis padres, que eran leprosos como yo y me han legado su enfermedad con la herencia real. Me han engañado y os han obligado a mentir.

La luna moribunda asomó su máscara amarilla por el gran ventanal de la sala abierto hacia el cielo.

—Quizá—dijo el rey—esa luna que siempre vuelve hacia nosotros la misma cara de oro, tenga también otro rostro oscuro y cruel, de la misma manera que mi realeza se extiende sobre mi lepra. Pero ya no veré más el aspecto de este mundo y volveré mi vista a las cosas oscuras. Aquí, ante vosotros, me castigo por mi lepra y por mi mentira, y a mi raza conmigo.

El rey recogió la máscara de oro y de pie en el trono negro, entre agitación y súplicas, se clavó en los ojos los cierres laterales de la máscara con un grito de angustia; una luz roja brotó ante él por última vez y un raudal de sangre corrió por su rostro, por sus manos y por las sombrías gradas del trono. Se desgarró los vestidos, bajó los escalones vacilante, y, separando a tientas a los guardias mudos de horror, partió solo en medio de la noche.

El rey leproso y ciego caminaba en la noche. Tropezó contra las siete murallas concéntricas de sus siete patios y contra los viejos árboles de la residencia real y se hirió las manos al tocar las espinas de los setos. Cuando pudo oír el sonido de sus pasos supo que estaba en el gran camino. Caminó durante horas y horas sin sentir siquiera la necesidad de tomar alimento. Sabía que le iluminaba el sol porque el calor le bañaba la cara, y reconocía la noche por el frío de la oscuridad. La sangre que había brotado de sus ojos arrancados le cubría la piel con una costra negruzca y seca. Cuando hubo andado mucho tiempo el rey ciego se sintió cansado y se sentó al borde del camino. Ahora vivía en un mundo oscuro y sus miradas se habían vuelto hacia sí mismo.

Cuando vagaba por la sombría planicie de sus pensamientos oyó ruido de campanillas. Inmediatamente se imaginó el paso de un rebaño de ovejas conducidas por carneros cuya gruesa cola apuntaba hacia el suelo. Tendió las manos para tocar la lana blanca porque no se avergonzaba ante los animales. Pero sus manos encontraron otras manos y una dulce voz le dijo:

—¿Qué quieres pobre hombre ciego?—el rey reconoció la voz encantadora de una mujer.

—No debes tocarme—gritó el rey—. Pero ¿dónde están tus ovejas?

La muchacha que estaba ante él era leprosa y por eso llevaba campanillas colgadas de los vestidos. Pero no se atrevió a confesarlo y respondió con una mentira:

—Están detrás de mí.

—¿Dónde vas?—dijo el rey ciego.

—Vuelvo—respondió ella—a la ciudad de los Miserables. Entonces el rey recordó que, en un lugar apartado de su reino existía un asilo en el que se refugiaban los que habían sido expulsados de la vida a causa de sus enfermedades o de sus crímenes. Vegetaban en chozas construidas por ellos mismos o encerrados en cuevas excavadas en el suelo. Su soledad era extrema.

El rey decidió ir a la ciudad.

—Llévame allí—dijo.

La muchacha asió la tela de su manga.

—Déjame lavarte la cara—dijo—pues la sangre ha corrido por tus mejillas hace por lo menos una semana

El rey tembló pensando que ella se iba a horrorizar por su lepra y abandonarlo. Pero la muchacha sacó agua de su cantimplora y lavó la cara del rey. Después dijo:

—¡Pobre! ¡Cuánto has debido sufrir al arrancarte los ojos!

—¡Cuánto he sufrido antes sin saberlo! —dijo el rey—. Pero vámonos. ¿Llegaremos esta misma noche a la ciudad de los Miserables?

—Eso espero—dijo la muchacha.

Le guió hablándole tiernamente. No obstante, el rey ciego oía las campanillas y, volviéndose, quería acariciar a las ovejas. La muchacha tenía miedo de que adivinara su enfermedad.

El rey estaba extenuado de hambre y de fatiga. Ella sacó un trozo de pan del zurrón y le ofreció la cantimplora. Pero él tuvo miedo de manchar el pan y el agua, y rehusó. Después preguntó:

—¿Ves ya la ciudad de los Miserables?

—Todavía no—dijo la muchacha.

Anduvieron más lejos. Ella cogió lotos azules para él y él los masticó para refrescarse la boca. El sol bajaba hacia los grandes arrozales que se rizaban en el horizonte.

—Siento llegar hasta mí el olor de la comida —dijo el rey—. ¿No nos acercamos a la ciudad de los Miserables?

—Todavía no—dijo la muchacha.

Cuando el sangriento disco del sol aún cortaba el cielo violeta el rey se desmayó de cansancio e inanición. Al final del camino, una delgada columna de humo temblaba entre techumbres de pasto. La brama de los pantanos flotaba alrededor.

—Ahí está la ciudad —dijo la muchacha—, la veo.

—Sólo entraré en otra—dijo el rey ciego—. Yo no tenía más que un deseo; hubiera querido hacer descansar mis labios en los tuyos, para apagar mi sed en tu rostro que debe ser muy bello. Pero te hubiera manchado porque soy un leproso.

Y el rey se desmayó en la muerte.

La muchacha estalló en sollozos viendo que la faz del rey era pura y limpia, y sabiendo que ella misma había temido mancharle.

Un viejo mendigo de barba erizada, cuyos inciertos ojos temblaban, llegó desde la ciudad de los Miserables.

—¿Por qué lloras?—dijo.

La muchacha le dijo que el rey ciego había muerto con los ojos arrancados y creyendo estar leproso.

—No ha querido darme el beso de la paz—dijo ella—para no mancharme, yo soy la verdadera leprosa a los ojos del cielo.

El viejo mendigo le respondió:

—Sin duda la sangre de su corazón, al brotar de sus ojos, le curó la enfermedad. Ha muerto creyendo tener una máscara miserable. Pero a estas horas ya ha dejado caer todas las máscaras de oro, de lepra y de carne.